OPINIÓN
Tirador de San Cristóbal: la transculturización del horror
El violento ataque perpetrado este lunes 30 de marzo en la ciudad de San Cristóbal, Santa Fe, ha dejado a la provincia en un estado de estupor que trasciende lo policial. No se trata de un ajuste de cuentas vinculado al narcotráfico ni de un episodio de inseguridad urbana convencional. Los posteos previos del tirador, cargados de una estética de la muerte y obsesiones con masacres escolares de Estados Unidos, revelan un fenómeno mucho más silencioso y letal: la importación de una cultura violenta sin sentido que está «hackeando» la psiquis de los jóvenes a través de algoritmos globales.
La transculturización del horror
Lo ocurrido en San Cristóbal es un síntoma de un cambio de «clima» social profundo. Mientras la agenda pública se distrae en disputas partidarias, las redes sociales funcionan como puertos libres para la entrada de subculturas extremistas. El tirador no actuó bajo un móvil local; actuó bajo el guion de foros de la deep web y estéticas «doomer» que romantizan la misantropía. La digitalización ha borrado las fronteras: hoy, un joven en el norte santafesino puede estar más influenciado por un tiroteo en Ohio que por su propia realidad comunitaria.
Este «hackeo» mental es facilitado por plataformas que priorizan el engagement del odio por sobre la salud mental. El historial del atacante muestra una dieta estricta de videos de masacres y manifiestos de odio, una «educación» en la violencia que deshumaniza al prójimo. Argentina asiste a la llegada de una alienación que antes veíamos por televisión como un problema ajeno; hoy, esa alienación camina por nuestras calles del interior, armada con un resentimiento cultivado en el aislamiento digital.
Un llamado a la desconexión ética
El caso de San Cristóbal debe ser una alarma sobre el vacío de valores y la falta de control sobre los consumos digitales juveniles. No basta con el patrullaje en las calles si el «patrullaje» en las mentes de nuestros hijos está en manos de algoritmos diseñados para radicalizar. La importación de esta violencia «sin sentido» es el fracaso de una sociedad que no ha logrado ofrecer un relato de futuro más potente que el nihilismo que ofrecen las pantallas.
Si no logramos recuperar la soberanía sobre el clima social y las conversaciones de nuestros jóvenes, los sismos de violencia digital seguirán perforando la paz de nuestras localidades. La «cueva de ladrones» ya no solo está en el sistema financiero; está en cada dispositivo que consume la empatía de una generación a cambio de un like en el abismo.
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