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Sobre amigos, aliados y enemigos

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Frente a un mileísmo que sigue profundizando la destrucción de la Argentina, el campo nacional no puede continuar perdiendo tiempo en exámenes de pureza, pases de factura y etiquetas de ocasión. La hora exige una conducción colectiva, una consigna clara y un proyecto nacional capaz de volver a hablarle a las mayorías.
En la Argentina de hoy, la principal discusión del campo nacional no debería ser quién llega con más pergaminos a una mesa chica ni quién tiene derecho a repartir certificados de lealtad. La discusión de fondo es otra: ¿cómo se construye una mayoría política, social y cultural capaz de enfrentar al mileísmo, frenar su lógica de demolición y abrir una salida nacional para un país exhausto?
Unidad Peronista
Ese debería ser el punto de partida. Porque cuando el adversario real avanza sobre el trabajo, debilita la industria, fragmenta el tejido social y convierte la política en una máquina de agresión permanente, resulta suicida que quienes comparten una misma tradición histórica se dediquen a clasificarse entre “leales” y “traidores”. Es una práctica menor para una etapa grave. No ordena, achica. No esclarece, rompe. No acumula, expulsa.
El debate, además, ya está planteado en la propia realidad del peronismo y del espacio opositor. En las últimas semanas, Axel Kicillof lanzó en la Ciudad de Buenos Aires el Movimiento Derecho al Futuro y habló de construir una alternativa para “cerrar este ciclo”; al mismo tiempo, dirigentes de su espacio comenzaron recorridas en otras provincias para darle proyección federal a esa búsqueda. En paralelo, Carlos Bianco admitió públicamente que en el PJ hay “un problema de conducción”, mientras Sergio Uñac propuso internas abiertas para ordenar las disputas e incluso ampliar la convocatoria a otros sectores opositores. No son hechos menores: revelan que la discusión sobre liderazgo, método y amplitud ya salió de los pasillos y pasó al centro de la escena.
Tampoco se trata de una discusión de aparato desligada de la vida material. Los últimos datos oficiales muestran una economía contradictoria: en enero de 2026 el EMAE creció 1,9% interanual, pero dentro de ese mismo cuadro la industria manufacturera cayó 2,6%; a la vez, el IPI manufacturero marcó una baja de 3,2% interanual. En el mercado laboral, la desocupación subió a 7,5% en el cuarto trimestre de 2025. Y la pobreza alcanzó al 31,6% de las personas en el primer semestre de 2025. Es decir: aun donde aparecen rebotes macroeconómicos, la estructura social sigue mostrando deterioro, fragilidad y desigualdad.
Por eso, la conducción colectiva no puede ser una consigna vacía ni una coartada para que nadie conduzca. Tampoco un comité de catarsis permanente. Conducción colectiva quiere decir otra cosa: una dirección política con autoridad, con programa, con reglas, con representación territorial, sindical, juvenil, intelectual y productiva. Una dirección capaz de sintetizar, no de uniformar; de ordenar, no de aplastar; de ampliar, no de cerrarse sobre sí misma.
En ese punto conviene recuperar una pregunta clásica de Mao Zedong, formulada al comienzo de Análisis de las clases en la sociedad china: ¿Quiénes son nuestros enemigos y quiénes son nuestros amigos?. Más allá de toda diferencia histórica y doctrinaria, hay ahí una enseñanza política elemental: una fuerza que confunde al adversario principal con sus propios compañeros de ruta, aun con matices internos, está condenada a chocar contra sí misma. Y una fuerza que no distingue entre aliado, compañero circunstancial, adversario secundario y enemigo estratégico termina desperdiciando energías y regalándole centralidad a quien busca derrotarla.
Traducido a la Argentina actual, la cuestión es bastante simple. El enemigo principal no está entre los que discuten el método, la táctica o el nombre del instrumento electoral dentro del campo nacional y popular. El enemigo principal está en el proyecto que naturaliza el ajuste, desprecia la producción, desprestigia al Estado como herramienta de desarrollo y gobierna alimentando el odio, la crueldad y la fragmentación social. Lo demás debe discutirse, sí, pero sin perder la brújula.
Eso supone abandonar un vicio que el peronismo arrastra cada vez que entra en fase defensiva: confundir identidad con sectarismo. La identidad sirve para tener raíces. El sectarismo, en cambio, sólo sirve para quedarse solo. Un movimiento nacional no se reconstruye desde la sospecha permanente. Se reconstruye con inteligencia política, con vocación de mayoría y con una lectura realista del momento histórico. Eso exige convocar a todos los que, desde distintas tradiciones, estén dispuestos a enfrentar la desintegración social y a defender una Argentina de trabajo, producción y soberanía.
También exige una verdad incómoda: ningún dirigente, por importante que sea, alcanza por sí solo. Si hoy Kicillof aparece como uno de los nombres con más volumen político para encarnar una alternativa, eso no invalida la necesidad de una arquitectura más amplia, federal y compartida. Al contrario: la vuelve imprescindible. La etapa no pide un salvador. Pide una síntesis. Pide una conducción que exprese al movimiento en su diversidad y que, al mismo tiempo, pueda ofrecer una dirección nítida.
El proyecto nacional que hace falta no puede ser una restauración nostálgica ni un rejunte electoral de emergencia. Tiene que ser una propuesta de futuro. Debe volver a poner en el centro el trabajo argentino, la industria, las pymes, la ciencia, la tecnología, la universidad pública, el federalismo productivo y la justicia social. Tiene que hablarle a los trabajadores formales e informales, a los jóvenes precarizados, a las economías regionales, a la producción nacional, a las provincias y a esa clase media empobrecida que ya no cree en slogans pero todavía espera una salida.
La consigna, entonces, debería ser tan sencilla como contundente: el enemigo está afuera. No entre los que piensan parecido. No entre quienes comparten una misma matriz histórica, aunque discrepen en nombres, tiempos o formatos. La tarea urgente no es repartir culpas retrospectivas, sino construir una fuerza capaz de frenar el presente y disputar el porvenir.
Dejar atrás la lógica de “leales” y “traidores” no es resignar convicciones. Es entender la dimensión del peligro. En momentos de ofensiva del adversario, la madurez política empieza cuando se deja de usar la interna como campo de batalla principal. Y la reconstrucción empieza cuando una fuerza vuelve a responder, con serenidad y firmeza, la pregunta decisiva: ¿Quién es el enemigo? ¿Quién puede ser aliado? y ¿Qué mayoría hay que construir para que la Argentina vuelva a tener destino?
(*) Antonio Muñiz
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