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El «Descubrimiento» de América Entre el Encuentro de Mundos y la Invención de la Raza.

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La fecha del 12 de octubre de 1492 marca uno de esos hitos en la historia universal que, más que un simple evento, representa una fractura. Habitualmente denominado «Descubrimiento de América», este término encierra en sí mismo una profunda carga ideológica. ¿Descubrir implica que algo no existía hasta que fue visto por los ojos del otro? Esta perspectiva, inherentemente eurocéntrica, reduce milenios de civilizaciones complejas, culturas vibrantes y cosmogonías únicas a la categoría de lo «hallado», de lo pasivo. Una mirada crítica nos obliga a trascender esta narrativa y a entender el proceso como un «encuentro entre dos mundos», un choque traumático que reconfiguró el planeta y cuyas consecuencias reverberan hasta nuestro presente. Es en este legado contradictorio donde la cita de Juan D. Perón sobre el concepto de «raza» adquiere una relevancia sorprendente, permitiéndonos analizar la construcción de la identidad latinoamericana como un estilo de vida forjado en el crisol de la conquista.
La idea del «descubrimiento» es, en esencia, la justificación narrativa de la conquista. Al presentar un continente «vacío» de historia y alma—salvo por la imagen del «buen salvaje» o el bárbaro caníbal—, Europa se otorgó a sí misma un mandato civilizatorio. Sin embargo, América no era una tabula rasa. Imperios como el Mexica y el Inca poseían una sofisticación política, arquitectónica y astronómica que rivalizaba con la del Viejo Mundo. El verdadero «descubrimiento» fue mutuo: Europa «descubrió» un nuevo continente para explotar, mientras que América «descubrió» la brutalidad de la expansión colonial, las enfermedades desconocidas y la aniquilación sistemática de sus estructuras sociales y religiosas. Este choque no fue un mero intercambio cultural, sino una catástrofe demográfica y un epistemicidio para los pueblos originarios.
Es en el largo y doloroso proceso de mestizaje, sincretismo y resistencia donde podemos encontrar el sustrato de la identidad latinoamericana. Y es aquí donde la reflexión de Perón, aunque formulada en el siglo XX, ilumina una paradoja fundamental. Al afirmar que «la raza no es un concepto biológico» sino «algo puramente espiritual» y un «estilo de vida», Perón realiza un acto de descolonización conceptual. Rechaza las pseudociencias raciales del siglo XIX y las ideologías eugenésicas que tanto daño causaron, y que tenían su origen en la justificación inicial de la superioridad del conquistador. En su lugar, propone una definición de «raza» como un «sello personal, indefinible e inconfundible». Esta noción se aleja de la sangre y el fenotipo para abrazar la cultura, la ética y una forma compartida de estar en el mundo.
Esta «raza-estilo» de la que habla Perón es, en gran medida, el producto del trauma fundacional de 1492. El «estilo de vida» latinoamericano no es puramente indígena, ni puramente español, ni puramente africano. Es el resultado de una colisión violenta y de una lenta, aunque incompleta, síntesis. La «cristiana caridad» a la que alude, que aspira a «comprender y respetar» a otras comunidades, puede leerse como un ideal de convivencia que, en la práctica histórica, ha sido constantemente eludido. Sin embargo, apunta hacia un horizonte de integración, muy diferente al de la pureza racial que impulsó a los conquistadores y a ciertas corrientes posteriores.
Por lo tanto, el «descubrimiento» no fue un acto, sino el inicio de un prolongado y doloroso parto: el de la América mestiza. La «raza» como estilo es la respuesta identitaria a un origen marcado por la violencia. Es lo que nos impulsa a «ser lo que debemos ser, por nuestro origen y nuestro destino», un origen múltiple y un destino aún por definir. Este estilo se manifiesta en la capacidad de resiliencia, en el sincretismo religioso, en la riqueza de un arte que bebe de fuentes diversas y en una particular relación con la comunidad y la dignidad, incluso en la adversidad.
En conclusión, conmemorar el 12 de octubre no puede significar celebrar un «descubrimiento» unilateral. Debe ser una ocasión para reflexionar críticamente sobre el violento encuentro que dio forma a nuestro continente y para reconocer que la verdadera grandeza de América Latina reside en su heterogeneidad y en su capacidad de crear una identidad a partir del fragor de la historia. La cita de Perón, al espiritualizar y culturalizar el concepto de raza, nos ofrece un potente antídoto contra los esencialismos excluyentes. Nos recuerda que lo que nos define no es una supuesta pureza de sangre, sino un estilo forjado en la dificultad, un «saber vivir practicando el bien y un saber morir con dignidad», heredado tanto de las civilizaciones originarias como de la lucha constante por superar el legado de la conquista. El verdadero «descubrimiento» que aún nos aguarda es el de aprender a habitar plenamente esta compleja y vibrante herencia.
(*( Fernando Silvestre
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