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CULTURA

EL «SISTEMA» El Poder Concentrado

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(*) Fernando Silvestre

El poder concentrado no aplica estos nueve puntos de manera teórica, sino en operaciones concretas y reconocibles.
Tomemos el primer punto: «Tu cerebro no distingue lo real de lo imaginado». Durante la crisis argentina de 2018-2019, el gobierno de Mauricio Macri repitió hasta el hartazgo la frase «Vamos por el camino correcto» mientras la inflación superaba el 50% y el FMI desembolsaba 44 mil millones de dólares. Los medios afines mostraban gráficos optimistas y testimonios de empresarios agradecidos. A pesar de la evidencia material —aumento de la pobreza, caída del salario real— una parte significativa de la población terminó creyendo esa repetición y votó sosteniendo el ajuste. El poder no cambió los números; cambió el discurso internalizado. La realidad objetiva (desempleo, pérdida de poder adquisitivo) se volvió secundaria frente a la realidad repetida.
El segundo punto se ejemplifica con la estrategia de grandes corporaciones como Amazon o Uber. Ambas implementaron salas de «bienestar emocional» y aplicaciones de meditación para sus repartidores y almacenistas, mientras mantenían ritmos de entrega que provocaban accidentes laborales, lesiones crónicas y trastornos de ansiedad documentados. Un conductor que sufre ansiedad por cumplir 200 paquetes en seis horas recibe como solución institucional: «Elige el entusiasmo, la diferencia está en tu historia». La empresa no reduce la carga de trabajo ni mejora las condiciones; patologiza la queja. La ansiedad deja de ser un síntoma de explotación para convertirse en una falla narrativa personal.
El poder concentrado se lava las manos.
El tercer punto es el negacionismo climático financiado durante décadas por Exxon y la familia Koch. Entre 1980 y 2010, estas corporaciones destinaron cientos de millones de dólares a financiar institutos «científicos», blogs, columnistas y políticos que repetían una y otra vez que «no hay consenso sobre el calentamiento global» o que «el clima siempre cambió». Millones de ciudadanos en Estados Unidos y Europa terminaron creyendo que el cambio climático era una mentira, porque la repetición emocional —anuncios televisivos con científicos falsos, think tanks con nombres respetables, políticos pagados— creó una realidad paralela. No vieron los incendios, las sequías o las inundaciones porque antes creyeron que no existían. El poder logró que una evidencia visible fuera anulada por una creencia instalada.
El cuarto punto se aplicó masivamente contra el movimiento Black Lives Matter en Estados Unidos. Sectores de la derecha mediática lanzaron campañas con lemas como «Victim culture is a mental illness» (La cultura de la víctima es una enfermedad mental). Un afrodescendiente que denuncia brutalidad policial es tildado de «tóxico», «resentido» o «con mentalidad de víctima». Se le dice que su biología cambiaría si pensara como alguien que puede prosperar en cualquier sistema. El poder no debate la violencia policial ni las estadísticas de asesinatos de personas negras; convierte la denuncia en un síntoma psiquiátrico. El racismo estructural queda reducido a un mal hábito cognitivo del oprimido.
El quinto punto se viralizó a través de la llamada «hustle culture» en TikTok, Instagram y LinkedIn. Millones de jóvenes vieron videos que glorifican trabajar 16 horas diarias sin descanso, incluso sin ganas, porque «la motivación es basura, lo que funciona es la disciplina dopaminérgica». Este discurso beneficia directamente a empresas de delivery, apps de tareas, franquicias de comida rápida y startups que no pagan horas extra ni respetan convenios colectivos. Un repartidor de Rappi o un call center worker que internaliza esta regla no protesta, no se sindicaliza, no hace huelga; se entrena a sí mismo como un robot emocional que cumple aunque no quiera. La disciplina reemplaza al derecho laboral.
El sexto punto justifica políticas de vivienda segregadora en países como Chile, España o Brasil. Las inmobiliarias promocionan condominios cerrados con lemas como «Rodéate de los mejores» o «Tu entorno te programa para el éxito». En Madrid, barrios como La Moraleja o Pozuelo se venden como «neuroespejos de excelencia». La consecuencia política es brutal: los pobres que viven en barrios populares son estigmatizados como «malos neuroespejos», se desinvierte sistemáticamente en sus escuelas, hospitales y espacios públicos, y se justifica la segregación como una necesidad neurológica, no como un fracaso redistributivo. El pobre debe huir de su vecino para salvarse, no exigir que su vecino tenga las mismas oportunidades.
El séptimo punto es el manual de campañas como las de Jair Bolsonaro en Brasil o Donald Trump en Estados Unidos. Bolsonaro repitió «Brasil acima de tudo, Deus acima de todos» con música de fondo épica, escenas de familias sonrientes, banderas ondeando al viento. No importaba su gestión real en la pandemia —más de 700 mil muertos, hospitales colapsados, negación del virus—. La repetición emotiva instaló en millones de cerebros la sensación visceral de que él era el salvador de la patria. El voto no fue racional; fue químico. Lo mismo con «Make America Great Again»: un eslogan vacío de contenido concreto pero repetido con intensidad emocional en cada mitin, cada gorra roja, cada tweet mayúsculo. La política se convierte en neuromarketing.
El octavo punto explica por qué regímenes autoritarios como el de Vladimir Putin en Rusia o el de Nicolás Maduro en Venezuela se perpetúan incluso cuando la mayoría sufre. Después de 20 años de Putin, una parte significativa de la población rusa dice: «No es perfecto, pero al menos sabemos cómo funciona». La represión política, la falta de libertades, la corrupción generalizada y la economía estancada son condiciones tóxicas, pero se volvieron familiares. El cerebro humano ama lo familiar porque lo asocia con seguridad, incluso si esa familiaridad es un infierno conocido. El miedo al cambio —neurobiológicamente real— hace que millones prefieran ese mal conocido a una transición incierta. El poder no necesita propaganda entusiasta ni tanques en cada esquina; le basta con que el cerebro confunda estabilidad con seguridad, y toxicidad con hogar.
El noveno punto es el más siniestro porque se presenta como el más esperanzador. Tras la dictadura argentina (1976-1983), los gobiernos democráticos impulsaron la Ley de Punto Final en 1986 y la Ley de Obediencia Debida en 1987. El argumento central fue: «Hay que mirar adelante», «no quedar atrapado en viejas versiones del país», «necesitamos nuevas conexiones neuronales como sociedad». Esta narrativa de «neuroplasticidad colectiva» —idéntica a la del video— benefició directamente a los genocidas que quedaron impunes durante décadas. La memoria histórica fue patologizada como un anclaje tóxico al pasado, como una incapacidad de «soltar» y «reconectar». El poder concentrado —en este caso, los militares derrotados pero aún con influencia— logró que la sociedad aceptara el olvido como una forma de sanidad mental. Las víctimas que pedían justicia fueron tildadas de «rencorosas» o «ancladas en el dolor». La neuroplasticidad se convirtió en una orden de olvido forzado.
En todos estos ejemplos, el poder concentrado —ya sea un gobierno, una corporación multinacional, un régimen autoritario o una elite mediática— no necesita censura explícita, ni tanques en la calle, ni cámaras de tortura.
Le basta con aplicar estos nueve puntos como un sistema operativo social: repite hasta que lo falso suene verdadero, emociona para cortar el análisis racional, culpa al individuo por su sufrimiento, fragmenta la comunidad sembrando desconfianza entre vecinos, y borra la memoria colectiva bajo el eslogan de la «plasticidad neuronal».
El ciudadano, convencido de que está «cambiando su cerebro» y «tomando el control de su vida», termina consolidando el mismo sistema que lo oprime.
Esa es la máxima eficiencia del poder: que el dominado crea que su sumisión es un acto de liberación.
LA ORGANIZACIÓN VENCE
PRIMERO LA FELICIDAD DEL PUEBLO
Un ejercicio solitario de «cambiar tu discurso para cambiar tu vida» encuentra su antítesis y su superación en la experiencia histórica del peronismo, especialmente en sus dos grandes ciclos: 1945-1955 y 2003-2015.
En ambos períodos, el cambio no partió del individuo aislado repitiendo afirmaciones frente a un espejo. Partió del entorno: el Estado intervino masivamente para transformar las condiciones materiales de existencia, y esa transformación del mundo exterior produjo, como subproducto inevitable, una transformación de la conciencia de quienes lo habitaban.
El primer peronismo (1945-1955): Del trabajador explotado al sujeto de derechos
Cuando el coronel Perón asumió la Secretaría de Trabajo y Previsión en 1943, el mundo del trabajo argentino era un archipiélago de desprotección. No había vacaciones pagas, no había aguinaldo, no había estatuto del peón, no había convenios colectivos con fuerza de ley. Los trabajadores vivían en conventillos, sin acceso a la vivienda digna, sin salud ocupacional, sin jubilaciones para la mayoría .
El cambio que operó el primer peronismo no fue exhortar a los trabajadores a «cambiar su discurso» o «elegir el entusiasmo». Fue transformar el entorno mediante decretos, leyes y una Secretaría de Trabajo que por primera vez en la historia argentina estaba del lado de quien producía, no del lado del patrón.
· Se sancionó el Estatuto del Peón (1944), que reconocía derechos a los trabajadores rurales, hasta entonces tratados como seres inferiores.
· Se estableció el aguinaldo (1945), las vacaciones pagas, la indemnización por despido.
· Se crearon los tribunales de trabajo y se impulsó la negociación colectiva con participación estatal.
· Se construyeron más de 300.000 viviendas populares, hospitales, escuelas técnicas.
· Se extendió la jubilación a todos los trabajadores, no solo a los empleados bancarios o de comercio.
Un trabajador que en 1943 ganaba un salario de hambre, vivía en una pieza alquilada sin baño, no tenía vacaciones ni obra social, y era despedido sin indemnización, en 1950 tenía casa propia del Banco Hipotecario, vacaciones pagas, aguinaldo, obra social sindical y la certeza de que si lo despedían le pagaban. Su conciencia cambió porque su entorno cambió primero.
El 17 de octubre de 1945 no fue el resultado de un curso de autoayuda. Fue la irrupción de cientos de miles de trabajadores que, habiendo experimentado una mejora concreta en sus condiciones de vida, salieron a defender a quien había hecho posible esa mejora . La famosa «conciencia peronista» no fue inculcada con slogans vacíos. Fue construida materialmente desde el Estado.
El propio Perón lo expresó en su famosa frase: «No hay mejor propaganda que una escuela, un hospital o una casa construida». El entorno cambiado hablaba por sí mismo. El trabajador no necesitaba que le repitieran «vos podés». Lo sabía porque su jubilación llegaba cada mes, porque su hijo iba a la escuela con guardapolvo blanco y libros gratis, porque los sábados cobraba la segunda quincena con el aguinaldo incluido.
Los gobiernos peronistas de Néstor y Cristina (2003-2015): De la catástrofe a la reconstrucción de la dignidad
El contraste con el período 2003-2015 es igualmente elocuente, aunque con signo opuesto: se trataba de reconstruir un entorno devastado.
Entre 2001 y 2002, Argentina vivió su peor crisis económica, social y política. El desempleo superó el 25%, la pobreza alcanzó al 57% de la población, el sistema de partidos colapsó bajo el grito de «que se vayan todos» . La confianza en las instituciones se derrumbó: solo el 7% confiaba en el Poder Legislativo en 2002, cuando en 1984 era el 73% .
Cuando Néstor Kirchner asumió en mayo de 2003, no convocó a los argentinos a «cambiar su discurso» o «elegir el entusiasmo».
Cambió el entorno con políticas concretas que transformaron la materialidad de la vida cotidiana.
Primero, la economía y el trabajo: se abandonó el modelo neoliberal de los 90, se impulsó el crecimiento con tipo de cambio competitivo, se reactivó la industria, se reabrieron fábricas recuperadas por sus trabajadores, se crearon millones de puestos de trabajo. El desempleo bajó del 25% al 7%. Los salarios reales aumentaron sostenidamente. La Asignación Universal por Hijo (AUH) incorporó a millones de niños y niñas al sistema de protección social.
Segundo, la memoria y los derechos humanos: aquí la transformación del entorno fue quizás más radical y simbólica. Durante los gobiernos de Menem (1989-1999), el horror de la dictadura había sido sepultado bajo indultos y leyes de impunidad (Punto Final, Obediencia Debida). Los militares genocidas paseaban libres por las calles. Los sitios de memoria estaban abandonados .
Kirchner impulsó la anulación de las leyes de impunidad y la reapertura de los juicios por crímenes de lesa humanidad. Convirtió la ESMA (el mayor centro clandestino de detención) en un espacio de memoria. Ordenó que los cuadros de Videla y otros genocidas fueran retirados de los colegios militares. Promovió la señalización de ex centros clandestinos en todo el país .
El entorno cambió: ahora los jóvenes recorrían la ESMA convertida en museo, los medios hablaban de «dictadura» y no de «proceso de reorganización nacional», los represores eran juzgados y condenados. Un adolescente que en 2005 entraba a la ESMA no necesitaba que le dijeran «no olvides». La piedra, el paredón, las fotos de los desaparecidos, las pilas de zapatos de las víctimas, le hablaban por sí mismas.
Esa transformación del entorno produjo un cambio de conciencia masivo. Una generación que no había vivido la dictadura creció con la memoria instalada en el espacio público.
El Nunca Más dejó de ser un libro para convertirse en una experiencia territorial.
Como señala un estudio académico sobre las políticas de memoria kirchneristas, se produjo una «estatización de la memoria» que, aunque no exenta de tensiones con los movimientos de derechos humanos, logró institucionalizar el recuerdo como política de Estado .
La diferencia fundamental: de afuera hacia adentro vs. de adentro hacia afuera
El Orador A propone un camino endógeno: cambiá tu discurso, tu mente va a cambiar, y entonces tu vida cambiará. Es la lógica del individuo que debe recomponerse desde dentro, como si el mundo exterior fuera un mero reflejo de sus pensamientos.
El peronismo (en ambos ciclos) propuso el camino inverso: transformá el mundo exterior, cambiá las condiciones materiales de existencia, y la conciencia de quienes lo habitan se transformará como consecuencia necesaria.
El primer peronismo no pidió a los trabajadores que «eligieran entusiasmo» frente a la explotación. Les dio leyes que limitaban la jornada, vacaciones pagas, aguinaldo, vivienda digna. El entusiasmo llegó solo, como respuesta natural a la dignidad conquistada.
Los gobiernos peronistas de Néstor y Cristina no pidieron a los argentinos que «creyeran para ver» la recuperación. Reactivaron la economía, abrieron juicios, convirtieron centros de tortura en espacios de memoria. La confianza en el futuro y en las instituciones volvió como resultado de esos cambios tangibles .
El Orador A dice: «No vemos con los ojos, vemos con la mente». El peronismo responde, con hechos: la mente se forma en la calle, en la fábrica, en la escuela, en el barrio.
Si querés cambiar cómo ve la gente, primero cambiá lo que tienen delante de los ojos.
La lección estructural es clara: el cambio de conciencia masivo y durable no se logra con técnicas de autoayuda, sino con políticas de transformación del entorno._
Un trabajador que repite «soy capaz» pero sigue ganando un salario de pobreza no va a cambiar su vida. Un pueblo al que se le dice «elegí entusiasmo» mientras el desempleo crece no va a salir de la crisis. Un ciudadano al que se le pide «no olvidar» pero la ESMA sigue siendo una escuela de la Armada y los genocidas están libres, va a terminar olvidando.
La inversión es completa: cambiamos el entorno para cambiar la conciencia.
Y cuando el entorno es justo, cuando el trabajo dignifica, cuando la memoria ocupa las calles, cuando la vivienda y la salud y la educación son derechos efectivos y no promesas, entonces la conciencia cambia sin que nadie tenga que repetir afirmaciones frente al espejo.
El peronismo, en sus dos grandes ciclos, entendió esto. Por eso no ofreció cursos de desarrollo personal. Ofreció leyes, políticas públicas, escuelas, hospitales, juicios, memorias materializadas.
Ese es su legado más profundo: la certeza de que la subjetividad se transforma transformando el mundo, y no al revés.
(*) Autor

 

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