CULTURA
«LA NACIÓN» CONVOCÓ AYER A NO HACERLE ASCOS A PERPETRAR UN GENOCIDIO EN LA ARGENTINA
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Durante los 26 meses del gobierno de Milei cerraron más de 24 mil empresas y se perdieron 290 mil puestos de trabajo, según datos oficiales de la Superintendencia de Riesgos de Trabajo.
Esto no es casualidad sino el producto de un plan sistemático de destruir la producción local y el mercado interno. Su arma predilecta son los «planes antiinflacionarios ortodoxos», calcados desde por lo menos el Plan Prebisch de 1955.
Esa demolición es la única manera de que tenga éxito una estabilización macroeconómica en la Argentina sin perjudicar a sus clases dominantes. Por eso cuando no logran imponer una hiperinflación a un gobierno representativo de otros intereses por la vía del sabotaje, la lanzan al inicio mismo de su gestión para luego poder culpar a sus predecesores por la misma.
Toda la conducta de Milei desde que ganó la segunda vuelta en 2023 hasta el 10 de diciembre en que asumió buscó inducir, aún antes de pasar a la Casa de Gobierno, una corrida bancaria o cambiaria que provoque una hiperinflación.
Sergio Massa se lo impidió y por eso mismo perpetró una hiperinflación apenas tomó el poder. Urgía hacerlo en ese momento, para poder culpar del desastre al gobierno de Alberto Fernández.
Después lanzó su grito de guerra: «No hay plata». Quería decir, como se vio en los dos años siguientes, que no había plata para el mercado interno en detrimento de las necesidades vitales del estáblishment. Las consecuencias están a la vista.
La riqueza de esas clases dominantes (el estáblishment) depende de que la producción, el consumo y el ahorro internos se canalicen exclusivamente hacia el mercado mundial. Su núcleo directivo obtiene rentas a partir de ese circuito, sea aprovechando la renta del suelo pampeano, o cobrando comisiones (un merecido peaje, o una vulgar coima, según quien lo observe).
Cada peso o dólar que abandona ese circuito las empobrece y debilita, y lo caracterizan como un robo. Hoy necesitan terminar con eso, y perpetrar un genocidio económico.
Cuando llegan en plena libertad al poder, todas sus políticas apuntan a destruir el consumo interno, porque cada peso invertido en él es una pérdida que se debe corregir.
Como bien recordó ayer la nota editorial de La Nación, en un intento de frenar el desbande que producen ya en la tropa propia las consecuencias de la aplicación a rajatabla de ese plan que perpetra Javier Milei, todo el drama de las clases dominantes de la Argentina semicolonial exige hoy una constancia heroica y un apoyo total a la cruzada libertaria.
Una de las consecuencias es la caída de la popularidad de Milei. Pero la principal es el ascenso de una figura capaz de unificar al campo nacional, Axel Kicillof, y el descenso de la única que puede impedirlo, Cristina Fernández de Kirchner.
Si llegara a la presidencia, Kicillof estaría en condiciones inmejorables de hacer tres cosas: (a) establecer muy sólidos vínculos con México y Brasil, (b) ingresar al BRICS y llegar a acuerdos sólidos con China, cuyas exportaciones más estrategicas no son los bienes de uso final sino la inversión en infraestructura y, en un país como la Argentina, en las plantas industriales que la hacen posible, y (c) pararse sobre esa nueva inserción global para renegociar con la máxima firmeza las deudas leoninas que, desde Macri en adelante, tomó el estáblishment para impedirle al país terminar con su asfixiante dominio.
La nota responde a todo eso; subió a la página de la mitrista «tribuna de doctrina» apenas pasados seis minutos de ayer, 19 de abril, y aún está en el aire, irradiando su sed de sangre.
El mensaje es claro y siniestro: convoca a descartar toda sensibilidad ante las consecuencias genocidas de las acciones de Milei, que no deben importar porque son un costo ineludible de resetear definitivamente el país a las condiciones que exige el estáblishment para existir. Al estáblishment le sobran consumidores, que son una molestia, y le sobran trabajadores, que son una amenaza.
Recalca que Milei, pese a las inocultables aberraciones de su personalidad, la incultura omnipresente y la soez rebatiña libertaria, es quien mejor está cumpliendo las aspiraciones del estáblishment: la erradicación del mercado interno argentino y de la industria local que lo abastece.
Este gobierno ofrece -como hizo Hitler con los judíos europeos, agregamos, y como quiere hacer con los palestinos el electorado de Netanyahu- la solución final.
LN lo dice con todas las letras: Milei está decidido, en cuerpo y alma, a poner fin a la existencia desde «80 años atrás», es decir desde 1946, de una Argentina cuya clase trabajadora dependa de que el propio mercado interno crezca y se consolide para siempre.
«Ése es el enemigo a aniquilar», le faltó atreverse a decir al periódico de combate de la rancia oligarquía mitrista, núcleo actual del estáblishment neoliberal.
Para LN, «resulta fundamental preservar el plan en curso, fuere quien fuere el gobernante, como política de Estado», y «el programa de reconversión no puede ni debe frustrarse por acciones individuales delictivas ni éticamente cuestionables».
Aconseja a sus sicarios de hoy, como en 1976 aconsejaba a los sicarios de uniforme: «los libertarios deben cuidar al presidente Javier Milei dejando de lado sus intereses y sus internas facciosas, pues no está solo en juego su legitimidad, sino la viabilidad del país».
Y concluye metiendo miedo: «Para que la Argentina complete con éxito su “camino de Santiago” [quisieron poner «camino de Damasco», pero no se le puede pedir cultura al órgano ideológico de una clase en degradación final] se necesitan aún consensos políticos, reformas en las provincias y municipios y ganar la llamada batalla cultural … Es fundamental preservar el plan en curso, fuere quien fuere el gobernante, como política de Estado. Y evitar que el populismo aplauda de pie su abandono, como en 2001, para recuperar poder y financiar desmesuras. Si ello ocurriese o si el mercado creyese que podría ocurrir, nos hundiremos en lo más profundo de un décimo círculo donde Dante Alighieri hubiera puesto a los países fallidos e irrecuperables.»
Observen la claridad: no «desde 2003 con los Kirchner», sino desde las masas en la calle del 19 y 20 de diciembre de 2001. La Nación no sólo no lamenta los 39 muertos por el intento delarruísta de frenar al pueblo a tiro limpio sino que lo crítica por no seguir matando más de los que había matado, como en su momento recomendaban a Videla los civiles de Martínez de Hoz.
Esa usina del odio al país hay que confiscarla, todos sus bienes deben pasar al movimiento obrero, y sus directivos, editorialistas y gerentes atravesar un ejemplar juicio en un Nüremberg patriota que los condene a una larga vida en campos de recuperación por el trabajo.
Lean el libelo, si no me creen a mí:
(*) Néstor Gorojovsky
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