CULTURA
Las «Máximas» de San Martín: Una ética política para el siglo XXI
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De lo privado a lo público
En 1825, exiliado en Bruselas y separado de su hija Mercedes, el general José de San Martín escribió doce máximas concisas para guiar su educación moral.
Lejos de ser meros consejos paternales, estos preceptos constituyen la expresión condensada de una filosofía cívica integral.
Dos siglos después, trascienden su contexto doméstico original para ofrecer un marco crítico poderoso para analizar la vida política contemporánea. Las «Máximas» proponen un principio fundacional: la legitimidad de un orden político es inseparable del carácter ético de sus ciudadanos y líderes.
Pretendo argumentar que el pensamiento de San Martín, en particular la síntesis de principios humanistas y acción pragmática evidente en su vida y escritos, presenta un modelo urgente para abordar desafíos modernos como la erosión democrática, la fragmentación social y la crisis del liderazgo.
1. Fundamento filosófico: La unidad de la virtud privada y el bien público
Las «Máximas» establecen un continuo ininterrumpido entre el carácter personal y la responsabilidad cívica.
· La compasión universal como virtud cívica: La primera máxima, que aboga por la sensibilidad incluso hacia los insectos dañinos y cita el humor sentimental de Laurence Sterne, establece un fundamento de empatía universal. Sterne, un escritor del siglo XVIII cuya obra abordaba temas del sentimiento y la humanidad, proporcionó a San Martín una referencia literaria que enmarca la compasión como un principio político fundamental. En términos modernos, esto se traduce en políticas que protegen a los más vulnerables y un discurso político que humaniza al «otro», contrarrestando la polarización actual.
· Los pilares de una sociedad funcional: Las máximas subsiguientes delinean las virtudes esenciales para una república libre. El amor a la verdad y el odio a la mentira (#2) son el antídoto contra la política de la posverdad y la desinformación. El respeto por la propiedad ajena (#5) es la base de la seguridad jurídica y la confianza económica. La discreción (#6) es esencial para la integridad diplomática e institucional, (#7)mientras que la indulgencia hacia todas las religiones es el fundamento no negociable de un estado pluralista.
· La austeridad y la ética del servicio: «Amor al aseo y desprecio al lujo» es quizás la máxima más directamente traducible a una ética política. La legendaria austeridad personal de San Martín—redujo su propio sueldo como Gobernador de Cuyo a la mitad para financiar al Ejército de los Andes—la ejemplificó. Se erige como una crítica contundente a la corrupción, el clientelismo y el uso del cargo público para el enriquecimiento privado.
2. El método sanmartiniano: El idealismo pragmático en la acción política
El legado de San Martín no es solo de ideales, sino de su ejecución exitosa. Su pensamiento político se caracterizó por una flexibilidad pragmática destinada a lograr objetivos estratégicos inmutables.
· Pragmatismo estratégico: Su postura política se describe mejor como un idealismo pragmático guiado.
Evidencia histórica sugiere que tenía profundas convicciones republicanas—simbolizadas por su interés en las obras antimonárquicas de Thomas Paine—, sin embargo, consideró pragmáticamente modelos monárquicos como un medio posible para garantizar la estabilidad y prevenir la anarquía en las nacientes repúblicas sudamericanas. Esto revela a un líder que podía distinguir entre fines últimos y medios transicionales, una lección de pensamiento estratégico a menudo ausente en los dogmatismos ideológicos rígidos de hoy.
· La primacía de la acción efectiva: La lección central de su campaña es que las ideas nobles requieren planificación meticulosa, construcción institucional y ejecución inquebrantable. Su genio residió en «ordenar los elementos que tenía para lograr su objetivo». Para la política contemporánea, esto subraya la insuficiencia de la mera protesta o la retórica florida; exige el trabajo duro y técnico de gobernar, construir coaliciones y demostrar competencia administrativa.
3. Un espejo para las patologías políticas contemporáneas
Las «Máximas» de San Martín sirven como herramienta de diagnóstico para las crisis actuales. Frente al liderazgo enfocado en la ganancia personal o la victoria partidista, San Martín prescribe un liderazgo entendido como sacrificio por un objetivo colectivo trascendente («Patria y Libertad»).
Su exilio voluntario para evitar la guerra civil tras la entrevista de Guayaquil es el testimonio supremo de esta ética.
Contra el discurso político convertido en ruido, espectáculo o manipulación, la máxima «Que hable poco y lo preciso» aboga por la prudencia y el diálogo sustantivo sobre la retórica vacía.
Para sanar la polarización social y la política del resentimiento, las directrices de «Dulzura con los criados, pobres y viejos» y «Caridad con los pobres» impulsan una política de solidaridad que integra y eleva activamente a los marginados.
Finalmente, ante las instituciones débiles y la erosión de la confianza pública, el «Respeto sobre la propiedad ajena» y el ejemplo constante de San Martín de subordinar el poder militar a la estrategia civil ofrecen un modelo de fortaleza institucional y lealtad a la ley.
Un legado inconcluso
Domingo Faustino Sarmiento, ante la repatriación de los restos de San Martín, lamentó que al General lo que le faltó para completar su obra fue «un gobierno en su país» que le diera apoyo sostenido, condenando el «desorden interno» y la falta de «gobierno sólido». Este diagnóstico sigue siendo dolorosamente relevante.
La brecha persistente en América Latina y más allá entre los ideales constitucionales y la práctica política—entre el amor a la libertad proclamado y la fragilidad de sus instituciones—es el desafío que las «Máximas» de San Martín buscan abordar desde la raíz.
La lección política última de las «Máximas» es que la libertad no solo se gana en el campo de batalla, sino que se forja diariamente en el carácter de su pueblo y en la integridad de sus servidores.
En una era de profundo escepticismo, recuperar esta ética de virtud personal al servicio del bien público, junto con la sabiduría pragmática para traducir el principio en acción efectiva, no es un ejercicio arqueológico.
Es un camino necesario para revitalizar el proyecto de una república justa, libre y verdaderamente humana que José de San Martín vislumbró hace doscientos años.
(*) Fernando Silvestre
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