OPINIÓN
El fiscal Nisman ha derrotado al kirchnerismo y su ejército con el poder de una simple bala 22
volanta
Ha muerto el fiscal Alberto Nisman o lo han muerto al fiscal Alberto Nisman.
Si se ha suicidado, el suicidio fue inducido.
Nadie trabaja en un proyecto tanto tiempo para después encerrarse en el baño y pegarse un tiro en paños menores.
El haraquiri entre los japoneses es la conclusión mortal de un gran fracaso, nunca de un triunfo.
Nisman había triunfado en su propósito de reunir suficiente material como para acusar a la Presidenta y sus aliados para lograr denunciarla en el Congreso de la Nación.
Es lo supermáximo que Nisman pudo hacer.
Nadie ha alcanzado una altura tal en sus investigaciones como para entregar a la prensa un número tal de acusaciones.
Nadie hizo tanto como él para llegar hasta donde llegó.
Se dice que las pruebas están grabadas y se corre el riesgo de que un tribunal no acepte las grabaciones como prueba para iniciar un proceso. Esto no lo pensaron los verdugos de Nisman y es obvio que si la Presidenta, sus ministros y el resto del Gobierno lo sabían, la tortuga se les fue de las manos y el papelonazo adquirió proporciones internacionales. Sólo en estos grandes ejemplos de ridículo y bochorno, la prensa internacional se ocupa de la Argentina. La excepción siempre es Maradona, aliado de Menen y los Kirchner. No hay que descartar que para salvar a su propia familia Nisman haya tenido que optar entre morir él, su hija de 15 años, su madre u otro familiar. Desde Jesucristo hasta hoy no es la primera vez que alguien se inmola para salvar a otro.
La tesis de que fue asesinado por un comando oficial, puede ser eludida con dialéctica florida y perfumada, nunca con pruebas ciertas.
La tecnología actual combinada con la «calle liberada» hace perfectamente viable un método para matar y que «parezca un accidente». Hay decenas de formas para simular un suicidio y no es la primera vez que ha ocurrido en el país.
Esta muerte puede entrar en el principio de la reversión o inversión de la carga de la prueba, es decir, no se trata de que la Justicia debe demostrar la culpabilidad del acusado, sino el acusado quien debe demostrar que no es culpable.
Es la Presidenta la que debería demostrar que no es culpable de la muerte del fiscal Nisman. Por supuesto, esto no ocurrirá.
Lo que la Presidenta, sus ministros y aliados no pueden neutralizar es la “sospecha cierta y verosímil” que ya se ha instalado en la imaginación colectiva. Millones de personas, dentro y fuera del país, ya han dado su veredicto y qué su fallo se considere “no vinculante” es otro accidente humano más.
Ya no tiene remedio el hecho físico de la muerte del fiscal Nisman.
Si se mató, fue inducido. Si lo asesinaron fue todo el Gobierno o un sector del Gobierno. No tiene caso darle vueltas en millares de debates y declaraciones como estuvo ocurriendo durante la jornada de ayer. Es indistinto. Esta idea ya quedó instalada y nadie puede removerla.
Los autores pueden zafar de la sentencia judicial. Lo que los autores ya no pueden lograr es hacer zafar al Gobierno kirchnerista.
Ahora, es una cuestión de tiempo. Las consecuencias de la exposición de Nisman en el Congreso de la Nación hubieran sido más leves a la Presidenta y su gobierno que la “solución final”: la muerte de Nisman.
Ahora ha habido un corrimiento de las consecuencias. En lugar de enero, las consecuencias se verán en octubre cuando la gente salga a votar.
Si la gente, harta de tanta inseguridad, ahora debe enfrentar un futuro con miedo y terror oficialista, votará en gran número contra el terror, contra el miedo, contra la violencia, y será porque el fiscal Nisman fue muerto ayer. No importa si el comando fue del Gobierno o vino de afuera. No fue un error político. Fue un desastre militante, concretado por gente inexperta, no pensante, violenta. Esa gente a la que hay que detener con una advertencia: “No me defiendas más”.
Nisman no hubiera logrado un fallo judicial tan contundente, terminante y definitivo si quienes lo asesinaron hubieran sopesado las consecuencias y lo hubieran dejado hablar en el Congreso.
El kirchnerismo, muy bueno en el manejo de ciertos fiscales y jueces, con predicamento en parte de la Corte Suprema y mayoría en ambas cámaras legislativas, hubiera logrado manipularlo todo, tal como ocurre con los Lázaro Báez, los Jaimes y gran parte de sus ministros.
Ahora, hasta más de un ferviente peronista, un fiel menemista o un agradecido kirchnerista, lo está pensando dos y tres veces para no quedar pegado ante su propia familia como cómplice de siniestros criminales enquistados en la Casa Rosada. Una cosa es recibir una interesante subvención y otra ser aliado de asesinos. No está en la moral de mucha gente aliada ni entusiasma ser confundido. Hay límites que, a pesar de todo, se siguen respetando.
Con su muerte Nisman se llevó puesto a sus asesinos directos y al resto de sus cómplices. Son centenares, millares los que ya está arrastrando Nisman hasta el día de la votación.
Desde su tumba eliminará a gran parte de sus verdugos en el cuarto oscuro.
Quiénes lo indujeron al suicido o lo asesinaron de hecho, hicieron el peor negocio militante y económico de la era kirchnerista.
Nunca un muerto ha derrotado a tanta gente con el poder de una sola bala de pistola 22.
Ni en la Segunda Guerra Mundial.
Por Teódulo Domínguez. Periodista. Fuente: TD Periodismo
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