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OPINIÓN

Fútbol Argentino: Los ídolos ya no importan

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En el fútbol argentino los ídolos han perdido todos sus títulos nobiliarios, pergaminos, todo. Ya no importan, pasaron de moda y los han colgado a secar en el tender del olvido.Se los maltrata, se los desprecia y ni siquiera se les agradece lo poco o mucho que han hecho por su club. Los tobillos lesionado, la plata resignada, mucho menos la donada, su regreso desde la panacea del fútbol europeo, los cuestionamientos sobre cómo llegan, si vinieron a robar o a salvar, se les da la espalda y a otra cosa.

Juan Román Riquelme lo padeció en Boca en una interminable novela que comenzó en 2010 con la batalla por la renovación de su contrato contra el entonces tesorero, Daniel Angelici.

Hoy, aquel tesorero que renunció cuando Jorge Amor Ameal decidió extenderle el vínculo al 10, es el mandamás xeneize, y por fin, para él, se sacó de encima (¿para siempre?) al que le pudría el vestuario, al conflictivo, al que le ganaba partidos.

En la misma volteada, echó a Carlos Bianchi, el de la estatua, el del póster, el de las Copas Libertadores y epopeyas en Japón porque, por primera vez no triunfó. En realidad, porque nunca lo quiso y porque debió contratarlo a pedido de la “Bombonera Abierta” aquella tarde contra Godoy Cruz, cuando la renovación con Julio Falcioni era casi un hecho.

Una o dos malas temporadas pudieron más que la década más gloriosa de Boca para que Angelici deje a Boca sin ídolos y las puertas, para ellos, cerradas con candados y cadenas.

De algunos se puede aprender, como de Estudiantes y de Racing, que repatriaron a Juan Sebastián Verón y a Diego Milito. Que volvieron enteros para ser campeones y para reordenar sus clubes, cada uno a su manera.

“La Bruja” primero lo hizo como jugador y ahora como presidente con un apoyo y un cariño hacia él de parte de los hinchas y pares, como pocas veces se ha visto. “El Príncipe”, a punto de ser rey, ordena a Racing desde el vestuario, calma las ansiedades y, para colmo, demuestra que está intacto y lleva a su equipo al título tras trece años de frustraciones.

Pero no todos tienen la capacidad de mirar al costado y aprender. Independiente se negó a hacerlo con su vecino bajo la actual presidencia de Hugo Moyano. Destrató a Federico Insúa, quien regresó para la segunda mitad del torneo de la B Nacional y no jugó ni un minuto el pasado semestre, ya en Primera, en el equipo de Jorge Almirón.

Que depositó cheques que no debía, que el DT no lo usa pero lo tiene en cuenta, que la estructura del equipo, que tantas otras cosas. A Insúa nadie lo quiso en Independiente, se lo hicieron saber y sin siquiera agradecerle algo, le indicaron el camino hacia la puerta de servicio, la chiquita, la que carece de gloria.

Daniel Montenegro es el caso Insúa por mil. Se quedó a pelear la permanencia. Se bancó el descenso, la temporada en la segunda división, disfrutó el ascenso, dejó de la lado los millones que ganaba en el América de México, trajo su fútbol y su experiencia, para ayudar a reubicar al “Rojo” en el mapa grande del fútbol argentino y la respuesta de dirigentes y entrenador fue la misma: “Váyase”. Algo parecido a lo que escuchó Gabriel Milito, ya ex entrenador de la reserva del “Diablo”.

Menosprecio, desagradecimiento, destrato, ingratitud, olvido, éxodo.

River recién en 2014 comenzó a no fallar en la materia. La administración Passarella utilizó el regreso de Ramón Díaz como manotazo de ahogado tras echar sin tapujos a Alejandro Domínguez y Fernando Cavenaghi, exponiendo al entonces DT, Matías Almeyda.

Los dos que regresaron al club de sus amores para sacar al equipo del pozo más profundo y oscuro de su historia. Una vez que se salió de él, ellos también debieron salir porque el proyecto del “Pelado” no los incluía o algo así que nunca se explicó, que nunca se entendió y que al hincha siempre le dolió.

Rodolfo D’Onofrio armó su equipo de trabajo con las viejas glorias de club, como Enzo Francescoli, Norberto Alonso, Amadeo Carrizo y Ariel Ortega, entre otros. Le abrió la puerta a un nuevo regreso de Cavenaghi y todos contentos, porque encima River ganó el Torneo Final 2014.

Pero los Díaz no eran los deseados y hubo que hacer cambios, no en el calendario, pero sí en la estructura del fútbol millonario. Ramón y Emiliano se dieron cuenta y se fueron, abriéndole paso a otro hijo pródigo del club, a Marcelo Gallardo. Algunas de cal y algunas de arena.

De ambas se pueden encontrar en cada club del fútbol argentino. El problema es que todos tienen el tender del olvido preparado en algún patio roñoso del club para robarles el brillo a sus ídolos por el motivo que sea, cuando ellos, lo único que merecen y ni siquiera piden en voz alta es respeto, agradecimiento y un final digno de su carrera profesional.

Por Martín Goldbart- para Agencia Télam

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