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OPINIÓN

Sobre la verdad, el poder y el discurso. Por Erica Farcic

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La reflexión sobre el poder conforma un campo de análisis propio de la ciencia política, abordado por diversos paradigmas que a la vez se han nutrido de otras disciplinas para la elaboración de una teoría del poder, como el análisis histórico, psicoanálisis y la lingüística.

En el siglo pasado uno de los mayores aportes a la reflexión acerca del poder vino de la mano de Michel Foucault. Su contribución, no solo a esta reflexión, sino a la filosofía general ha sido de impacto revolucionario. Sus estudios acerca de la relación entre la verdad, el poder, el discurso y el saber constituyen capítulos fundamentales dentro de la historia del pensamiento humano. Sin embargo, ha sido un autor muy criticado y malinterpretado; sobre todo por sus contemporáneos.

Fundamentalmente porque la introducción de sus ideas en la historia apareció en un momento de auge del estructuralismo. De modo que sus portadores vieron cuestionados con el planteo de Foucault los postulados fundamentales de sus teorías (aunque en la realidad no fuera así), ya que no presentaba al poder como algo monolítico o propio de la superestructura. El poder no era solo el resultado de la dominación propia de la lucha de clases. Remarco el “solo”, porque Foucault no niega las relaciones de poder derivadas de las relaciones de producción y su impacto en la lucha de clases, lo que hace es incorporar nuevas dimensiones a sus análisis, hasta el momento no exploradas y descubrir que el poder está presente mas allá y por sobre las relaciones de clase.

Foucault introdujo la idea de que el poder es volátil, caótico, movedizo y está presente en todo el entramado social, nadie lo posee de manera permanente, ni siquiera el ESTADO. Naturalmente el Estado y los grupos concentrados detentan poder, pero también existe una microfísica del poder que se manifiesta en las instituciones, unidades económicas de producción, organizaciones políticas, vínculos familiares y personales, que se constituye en base a una lógica de ejercicio y de resistencia.

El poder, el saber, la verdad y el discurso son componentes que se condicionan mutuamente. Existe una relación dialéctica entre estas cuatro entidades, cuyo resultado es un sistema de ideas imperantes que dan lugar a un “armado de época”.

El discurso, entendido como dispositivo articulatorio, es la condición fundamental para el ejercicio del poder y la producción de la verdad. Porque la verdad en términos de Foucault, no es una conexión inseparable entre la palabra y el objeto. El poder necesita de la verdad para que el mecanismo que lo posibilita funcione y, a su vez, la verdad produce mecanismos de poder.

La verdad es retroalimentada por los sistemas de poder que la producen y la mantienen, y a los efectos de poder que la inducen y que la acompañan. La verdad y el poder son entonces inseparables, donde está el uno está el otro, y no pueden existir como entidades autónomas.

Así, el poder y el discurso se condicionan mutuamente. De modo tal, que quien ejerce el poder en un momento y lugar determinado, es quien logra hegemonizar el discurso tanto en sus formas de producción como en su contenido. En este sentido, institucionalmente como a nivel del sujeto en particular, quien logra instalar “su verdad” como verdad del conjunto es quien detenta el poder. Es decir que existe una relación de mutuo relacionamiento y condicionamiento entre el discurso y el poder. En este sentido, la verdad en términos culturales-sociológicos es entonces producida y sustanciada sistémicamente aunque de manera paradojal, de forma caótica también.

Podemos tomar múltiples ejemplos de la vida cotidiana para ilustrar como el poder, la verdad y el discurso se imbrican y cómo en distintas escalas y magnitudes, el poder estará presente. Sin ir más lejos, abramos los diarios de hoy y miremos la información que corre desde uno y otro lado en el caso Nisman. Veremos como se mueven los distintos sistemas de generación de verdad y como pujan por instalarse para tratar de generar consensos en torno a cada versión funcional a los intereses de cada actor.

Así como también en otra escala y magnitud miremos hacia dentro de nuestras familias, en los vínculos interfamiliares como se tensan las tramas que reparten y distribuyen el poder entre sus miembros y como estas se vinculan con los discursos dominantes intrafamiliares sobre temas “tabú” dentro de las mismas. Miremos todo aquello que tomamos como dado y veamos lo difícil que nos resulta discutirlo y ahí encontraremos un mecanismo de generación de poder.

Vayamos a otro ejemplo y pongamos los ojos las instituciones educativas modernas. Alguna vez se han preguntado si es casual que en una clase, nadie cuestione que quien tiene el poder de la palabra para hablar durante 2 horas sin interrupción, sea la figura de un profesor “erudito” y dotado de un supuesto saber?? Que pasaría si un alumno se parara junto al profesor e intentara participar de la clase a la par del profesor? Es una situación posible? Estaría legitimado ese sujeto para hacerlo desde la paridad? Lo mas llamativo es que todos tenderíamos a responder que no. Es este el punto clave en los estudios sobre los mecanismos que generan y reproducen el poder en Foucault.

Lo cierto es que hay una multiplicidad de circuitos y mecanismos que producen poder que se caracterizan por haberse transformado en incuestionables, como es el típico caso de “la escuela”, y otros que se están produciendo minuto a minuto, por la propia volatilidad que caracteriza al poder.

En este marco el gran aporte que nos ha dado Foucault en la contemporaneidad, es justamente la capacidad de ver y cuestionar lo incuestionable, aquello que hemos incorporado sin protestar de manera disciplinada. Porque allí, donde no hemos dudado, donde una verdad se ha instalado. Allí, se ha ejercido el poder.

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