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OPINIÓN

GEOPOLÍTICA ESCENARIOS FUTUROS, Impacto en las naciones ricas en recursos de América Latina y África

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La intervención en Venezuela y la doctrina de esferas de influencia que representa no son hechos aislados. Su efecto más inmediato y profundo se observa en las naciones de América Latina y África que, al igual que Venezuela, poseen una riqueza natural estratégica. Para estos países, el mensaje de la administración Trump es claro: su soberanía es negociable si choca con los intereses geoestratégicos y comerciales de Washington. Esta realidad impone un dilema existencial: someterse a una lógica de dominación o acelerar una transformación económica interna que reduzca su vulnerabilidad.

1. América Latina: entre la división y la búsqueda de autonomía
La reacción latinoamericana a la captura de Maduro fue de profunda división y preocupación. Mientras gobiernos aliados a Trump, como los de Argentina y Ecuador, celebraron la acción, una mayoría de países –incluyendo a Brasil, México, Colombia y Uruguay– la condenaron por violar el derecho internacional y sentar un «precedente extremadamente peligroso» para la región. Esta fractura refleja la polarización política del continente, pero también una ansiedad compartida: si Estados Unidos puede invadir Venezuela por su petróleo, ningún país con recursos valiosos está a salvo.
Esta percepción de vulnerabilidad tiene consecuencias geopolíticas directas. Por un lado, puede incentivar a algunos gobiernos a buscar una alianza más estrecha con Washington a cambio de protección o beneficios. Por otro, y de manera más significativa, empuja a otros a diversificar sus alianzas internacionales, fortaleciendo lazos con China, la Unión Europea o mediante una integración regional más robusta. El objetivo sería crear contrapesos que disuadan futuras intervenciones. Sin embargo, esta estrategia se ve debilitada por la misma división política, que dificulta una respuesta regional unificada.
2. África: alarma ante un posible «siguiente objetivo»
En África, la reacción fue de indignación unánime ante lo que se percibe como un quiebre del orden internacional. La Unión Africana expresó su «gran preocupación» y exigió respeto a la soberanía. Analistas como el profesor Macharia Munene advirtieron que, tras Venezuela, África podría ser el próximo objetivo debido a sus «numerosos Estados frágiles» y sus vastos recursos estratégicos.
El temor no es abstracto. Se señala, por ejemplo, el acuerdo de 2025 entre Estados Unidos y la República Democrática del Congo, que otorga acceso a materias primas críticas a cambio de apoyo en seguridad. Para muchos líderes africanos, el mensaje subyacente es perturbador: los gobiernos no son derrocados por ser autocráticos, sino «únicamente cuando pusieran en peligro los intereses de Washington». Esto crea un clima de inseguridad jurídica que desalienta la inversión a largo plazo y perpetúa la dependencia. Países como Nigeria, Etiopía o Kenia, temerosos de represalias, optaron por una cautelosa contención en sus críticas, mostrando cómo la coerción geopolítica puede silenciar la disidencia.
3. La transformación estructural local como camino de resiliencia
Frente a esta presión externa, el paradigma de la transformación económica liderada localmente, descrito en el primer texto, se convierte en una estrategia de supervivencia y soberanía. Para las naciones ricas en recursos, el desafío central es escapar de la «maldición de los recursos» –la paradoja de la pobreza en medio de la abundancia– que las hace tan atractivas para la explotación externa.
La solución no es rechazar la globalización, sino reorientarla. Se trata de utilizar los ingresos de las materias primas para financiar una diversificación económica interna, impulsada por actores subnacionales. Esto implica:
· Agregar valor localmente: Convertir el petróleo, el litio o el cobalto en productos semielaborados o bienes finales, creando cadenas de valor nacionales.
· Invertir en capital humano: Desarrollar sistemas de formación laboral, como los ejemplos de Sudáfrica o India mencionados en el primer texto, para capacitar a la fuerza de trabajo en los sectores de servicios y tecnología del futuro.
· Aprovechar la transición ecológica: África, por ejemplo, posee el 75% de las reservas mundiales de cobalto, clave para las baterías. En lugar de solo exportar el mineral, la estrategia debe ser desarrollar capacidades locales para la producción de energías renovables y electromovilidad.
Esta agenda requiere, como se señaló, una «acción estatal eficaz» que coordine a gobiernos locales, empresas y sociedad civil. Un estado fuerte y legítimo es el mejor antídoto contra la depredación externa y la corrupción interna.
Conclusión: Soberanía en la encrucijada
La era que se abre coloca a las naciones ricas en recursos de América Latina y África en una encrucijada crítica. Por un lado, la sombra del imperialismo resurrente las amenaza con una nueva era de extracción y subordinación. Por otro, el camino de la transformación estructural local les ofrece una ruta hacia una prosperidad más autónoma y diversificada.
El futuro de estas naciones dependerá de su capacidad para navegar esta tensión. Necesitarán una diplomacia astuta para evitar quedar atrapadas en la competencia entre grandes potencias, al tiempo que fortalecen sus instituciones democráticas y su capacidad de planificación económica. La comunidad internacional, especialmente otras economías en desarrollo, tiene un interés vital en apoyar este camino, fomentando marcos de cooperación sur-sur que protejan el espacio político para estas transformaciones.
Solo así se podrá construir un orden global donde la riqueza natural sea un motor de desarrollo local y no un imán para la intervención.
(*) Fernando Silvestre

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