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ENTREVISTAS

Inés Estévez: «Me interesa comunicar, no exponerme»

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Después de diez años y un intento por dejar la actuación, la actriz vuelve a subirse a un escenario para protagonizar Otro estilo de vida. «A los 50 me siento plena», confiesa.

El mensaje es claro y también será reiterativo. «Ella no quiere hablar de su vida privada», sentencian desde su oficina de prensa. Un tuit de la protagonista en cuestión, antes del encuentro con Tiempo, publicita su gran incomodidad con las entrevistas. Por si quedara algún espacio para la duda, ya en persona, la susodicha subraya: «Todo bien con charlar de trabajo con gente que quiere escuchar. Lo que no soporto es que me tomen como una celebrity.» Acuerdo total. Por aquí no interesan su ex, su actual, el hijo de su ex, la actual de su ex, sus dos hijas ni lo que opinan todos entre sí. De ventilar, al menos parte de esos asuntos, se encargan los mismos protagonistas vía redes sociales y/u ocasionales apariciones en revistas/programas de chimentos. Cada cual a lo suyo y todos felices.

Inés Estévez habla. Mucho. Rara vez para y difícilmente interactúa o se engancha con una pregunta como disparador para desarrollar otra idea. Por momentos pareciera que tiene pensado al detalle todo lo que va a decir y cuenta con la determinación suficiente como para que nada ni nadie desvíe su camino. Se muestra como una mujer valiente, reflexiva, capaz de concretar proyectos ambiciosos, tomar decisiones difíciles y hasta parece ser feliz –lo único realmente importante–. Hace pocos días se estrenó Otro estilo de vida, la obra de Noel Coward que marca el regreso de Estévez al teatro después de diez años. Los números no son casuales. En 2006, cuando la actriz gozaba del pico de prestigio y popularidad, decidió abandonar el oficio de toda su vida para dedicarse a la docencia y a la dirección. Ese renunciamiento planeaba ser definitivo. Pero a partir del año pasado el ostracismo se desvaneció con la película El misterio de la felicidad (Daniel Burman, 2014), la tira televisiva Guapas (Canal 13) y ahora con el teatro.

La obra que se presenta en el teatro Tabarís y también incluye las actuaciones de Alberto Ajaka, Marco Antonio Caponi, Fabián Arenillas, Dan Breitman, Paola Lusardi y Demián Salomón, y está dirigida por Lía Jelín. Estévez habló con Según consignó Tiempo Argentino, de su regreso al teatro, su visión de la profesión, la vida y mucho más.

«La verdad es que estoy en un momento personal de mucho florecimiento en todos los aspectos. Tengo 50 años y no podría sentirme más plena».
–Estaba haciendo El misterio de la felicidad y apareció Fernando Blanco, a quien conozco de Pol-ka, y Paola Lusardi, su socia en proyectos teatrales. Me propusieron hacer Otro estilo de vida y en ese momento lo que más me atrajo fue que no era una obra que fuera a demandarme un compromiso dramático demasiado grande. Me pareció la mejor opción para subirme al escenario después de muchísimos años. Consideré muy apropiado trabajar con un tono de comedia sutil, que no me obligue a adentrarme en zonas demasiado desgastantes. Con un drama la inversión de energía que tenés que poner es mucho mayor. Por otra parte, es una obra de Coward con diálogos muy inteligentes. Utiliza un trío amoroso como excusa para hablar de un tema que a mí me interesa mucho: la dificultad para encontrar un equilibrio entre arte y éxito. Trabaja mucho sobre la banalización del arte. La obra se desarrolla en los años ’30. Empieza en una buhardilla parisina, sigue en Londres y termina en Nueva York. Habla mucho de la cultura de la época, de sus dificultades para desarrollarse, del snobismo que nunca falta y muchas otras cosas. Me gustó la idea de trabajar un personaje que está basado en la gracia y la sensualidad. También en su inteligencia. Es un registro que no me suelen ofrecer. En general, trabajo en papeles con un gran compromiso dramático que deben sumergirse en enormes profundidades. Hacer de Gilda, mi personaje, no tiene gran complejidad. Lo del trío también es interesante porque no plantea sólo un trío sexual. Es un trío amoroso. Tres personas que sienten la misma calidad y la misma profundidad de amor hacia las otras dos. Y tampoco es el trío más aceptado socialmente: acá se trata de dos hombres y una mujer. De hecho, les cuesta llevar a la práctica ese amor. Se sienten condicionados por lo social. Entonces, mi personaje primero hace pareja con uno, después con otro y finalmente todos se rinden ante lo evidente. Con los productores comenzamos a cranear cómo sería la mejor forma de llevar a cabo la obra y creo que llegamos a una gran versión. Ajaka y Caponi me parecen dos personas con una gran integridad humana y una calidad actoral muy grande. Yo soy muy instintiva y ellos muy analíticos. Eso a mí me enriquece. En definitiva, este es un proyecto en el que no pongo más expectativas que las de intentar descubrir un recorrido que me haga feliz y haga feliz al espectador.

–¿Te costó volver al teatro?

–No fue fácil. Para mí fue más cómodo volver al cine porque no está el público enfrente. Me gusta mucho la expresión creativa. Me interesa comunicar, pero no exponerme. No necesito el feedback. Para muchos, el aplauso de la gente es el aliciente fundamental… Está buenísimo porque es el eco de la inversión de tu energía. Es una suerte de devolución. Pero a mí me inhibe mucho la presencia de la gente. Si yo pudiera expresarme creativamente entre cuatro paredes lo haría sin inconvenientes. Por eso me atrae mucho la literatura.

–¿Qué te gusta escribir?

–Publiqué La gracia (2011, Sudamericana). En la editorial querían una novela, pero no es un formato que me enganche para leer y tampoco para escribir. Así que hice una especie de compendio de cuentos que se relacionan entre sí o descompuse una novela. Según cómo se mire. Tiene sus falencias, claro. Es lo primero que publiqué. Pero lo que más me interesa es la poesía o prosa poética. Casi las hijas abandonadas de la literatura. Le debo un libro a la editorial. Desde que soy madre no pude dedicarme tanto. En realidad, me interesa más escribir que publicar, actuar más que posar para la foto y el cine más que el teatro.

–¿Por qué te gusta más el cine que el teatro?

–Yo lo veo así: el cine es el padre; el teatro, la madre; y la TV, el hijo bobo. Aunque no está nada mal trabajar en TV. Es algo que se puede disfrutar. Se puede hacer todo en esta profesión. Pero yo siento que primero hay que hacer cine y teatro, y recién después TV. Al menos a mí me funcionó así. El condicionamiento técnico en el cine es muy potente y si sabés usarlo a tu favor te puede hacer muy certero y hacerte mejor actor de teatro y televisión. En el cine la luz hace que tengas que pararte en determinado lugar y poner la cara en el lugar exacto; la mano tiene que ir en el espacio preciso para que se perciba; debés sentarte en el momento que llorás y levantar la cara cuando terminás. Al mismo tiempo concentrarte para transmitir emoción. Todo eso con gestos muy sutiles porque la pantalla es muy grande. Y esa escena va a quedar para toda la vida. Así que tenés que apuntar la flecha con una precisión milimétrica para que dé exactamente en el blanco. En el teatro la curva dramática se desarrolla en forma más natural y uno puede darse el lujo de no ser tan exacto.

–¿Por qué te retiraste de la actuación y por qué volviste?

–Tiene que ver con ciertos vicios del sistema que deterioraron mi gusto por la expresión artística. Yo nunca voy a entender que después de una producción de cinco horas con siete cambios de ropa me tenga que sentar con un cronista para hablar sobre quién cocina en mi casa. Eso es incompatible con mí ser. Sólo sirve para alentar el morbo. Todas esas cosas que explotaron en determinado momento de hipermediatización convirtieron a la actuación en la rama del arte más lejana del arte. Entrar en la hiperexposición banaliza muchísimo la profesión. Decidí abandonar la actuación después de meditarlo durante cinco años. El último año de trabajo tuve un accidente grabando un programa de TV y eso me hizo pensar si estaba en el lugar y momento correctos. Fue bastante grave. Un choque en un auto mientras grabábamos la escena. Tuve conmoción cerebral, pérdida de conocimiento, un esguince cervical, me tuvieron que hacer una resonancia para ver si tenía coágulos… Un garrón total. Siempre, cada vez que tomo un avión, pienso: «Si se cae, ¿está todo bien? ¿Mi vida fue como yo quería?» La respuesta era siempre sí. Pero hice el mismo ejercicio después del accidente y el resultado fue negativo. Entonces decidí dejar y dedicarme a la docencia y a la dirección. Viví años fascinantes. Sin presiones externas, exenta de exigencias, reencontrándome con una parte mía genuina. Realmente mi idea era no volver a actuar nunca más. Lo único que extrañaba era estar en contacto con mi creatividad en forma cotidiana. Pero no actuar. Después se dieron algunas casualidades, algunos equilibrios, y volví.

–¿Si tuvieras que tomar un avión en unos minutos qué balance interno encontrarías?

–Diría que hasta acá todo bien. Más que bien. Mucho más que bien. Desearía que no se cayera porque ahora soy madre. En aquel momento la sensación era: si dejo este mundo no pasa nada. Ahora tengo el peso de… Ningún peso. La delicia de necesitar acompañarlas hasta donde pueda. La verdad es que estoy en un momento personal de mucho florecimiento en todos los aspectos. Tengo 50 años y no podría sentirme más plena.

El ejercicio de la tira diaria

–¿Qué te hizo volver a la tele con Guapas?

–Me habían propuesto participar de la tira desde el principio. Pero yo no me sentía capaz. No había participado nunca en una tira. Acababa de hacer El misterio de la felicidad, se estaba por estrenar y no me animaba a verme inmersa en una actividad tan demandante. Un unitario es más relajado. No porque grabes menos días a la semana, sino porque grabás menos escenas por día. Nunca me había pasado hacer 27 secuencias en la misma jornada. Fue un ejercicio genial. Me incorporé para los últimos tres meses de la tira y la pasé muy bien. Conozco a más de medio Pol-ka, me formé en televisión trabajando ahí y me siento muy cómoda. Interactuaba mayormente con Mercedes Moran que es amiga y trabajamos juntas en teatro durante muchos años. Para mí es Messi. Y con Alfredo Casero, a quien amo con todo mí ser y lo extraño. Fue una experiencia supercansadora, pero feliz. Era una ficción que repartía en dosis equivalentes comedia y drama. De repente tenía una escena donde hablaba de que mi padre me había violado y a los cinco minutos una escena disparatada en la que me afanaba algo de un supermercado y el dueño me corría.

El peso de una decisión

«Hace 14 años Daniel Burman me había llamado para participar de una película de la que no pude ser parte», recuerda Estévez, «finalmente, me quedé con un proyecto en el que lo pasé muy mal a nivel humano, gracias al cual comencé a pensar en dejar la profesión. En el período en el que me recluí reflexioné varias veces sobre qué habría pasado si hubiera tomado una decisión diferente: hacer la película y desechar el otro proyecto. Cuando me llamó Daniel para hacer El misterio de la felicidad le conté esa idea que había rondado mi cabeza durante años».

«Por suerte, hubo una segunda oportunidad para nosotros. Este proceso de rodaje resultó muy reparador. Tuvo dos condiciones básicas para mi felicidad: buena calidad humana y buena calidad artística. La producción me aisló de todo lo que me podía hacer mal –incluido hacer prensa– y me pude dedicar cien por ciento a lo artístico. Fue una experiencia muy rica. Ahora con Daniel somos muy amigos.»

¿Cuándo?

Funciones. Otro estilo de vida. Miér., jue., vie., sáb. (dos funciones) y dom. en el teatro Tabarís (Corrientes 831). Dirección: Lía Jelín.

Fuente: Tiempo Argentino

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