OPINIÓN
Ordenadores políticos para una transición
volanta
“Sólo quedó una vía para salvar nuestra libertad política, nuestra libertad personal, nuestra seguridad, nuestra forma de vida, desarrollada desde hacía muchos siglos, y que tenía como base un concepto cristiano y humano del mundo: una firme conexión con los pueblos y países que tengan las mismas opiniones que nosotros sobre estado, persona, libertad y propiedad”.
Konrad Adenauer- Padre de la República Federal Alemana.
“Evidentemente, existe una estrecha conexión entre el pluralismo y las instituciones económicas inclusivas”.
“Porque Fracasan los Países”. Acemoglu y Robinson.
En escritos anteriores analizaba, lo que desde mi particular y subjetiva percepción de la realidad política presente y su evolución en el corto plazo, consideraba, y considero, como ejes ordenadores políticos para una transición política, que de hecho se está dando en nuestro país. Tenemos una idea del punto de partida de este proceso, con las subjetividades del caso, y no podría asegurar cual es el punto final de tal transición. Si asumo que todos, independientemente de donde se sitúen en el espectro del pensamiento, pretenden un objetivo final de este periodo que sea positivo para el conjunto.
Por ello propongo pensar, estratégicamente, en ejes ordenadores que faciliten la aplicación del pensamiento y los recursos a aspectos concretos de la realidad, ya que para mover un peso de proporciones se necesita de una palanca que facilite la tarea. Ellos son:
– La política exterior como ordenador de la actividad política en general, incluyendo la interna. Resultaría muy difícil y engorroso tratar de ordenar el país a partir de la política interna, ya que esta se encuentra fragmentada en una multiplicidad de visiones diferentes, en ocasiones complementarias, pero en otras contrapuestas entre sí. La política exterior contiene objetivos propios de la sociedad en su conjunto , implica un ejercicio de identidad colectiva ante la comunidad internacional y sus logros son abarcativos, aunque ciertamente también sus fallos o fracasos.
– El trabajo, como ordenador de lo social. El trabajo decente dignifica a la persona humana, pero también es fuente genuina de movilidad social ascendente y de acumulación del ahorro interno, que permite el desarrollo pleno de la nación. En este sentido, las épocas críticas son enfrentadas mediante planes públicos de obras que promueven el acceso al trabajo a amplias franjas de la población, como una forma de construcción positiva, de posibilidades reales para superar condiciones desventajosas. Si reparamos en la historia, veremos que el New Deal de F, D Roosevelt fue básicamente eso, y que sus obras perduran en plenitud en nuestros días.
Por otra parte, siempre, el estado tiene la obligación principal de generar condiciones ventajosas para que el capital privado cree puestos de trabajo de manera masiva, basado en la innovación tecnológica, la creatividad, y la labor individual.
Trabajo público y privado no son antagónicos, sino todo lo contrario. Pero es deseable que sea el capital privado el que genere riquezas y el estado establezca los mejores mecanismos de redistribución de la riqueza creada con el esfuerzo común, fundamentalmente a través de la correcta gestión impositiva, la educación, la salud, la justicia y la seguridad.
– La gestión, como instrumento de transformación. En este sentido resultará imperioso reconstruir la calidad del empleo público como carrera de mérito, opuesto al abordaje indiscriminado de los puestos en el estado como forma de sostener aparatos clientelares muy onerosos, por cierto. Sin esta profesionalización acelerada de la burocracia le será muy difícil a cualquier administración transformar en acciones las decisiones políticas. Debe desterrarse el estado enorme e ineficiente, compuesto por una nueva clase de ineptocracia. En todo caso el mérito debe recobrar en Argentina el valor de aquello que nunca debió perderse, y que, sin embargo es cada vez más común. En ese sentido, la administración de lo público debe ser eficaz, eficiente y fundamentalmente ejemplar.
– La cultura, como lugar de participación y encuentro de una identidad amplia que nos identifique en nuestras diferencias y represente un valor agregado, multidimensional , multifacético y multiplicador, en la relación con el mundo.
Es de hacer notar que mucho del soft power de un país recae en el conocimiento, la cultura y las diferentes formas de interacción internacional no pública y normalmente no económica o productiva, en el sentido económico del término.
Tales ejes ordenadores constituyen instrumentos para la acción política inmediata. La que la necesidad impone, y que se estima pueden ser los más eficaces al efecto de generar en el menor tiempo posible las condiciones que permitan iniciar una nueva etapa signada por una nueva administración, cualquiera fuera su signo político.
El concentrar la atención, tiempo y recursos de todo tipo, contribuirá de manera eficaz al logro y consolidación de otros cuatro conceptos fundamentales que son causa de cualquier evolución positiva, Tales conceptos son condiciones necesarias para el desarrollo, pero también son efectos y consecuencia de su verificación:
– Equilibrio.
– Estabilidad.
– Sustentabilidad.
– Seguridad.
Es decir, un umbral cierto desde el que construir una nueva etapa que se supone determinante de cara al futuro. Pero a la vez, un objetivo de largo plazo a lograr. Un verdadero salto cualitativo que permita superar al país un derrotero de decadencia, auge, decadencia y nuevamente auge, que materializa etapas cíclicas que hemos travesado de manera azarosa, con gran trauma, desde hace décadas.
Resultaría difícil decir que el país no ha crecido. Igualmente no podrá invocarse que, en muchos aspectos se ha modernizado a nivel de los más desarrollados. Pero de ninguna manera puede afirmarse que tal crecimiento ha devenido en desarrollo, y menos que ha alcanzado a todos, o a la gran mayoría. No somos ciertamente un país nordico en este punto.
Subsisten bolsones de pobreza dura, la educación que debiera ser motor de la innovación y el progreso languidece, las economías regionales subsisten bajo el imperio de una centralización que tiene que ser revisada con criterios modernos y de desarrollo local. La discrecionalidad, se ha impuesto largamente al juego de las instituciones. El deseo de muy pocos parece estar por sobre la necesidad, la opinión o el consenso de muchos.
El sistema de check and balance que es característica esencial de los países desarrollados ha sido suplido, hace tiempo en Argentina, por la voluntad del líder providencial. Tal deformación tiene que ser corregido desde la dirigencia, a menos que admitamos estar conformes con una forma de liderazgo perimida.
El cuadro no es bueno en este sentido. Lo institucional sufrió y sufre embates cotidianos. Sin embargo aun persiste en millones la aspiración de la ciudadanía plena y la libertad que ello conlleva. La necesidad imperiosa de sentirse iguales ante la ley, acceder a condiciones que aseguren igualdad de oportunidades a todos; en fin, acceder a la posibilidad de construir su propio futuro. Que nadie, por iluminado que pueda sentirse lo construya por él.
Equilibrio, estabilidad, sustentabilidad y seguridad constituyen, en suma, un producto inherente a la salud institucional que debe fortalecerse.
Por ello, la apelación del titulo del escrito al termino transición.
La Argentina tiene, imperiosamente, desandar el rumbo de la decadencia, y hacerlo hacia formas evolucionadas de concepción del país. El antes mencionado desarrollo local, la interacción y complementación económica y productiva de regiones sub-nacionales, la descentralización administrativa necesaria para dotar de agilidad las acciones del desarrollo, entre otras.
A diferencia de otras naciones que debieron modificar sus instituciones para acceder al éxito, como ocurrió por caso en África o Asia, Argentina tiene instituciones que siguen siendo modernas, abiertas y favorecen la libertad del individuo como trampolín a su realización y contribución al desarrollo del conjunto. Pero los conceptos rectores, la visión de largo plazo y la administración correcta tienen que potenciar el valor de lo institucional.
Somos un pueblo que algún día merecerá un estudio especialmente concebido para desentrañar los motivos de su frustración cíclica.
Sin embargo, a priori se puede ensayar la idea que no es la falta de instituciones lo que nos ha volcado en una dirección que muchos en el mundo no logran comprender.
Los argentinos tenemos instituciones y nociones de institucionalidad democrática, por ello hay que darles contenido más sólido. Tan fuerte como para hacer frente a desafíos múltiples que el mundo global impone, como para aprovechar las oportunidades que este panorama ofrece.
Algunas señales con sustento de fácil compresión, como señal hacia la sociedad y el mundo podrían ser las que se detallan:
– El ejemplo personal desde la dirigencia.
– La severidad del correctivo para los responsables de delitos contra el patrimonio público.
– Poner a la ley por encima de las personas.
– Dotar los instrumentos que aseguren igualdad de oportunidades.
– Instalar el merito como valor.
– Ponderar la educación como promotora del progreso, la innovación y la producción.
– Establecer una clara diferenciación entre los que reciben premios y los acreedores a castigos.
– Restablecer la necesidad de la conciencia sobre los derechos inalienables y los deberes cuyo cumplimiento no es optativo.
– Trazar el horizonte en el largo plazo.
Gobernar bien requiere planes, procesos, mecanismos, en fin, instrumentos idóneos.
De allí que la transición sea la clave de la época que nos toca vivir y de los desafíos que tenemos que superar.
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