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CULTURA

UNIDAD DEL PERONISMO O COMPONENDA ELECTORAL

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La necesidad de recuperar la unidad de concepción, el proyecto político y la identidad emancipadora del Movimiento Nacional Justicialista
Ariel Rolfo ✍️

Es frecuente escuchar, especialmente cuando se aproximan los procesos electorales, reiteradas invocaciones a la necesidad de alcanzar la unidad del peronismo. Sin embargo, esa aspiración, aparentemente compartida por todos sus dirigentes y expresiones internas, suele convertirse en una formulación retórica que contrasta abiertamente con las prácticas políticas de quienes deberían hacerla realidad.

La experiencia demuestra que, en buena parte de la dirigencia y de los espacios políticos que integran el universo justicialista, continúan prevaleciendo los intereses particulares, las conveniencias sectoriales y las disputas por posiciones de poder sobre los objetivos superiores del conjunto. De esta manera, la unidad deja de ser una construcción política sustentada en convicciones compartidas para transformarse en una negociación circunstancial entre sectores que procuran preservar o ampliar sus respectivas cuotas de poder.

Pareciera que, finalmente, es el espanto y no el amor lo que consigue reunir a las distintas fracciones de un cuerpo político profundamente fragmentado. El temor a una derrota electoral, a la pérdida de posiciones institucionales o a la consolidación de un adversario común termina produciendo acuerdos que, bajo la denominación de unidad, no constituyen mucho más que componendas electorales destinadas a afrontar una contienda circunstancial.

Pero una alianza electoral, por necesaria que resulte frente a determinadas circunstancias, no equivale necesariamente a la unidad política de un movimiento histórico. Y mucho menos garantiza la existencia de un proyecto transformador capaz de interpretar las necesidades del pueblo argentino y orientar los destinos de la Nación.

La Unidad de Concepción como fundamento de la Unidad de Acción

Resulta imprescindible recuperar una de las enseñanzas fundamentales del general Juan Domingo Perón: la unidad de concepción es la condición indispensable para alcanzar la unidad de acción.

Esta formulación, de enorme profundidad doctrinaria y estratégica, no se refería simplemente a la conveniencia de reunir dirigentes, sumar estructuras electorales o acordar candidaturas para derrotar a un adversario. Expresaba una concepción mucho más profunda de la organización y la conducción política.

Perón comprendía que solamente una comunidad política organizada alrededor de principios, objetivos y una interpretación compartida de la realidad nacional podía desarrollar una acción coherente, sostenida y eficaz. La unidad de concepción suponía compartir una doctrina, un modelo de Nación y un proyecto de país; la unidad de acción constituía la consecuencia práctica de esa identidad política.

No se trataba únicamente de conquistar el gobierno, sino de alcanzar el poder político necesario para realizar un programa histórico de transformación nacional, defender los intereses populares y enfrentar a quienes sostenían un modelo de país contrario a los principios de la justicia social, la independencia económica y la soberanía política.

Aquella concepción correspondía a una época en la cual la política estaba protagonizada por dirigentes que, más allá de sus virtudes y contradicciones, pensaban en términos de grandes proyectos nacionales y disputaban el sentido histórico del desarrollo argentino.

Lamentablemente, buena parte de aquella estatura política y de ese compromiso doctrinario ha sido reemplazada por una concepción reduccionista de la actividad pública, donde muchas veces la disputa por los cargos prevalece sobre la confrontación de ideas y los proyectos colectivos.

La política, que debería constituir una herramienta superior de transformación de la sociedad, corre así el riesgo de degradarse hasta convertirse en un mecanismo de administración de intereses personales, sectoriales y corporativos.

Cuando la preservación de una estructura partidaria, el acceso a una función pública o la distribución de posiciones institucionales se convierten en los principales objetivos de la acción política, se produce una profunda inversión de valores: el proyecto deja de determinar la organización y la conducción, mientras que los intereses de quienes controlan las estructuras terminan condicionando el proyecto, cuando no sustituyéndolo por completo.

Del Movimiento Nacional a la Sociedad Electoral

El peronismo nació y se desarrolló como un Movimiento Nacional, una verdadera comunidad política organizada alrededor de una doctrina, una concepción del Estado, un modelo de desarrollo económico, una valoración de la de justicia social y un proyecto enmancipador de nación.

Su fortaleza histórica no residía exclusivamente en su capacidad electoral, sino en la existencia de una identidad política y cultural compartida, una organización territorial profundamente arraigada y una relación dinámica entre conducción, militancia, trabajadores y pueblo.

Con el transcurso del tiempo, sin embargo, esa naturaleza movimientista se ha ido debilitando. En amplios sectores, el Movimiento fue cediendo espacio a una lógica predominantemente partidaria y electoral, caracterizada por la fragmentación interna, la competencia permanente entre estructuras y la personalización de los liderazgos.

En esa transformación, el peronismo corre el riesgo de dejar de comportarse como una comunidad política organizada en función de objetivos nacionales para convertirse en una suerte de sociedad electoral integrada por dirigentes que administran sus respectivas parcelas de poder.

Esta situación produce una distorsión particularmente grave: se instala entre la militancia y los cuadros intermedios la idea de que la unidad del peronismo depende fundamentalmente del entendimiento entre los principales referentes de sus distintas corrientes internas.

De este modo, la preocupación central pasa a ser quiénes acuerdan, quiénes quedan incluidos en una alianza, cómo se distribuyen los espacios y, finalmente, quién será el candidato capaz de sintetizar esa negociación.

Sin embargo, pocas veces se plantea con la misma intensidad una cuestión mucho más importante: ¿unidad para qué, alrededor de qué proyecto de Nación y para ejecutar qué programa de gobierno?

Esa pregunta debería preceder necesariamente a cualquier discusión sobre nombres, candidaturas o acuerdos electorales.

Porque no alcanza con que diferentes dirigentes se autodenominen peronistas para presumir que comparten una misma concepción política, una idéntica interpretación de los intereses nacionales o un compromiso equivalente con las banderas históricas del justicialismo.

La pertenencia al peronismo no puede reducirse a una identificación nominal, a la utilización de sus símbolos o a la reivindicación circunstancial de su historia. Debe expresarse fundamentalmente en las propuestas, en los proyectos, en la conducta política y en las decisiones concretas frente a los problemas del país.

Primero el proyecto político, Después los candidatos

La verdadera unidad del peronismo debe construirse alrededor de un proyecto político explícito, sustentado en su doctrina, su experiencia histórica, sus realizaciones y, fundamentalmente, en la defensa de los intereses del pueblo y de la Nación Argentina.

Ese proyecto debe traducirse en una plataforma programática de gobierno, elaborada mediante la participación efectiva de las distintas expresiones del Movimiento, de sus cuadros políticos y técnicos, de sus organizaciones territoriales, sindicales y sociales, y de una militancia que debe recuperar su protagonismo en las decisiones fundamentales.

Una plataforma que no sea un simple documento destinado a cumplir formalidades electorales, sino un verdadero compromiso político que establezca prioridades, objetivos estratégicos, medidas concretas y criterios de gestión.

Solamente después de haber definido colectivamente qué país se pretende construir, qué intereses se propone representar y qué transformaciones se consideran indispensables, corresponde discutir quiénes reúnen las condiciones políticas, éticas e intelectuales para conducir ese proceso.
El candidato debe ser el representante y ejecutor de un proyecto elaborado por el Movimiento, y no el propietario de un poder discrecional obtenido en nombre del peronismo.

Esta distinción resulta fundamental porque el justicialismo no puede volver a extender cheques en blanco a dirigentes que, una vez alcanzadas las responsabilidades de gobierno, se consideren habilitados para adoptar decisiones contradictorias con los principios y compromisos que justificaron su representación política.

La legitimidad electoral, siendo imprescindible en democracia, no reemplaza la responsabilidad doctrinaria y programática. Gobernar en nombre del peronismo debería implicar un compromiso verificable con el proyecto político que le otorga identidad y razón de ser.

Por ello, la plataforma programática debe constituirse en un compromiso público y vinculante en términos políticos, acompañado por mecanismos democráticos de participación, seguimiento y rendición de cuentas ante la propia organización y la sociedad.

De lo contrario, la unidad construida alrededor de una candidatura puede convertirse en una adhesión personalista, carente de garantías respecto de la orientación futura del gobierno.

LOS RIESGOS DE UNA UNIDAD SIN IDENTIDAD POLÍTICA

La ausencia de una definición programática también presenta otro riesgo de enorme trascendencia: que las candidaturas surgidas de acuerdos entre dirigentes no expresen necesariamente los intereses nacionales y populares que históricamente constituyeron la razón de ser del peronismo.

El poder político no se disputa en un escenario neutral. En la vida nacional intervienen permanentemente importantes intereses económicos, financieros, mediáticos y geopolíticos que procuran influir sobre las decisiones del Estado, los procesos electorales y las orientaciones de los principales espacios partidarios.

Sería ingenuo suponer que esos factores de poder permanecen ajenos a las disputas internas del justicialismo, especialmente cuando se encuentra en juego la posibilidad de constituir una alternativa de gobierno capaz de modificar el rumbo económico, social y político del país.

En consecuencia, una candidatura seleccionada exclusivamente por su capacidad de reunir sectores, acumular apoyos o garantizar competitividad electoral no ofrece, por sí misma, ninguna certeza acerca de su compromiso con un proyecto nacional emancipador.

El peligro consiste en que, bajo una identidad formalmente peronista, pueda consolidarse una conducción dispuesta a preservar los fundamentos del modelo económico y político que declara combatir.

Estaríamos entonces ante una expresión de gatopardismo político: modificar los protagonistas, los discursos y las formas de gestión para mantener, en lo esencial, las mismas relaciones de poder y las estructuras de dependencia. No seria la primera que ocurriera en el peronismo, ya la gestión de Carlos Menem fue cooptada por el proyecto del hegemon imperial y fue el ejecutar de la Segunda Ola Neoliberal en la argentina.

En el contexto argentino actual, este riesgo adquiere una significación particular frente a las políticas impulsadas por el gobierno de Javier Milei, cuyo rumbo de ajuste, desregulación económica, reducción del papel del Estado y apertura de mercados es cuestionado desde la tradición nacional y popular por sus consecuencias sobre el desarrollo productivo, el trabajo y la distribución del ingreso.

La alternativa justicialista no puede limitarse a ofrecer una versión administrativamente diferente, políticamente más moderada o socialmente menos conflictiva de ese mismo rumbo estructural.
El desafío no consiste solamente en reemplazar a quienes gobiernan, sino en modificar profundamente las políticas, las relaciones de poder y el modelo de país que se considera responsable del deterioro económico y social de la Argentina.
Una unidad que no establezca previamente esa definición corre el riesgo de convertirse en un instrumento para la alternancia electoral sin transformación sustancial.

RECUPERAR LA NATURALEZA EMANCIPADORA DEL PERONISMO

Si el peronismo pretende evitar su asimilación definitiva a un sistema de partidos subordinado a los intereses del poder económico concentrado, necesita emprender una profunda reconstrucción de su identidad política inspirado en el peronismo fundacional, su organización y sus prácticas internas.

Esa reconstrucción requiere, en primer lugar, devolver a las bases militantes su condición de sujetos políticos activos y no de simples instrumentos de movilización electoral.

Un Movimiento Nacional no puede limitar su funcionamiento a la actividad de sus dirigentes, a las negociaciones entre agrupaciones o a la competencia periódica por cargos institucionales. Debe recuperar espacios permanentes de reflexión, formación doctrinaria, elaboración programática, organización territorial y participación democrática.

Pero la democratización interna, siendo indispensable, resultará insuficiente si no está acompañada por una recuperación de la identidad nacional, popular y emancipadora que históricamente distinguió al justicialismo.

En este sentido, corresponde revisar críticamente las consecuencias acumuladas de los distintos ciclos de políticas neoliberales que atravesaron la historia argentina y que, desde esta perspectiva, contribuyeron al debilitamiento de la industria nacional, la extranjerización de sectores estratégicos, la concentración económica, la precarización laboral y la ampliación de las desigualdades sociales.

La Argentina, que durante buena parte del siglo XX desarrolló una importante estructura industrial, capacidades científicas y tecnológicas y una extensa movilidad social ascendente, enfrenta hoy el desafío de recuperar esas potencialidades y reconstruir las condiciones de un desarrollo soberano.

Para ello no bastan las declaraciones doctrinarias ni las referencias nostálgicas a las realizaciones del pasado.
Se necesita un programa de gobierno que contemple la reindustrialización, la defensa y modernización del aparato productivo, la recuperación del salario y del poder adquisitivo popular, el fortalecimiento del trabajo argentino, la integración territorial, el desarrollo científico-tecnológico, la soberanía sobre los recursos estratégicos y la reconstrucción de un Estado capaz de orientar el desarrollo nacional.

Asimismo, resulta indispensable establecer una política exterior autónoma, compatible con una inserción inteligente en el mundo, pero subordinada a los intereses permanentes de la Nación y no a las prioridades geopolíticas de las grandes potencias.

El peronismo debe volver a ofrecer a la sociedad una perspectiva integral de país, donde el crecimiento económico, la justicia social, la soberanía politica y la participación popular constituyan dimensiones inseparables de un mismo proyecto histórico.

LIBERACIÓN O DEPENDENCIA: una definición que conserva vigencia

La histórica consigna «Liberación o Dependencia», que adquirió particular protagonismo durante la década de 1970, conserva una extraordinaria actualidad como expresión de una contradicción estructural que atraviesa la historia argentina.

Naturalmente, las condiciones internacionales, las estructuras económicas y las formas contemporáneas de subordinación han experimentado profundas transformaciones. Sin embargo, permanece vigente el interrogante fundamental acerca de quiénes determinan el destino nacional, en beneficio de qué intereses y con qué grado de autonomía política, económica y cultural.

La dependencia ya no se expresa únicamente mediante los mecanismos tradicionales de subordinación comercial o financiera. También puede manifestarse en la concentración del conocimiento tecnológico, el control de las cadenas globales de valor, el endeudamiento externo, la dependencia energética, la extranjerización de recursos y la subordinación de las decisiones estratégicas a centros de poder externos.

Frente a este escenario,el peronismo debe definir si pretende recuperar su condición de Movimiento Nacional de Liberación o si acepta transformarse definitivamente en una expresión partidaria integrada al funcionamiento convencional de un sistema político que administra la dependencia sin cuestionar sus fundamentos.

Esa es, en definitiva, la discusión de fondo que debería atravesar cualquier debate serio sobre la unidad.
Porque la verdadera unidad no puede descansar exclusivamente en el propósito de ganar una elección, ni en la necesidad circunstancial de enfrentar a un adversario, ni mucho menos en el reparto negociado de posiciones de poder.
Debe ser la consecuencia de una identidad doctrinaria compartida, una concepción política común, una organización democrática y un compromiso programático destinado a transformar la realidad nacional.
La unidad electoral puede ser una necesidad táctica; la unidad de concepción y de proyecto constituye una necesidad estratégica. Confundir ambas dimensiones significa reducir un Movimiento histórico de transformación nacional a una simple maquinaria de competencia electoral.

El desafío del justicialismo no es solamente volver a ganar elecciones, sino recuperar la capacidad de representar una esperanza colectiva de transformación, construir un horizonte de futuro y ofrecer al pueblo argentino un proyecto nacional que merezca ser defendido.

Para ello, resulta indispensable invertir el orden de prioridades que actualmente caracteriza a buena parte de su práctica política: primero la doctrina y la interpretación de la realidad nacional; después el proyecto de país y la plataforma programática; posteriormente la organización y la conducción capaces de llevarlos adelante y, finalmente, las candidaturas que expresen ese compromiso colectivo.

Porque sin proyecto político no existe verdadera unidad de concepción; sin unidad de concepción no puede sostenerse una auténtica unidad de acción; y sin ambas, el peronismo corre el riesgo de conservar su nombre y sus símbolos mientras pierde aquello que históricamente le dio sentido: *su condición de Movimiento Nacional comprometido con la liberación de la Patria y la felicidad del Pueblo.

En definitiva, el interrogante que el peronismo debe responder no es simplemente quién será su próximo candidato, sino una cuestión mucho más profunda y trascendente:
¿Queremos reconstruir un Movimiento Nacional capaz de transformar la Argentina o conformarnos con una sociedad electoral que solamente aspire a administrar el país que otros han diseñado?

De esa respuesta dependerá no solamente el futuro político del justicialismo, sino también su capacidad para volver a constituirse en protagonista de un verdadero proyecto de emancipación nacional.

Ariel Rolfo

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