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ECONOMÍA

LA PAJA EN EL OJO AJENO

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(*) Jorge Carman
Sin lugar a dudas los argentinos en masa somos visibles, estridentes, decididamente carentes de solemnidad. El Mundial de fútbol, particularmente, lo dejó en evidencia.
Hacemos del “aguante” una religión rumorosa, quizás por haber vivido desde hace décadas en una economía fluctuante ajena a la lógica del equilibrio social que nos lleva a acostumbrarnos permanentemente los más insólitos cambios de rumbo.
Pero llamarnos racistas a nosotros, particularmente por parte de los españoles, es verdaderamente un despropósito que, más allá del armado de la campaña anti argentina y del estímulo emocional que dominó a buena parte de los españoles, les amerita una reprobación en Historia.
En la Argentina vivimos los trasplantados de Babel en armonía desde antes que nos configuramos como nación en 1810, se declaró la libertad de vientres en 1813 y cuarenta años más tarde nos dimos una Constitución, aún vigente, que convocó a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que quisieran vivir en paz en este suelo.
Para asegurar una unidad conceptual básica, en 1884 se sacó una Ley (la 1420), que establecía la educación pública, gratuita, libre y obligatoria para ambos sexos entre 6 y 14 años que en 30 años logró la alfabetización de más del setenta por ciento de una población donde los hijos de los inmigrantes se constituyeron en los maestros caseros de sus padres.
Pero bueno, no tenemos negros en la selección de fútbol, pero eso no es racismo, es que no hay ninguno que juegue tan bien para integrar nuestro seleccionado, porque si lo hubiera lo estaría integrando con absoluta seguridad y se lo aclamaría con un “Negro corazón!”; además, no hemos andado tan interesados en África como hizo Francia -que luego siguió de largo a Indochina y dejó el regalo de Vietnam para que prueben tiro los norteamericanos- y que naturalmente cuenta con los hijos y los nietos de los damnificados. Hace muy poco el presidente Macron fue a Ruanda a pedir “perdón” por la tragedia que dejó 500 mil muertos por el conflicto entre tustsis y hutus, dirimido con armas francesas y belgas
A propósito de los plácidos belgas que arrasaron con la población negra del Congo, episodio aberrante tan bien descripto por Joseph Conrad en “El corazón de las tinieblas” y en los lacerantes informes de Roger Casament acerca del Rey Leopoldo y la brutalidad del memorable saqueo esclavista.
Y mientras esto sucedía, Inglaterra, algo indignada con eso de la esclavitud, seguía con su tarea de coleccionar países aplicando la “Rule Britania”, con su habitual perspicacia de encontrarle el pelo al huevo y disfrazar al racismo con el vasallaje.
De ahí vinieron a América los firmes creyentes en que el lucro no es pecado y que los negros eran absolutamente necesarios para el trabajo esclavo en las plantaciones, hasta que vieron que el negocio del acero redituaba más y con una guerra laudaron quien se quedaba con ese “capital humano”, aunque hasta 100 años después de la guerra de Secesión, en el Sur derrotado, no podrían compartir el autobús con los blancos. Visceral la cuestión.
Ni hablar de los portugueses que a la par de dar con una tardía gramática propia con la exquisitez del poeta Luis de Camoes, ya estaban llevándose negros esclavos por todo el mundo y con un buen comprador en España que los necesitaba en la América conquistada luego del consejo del fraile Bartolomé de las Casas quien le sugirió inocentemente al Emperador Carlos I, sobre la docilidad de los morenos frente a la ingobernabilidad de los indígenas.
Y así sucesivamente con los actuales italianos del Norte despreciando a los “terrone” del sur de su país y el recuerdo de su destemplada visita a Abisinia; las limpiezas étnicas serbias, los pogromos rusos, la Alemania nazi con los judíos y los gitanos y la deplorable matanza de Gaza, dejan algunos de los testimonios del racismo europeo, israelí y norteamericano.
Para cierre, cabe recordar que el término “sudaca” o “sudaka”es de origen español y es bien peyorativo, como lo es que les sigan llamando “moros” al que no perciben como un legítimo celtíbero.
Todo esto es racismo puro, duro y verdadero y, aun sabiendo que se trata de una aberración humana que excede al viejo y sabio continente, es atendible que se busquen otra palabra para definir las características ontológicas de nuestro país, que si hay algo que tiene de bueno es el de ser abierto, cordial y solidario con toda clase de personas y en el que, en cierto modo, es hacia adentro donde tenemos que corregir prejuicios con nuestra propia gente con el despectivo apelativo de “negros”, “planeros”, “cabecita negras”, que son quienes pagan el pato flaco de la boda de los pobres por el desorden económico de los gobiernos y las consecuencias de los resabios portuarios que naturalmente quedan en un país tan joven y de tan gravitante origen europeo.
(*) Editor literario.
Presidente de la Asociación de Amigos del Museo Histórico Nacional
Ex residente en Europa

 

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