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ENTREVISTAS

“La única manera de ser cineasta es tener el botón de salida cerca”

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Daniel Burman vuelve a las fuentes, a su esencia y a su barrio de la infancia para contar la relación de un hijo que busca reencontrarse con su padre.

Se extrañaba mucho el Daniel Burman de los inicios, de temáticas pequeñas ubicadas en el barrio del Once, con sus fantásticos personajes de la colectividad judía. Cómo no recordar sus dos mejores films, “El abrazo partido” y “Derecho de familia”. Luego el ingenioso realizador rumbeó hacia otros destinos, con elencos llenos de figuras como sucedió en “Dos hermanos”, “El nido vacío” y “El misterio de la felicidad”, pero con contenidos y resultados dispares.

Sin embargo Burman, entre decaído y falto de motivación, se iluminó y supo leer que su futuro estaba minado si no pegaba un volantazo. Y tuvo la humildad y la lucidez para barajar y dar de nuevo. Hoy se estrena “El Rey del Once”, que es la historia de Ariel (Alan Sabbagh, actor cuyo fuerte es la naturalidad), un hijo distanciado de Usher -así llama a su padre-, y que vuelve al barrio para reencontrarse con la tradición que, justamente, ocasionó el distanciamiento. La trama maneja una paradoja: Usher ayuda a todo el mundo, pero es incapaz de hacerlo con su hijo.

La Razón pudo conversar con Burman, quien se brindó gentil para exteriorizar -y aclarar- las sensaciones sobre un film que mañana se presentará en la Berlinale. “No sé si estaba decaído o desganado. En realidad, no tiene que ver con una cuestión anímica, sino con un cambio de vínculo o relación con mi profesión y con lo que más me gusta hacer, que es cine. En ese sentido, había perdido la relación inmediata con el instrumento que me sirve para contar, para relatar. Empezaron a aparecer muchas cosas en el medio, entre las cámaras y los actores, y de poco fui perdiendo esa relación inmediata, y ese vínculo se fue alejando”.

Hasta que te viste en una encrucijada, tenías que decidir…
_Claro, llegó un momento en el cual o dejaba de hacer cine o empezaba a hacer películas de vuelta. Y opté por lo segundo y volver al origen en su sentido más amplio. Una historia que se pueda filmar con las manos y con los pies, en el barrio de mi infancia fue una buena manera de reiniciarme.

Pero, ¿qué era lo que sentías?
_Viste cuando una computadora se pone lenta y uno tiene que reiniciarla o tirarla, bueno en mi caso la reinicié y estoy muy feliz de haber dado ese paso.

¿Se te pasó por la cabeza abandonar la carrera de cineasta?
_Creo que la única manera de ser un cineasta es teniendo permanentemente el botón de salida a mano. Para mí es impensable una vida en la cual estoy destinado a hacer películas todo el tiempo. Con lo cual, sí, la idea de dejar en algún momento esto y hacer otra cosa es una idea latente. Es lo que me permite seguir haciendo películas.

¿Cómo te dejó, en líneas generales, “El Rey del Once”?
_Exultante y agotado, en el mejor de los sentidos. Metí todo lo que quería decir acerca de ese mundo y de ese universo. Igual, no volvería a hacer una película en Once por muchos años pero terminé tremendamente feliz con la experiencia.

¿Qué expectativas tenés?
_Es una sensación muy extraña porque no tengo expectativas. Yo ya estoy satisfecho con que la película exista en este mundo.

¿Qué te sedujo para elegir a Alan Sabbagh como protagonista?
_Lo conocí viendo “Masterplan” que es una película que me pareció extraordinaria y me dije: “Quiero trabajar con este tipo inmediatamente”. Había algo en su interpretación, en su feliz liviandad, cierta grieta que tiene en la mirada, en lo gestual, que permitía ver la profundidad de su conflicto. Tiene una interesante dialéctica entre lo liviano y lo denso. Eso me gustaba mucho, sumado un physique du role que me encanta.

Bienvenido “El Rey del Once” a la cartelera, una película de detalles, de pinceladas y de momentos, que provoca cariño por un director que no tuvo pruritos en volver a las fuentes y a la (no) relación padre-hijo, y por un elenco entusiasta: se luce Julieta Zylberberg, en la piel de una ortodoxa que no quiere hablar, además de una singular fauna, propia de la colectividad.

Periodista: Javier Firpo
Fuente: La Razón

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