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ENTREVISTAS

“A nadie le gusta la verdad: somos todos impostores”

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Javier Cercas vino al país para presentar su último libro, “El impostor”, donde cuenta la historia de Enric Marco, el hombre que se hizo pasar por un sobreviviente de la Guerra Civil Española y del nazismo.

Sentado en un sillón del hall de un hotel céntrico, el escritor español Javier Cercas (52) toma agua con gas. Es su último día en el país y está rodeado de bolsas de distintas librerías: “Tengo que venir acá para encontrar libros de autores de acá, qué absurdo”. Sobre la mesa tiene un sólo título, un regalo: “Tiempo pasado” de la ensayista Beatriz Sarlo. Está contento de haber descubierto que, al menos en lo que indica la reseña, aparecen las expresiones “memoria colectiva” e “industria de la memoria”, dos de las ideas que él mismo desarrolló en su última creación, “El impostor”, el libro que lo trajo al país, el que lo tuvo el viernes pasado a sala repleta en la Feria del Libro, el que no quería escribir -“Yo no quería escribir este libro”, es su primera frase-, el que finalmente escribió, el que cuenta la historia de Enric Marco, el español que por años se hizo pasar, primero, por un sobreviviente de la Guerra Civil Española y, luego, por uno de los campos de concentración nazis, entre otros engaños de este “Maradona de la impostura”, como lo definió Cercas, de este “Don Quijote” de la vida real. Hasta que lo descubrieron.

En el libro, compara a Marco con Don Quijote. Sin embargo, Don Quijote es el personaje más entrañable de la literatura y Marco es, como mínimo, polémico.
_A Marco lo comparo con Alonso Quijano, con el hombre que se inventa Don Quijote. Alonso Quijano es un señor que hasta los 50 años vive en un pueblo, soñando con héroes y leyendo libros hasta que dice basta y quiere vivir todo lo que soñaba. Marco es igual, es un tipo que lleva una vida terrible, su madre está loca, nace en un manicomio, pasa una infancia sin amor, es mecánico y a los 50, igual que Don Quijote, cuando el país se está reinventando, se reinventa.

Pero al Quijote lo amamos y a Marco lo castigamos con todo.
_Sí, nos parece horrible. Como Don Quijote, Marco se inventa una vida, cambia de nombre, de ciudad, de trabajo, de mujer, es héroe de guerra, de los campos de concentración. Como dice mi hijo: “Es mucho mejor que Don Quijote”. Porque Don Quijote no engaña a nadie y éste, a todos.

¿Cómo tomó su libro Marco?
_No muy bien. Tuve mucha relación con él. Antes de que el libro se publicase, quise que lo leyese, porque así habíamos quedado. El libro no le gustó, porque si le hubiese gustado, a mí no me habría gustado. Él esperaba una justificación. Pero lo entendió.

Usted hace esa distinción: que entenderlo no es justificarlo.
_Entender es lo contrario de justificar. Necesitamos entender el mal antes que el bien. Cuando aparece el mal, la reacción cobarde es decir “es una excepción”. Pero sólo entendiendo el mal puedes combatirlo. Cuando estalla el caso de Marco, la reacción de la sociedad española fue “no tenemos nada que ver”. Pero bien que todos le creísteis.

¿Cómo fue posible?
_Contaba lo que la gente quería escuchar. Una versión edulcorada, digerible, sentimental, épica, heroica, en donde había unos malos muy malos y unos buenos muy buenos. Una versión sin sombras, una historia kitsch.

El libro tiene biografía, autobiografía, crónica, novela de no ficción, ¿forzó algunos límites?
_Totalmente. Yo concibo la novela como un género de géneros, como un género omnívoro, que devora todo. En este caso, es no ficción. Es verdad que en teoría una novela tiene que tener ficción, pero yo me lo salto porque me da la gana. Porque la novela es el género más libre que existe. Porque para entender a Marco necesitas todo, es una especie de aleph, ahí está el bien, el mal, la mentira, la verdad, la historia, todo. Entonces recurro a la filosofía, al ensayo, a la historia, a la crónica, para entender a este tipo incomprensible, que paradójicamente nos ilumina, porque lo esencial de Marco es que en este monstruo estamos todos.

¿Todos somos impostores?
_Claro, pero no llegamos a esos extremos. La literatura es una hipérbole monstruosa del ser humano. “Macbeth” es una hipérbole de la ambición; “Hamlet”, de la autoconciencia; “Romeo y Julieta”, del amor romántico. Marco lo es de la impostura.

¿Por qué una persona se inventa una vida de héroe?
_Para que le acepten y lo quieran. Algo que todos queremos, sólo que él fue capaz de violar todas las normas y los demás las respetamos o fingimos que las respetamos. Todos nos maquillamos un poquito delante del espejo porque la verdad no nos gusta. Todos somos novelistas de nosotros mismos. Por eso escribimos, para vivir todo lo que en la realidad no podemos vivir.

También hace una distinción entre la memoria y la historia.
_Todos creemos que sólo nuestro país tuvo pasados traumáticos. Y para todos fue igual. No existe el pasado paradisíaco. Hasta hace unas décadas la memoria no existía y ahora se ha hipertrofiado y ha tocado espacios que no le corresponden. La expresión “memoria histórica” es contradictoria. La memoria es individual, subjetiva, rebelde, insumisa, necesariamente parcial; mientras que la historia es colectiva y aspira a ser completa y objetiva. La historia y la memoria se necesitan mutuamente, pero no deben ocupar el lugar de la otra. Y menos si significa memoria de las víctimas. En España, se planteó mal, fue algo partidista: la izquierda lo quería, la derecha no. Pero es una cuestión de Estado. Y Marco hizo una industria de la memoria.

Periodista: Paula Conde.
Diario La Razón

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