OPINIÓN
Razones por las cuales el progresismo y la centroizquierda deberían votar a Scioli, Por Francisco Fuster
volanta
Mucho se ha escrito acerca del próximo acto eleccionario a celebrarse el 22 de noviembre, especialmente procurando responder al interrogante de qué es lo que elegiremos ese día.
Ante el cúmulo de información y opiniones diversas resulta sumamente difícil sintetizar una posición que permita discernir lo principal de lo accesorio en la discusión.
Lamentablemente, en el debate político se abusa de las simplificaciones al considerar –implícitamente- que éstas son el medio más idóneo para transmitir una idea. Pasa con cuestiones como la seguridad ciudadana, la economía nacional y doméstica, etc.
Resulta evidente que no existen respuestas simples ni remedios mágicos para tratar temas complejos. En consecuencia, es un desafío intentar entender y explicar la trascendencia de la próxima elección presidencial.
Estas observaciones sirven como introducción para plantear las razones que justifican históricamente por qué el denominado campo nacional y popular, progresismo o centroizquierda que no votaron por Daniel Scioli en la primera vuelta, deberían hacerlo ahora.
En primer término corresponde analizar la feroz ofensiva mediática de la que es objeto el gobernador de la provincia de Buenos Aires y su campaña electoral. Como ejemplo vale la tergiversación que se realiza al calificar como “campaña sucia” al intento de debatir las propuestas de los dos candidatos y, muy especialmente, las posiciones históricamente sostenidas por Macri en temas tan variados como la política de derechos humanos (a la que calificó como “curro”) hasta el rol del Estado, donde produjo un cambio en su discurso tan drástico como increíble.
Porque creo que de eso se trata, de la credibilidad, de la confianza que los argentinos debemos depositar en nuestro próximo presidente.
Hace ya varios años que se habla de la crisis de los partidos políticos y en particular de los modelos bipartidistas.
Si bien el tema excede el objeto de estas líneas entiendo que en un modelo presidencialista con sistema electoral de doble vuelta, como el nuestro, es muy difícil que puedan desarrollarse y, menos aún, consolidarse terceras fuerzas.
En cambio creo observar la construcción de una bipolaridad en las preferencias electorales. Sin perjuicio de lo gastadas que están las expresiones podría hablarse de una vertiente liberal conservadora (que en nuestro país no es una contradicción en los términos) y una progresista.
Una rápida mirada a la realidad de nuestra América Latina nos ofrece un panorama similar (Brasil, Ecuador, Bolivia).
Dicho esto resulta entendible que la propuesta electoral de Cambiemos haya logrado el apoyo del sector social que posee más poder adquisitivo y de ciertos sectores de la clase media –pese a haberse visto beneficiados por muchas de las políticas de este gobierno- cuya volatilidad al momento de votar viene repitiéndose.
Frente al resultado del pasado 25 de octubre surge el interrogante acerca de si -en el marco del actual debate de cara a la segunda vuelta- esta bipolaridad se puede discutir con claridad o quedará difuminada en el consignismo facilista.
Es evidente que a una propuesta del tipo de “Se viene la revolución de la felicidad” es muy difícil oponerle un análisis como el precedente y no porque uno tema hablar de revolución o no quiera ser feliz.
La cuestión es que deberíamos precisar, al menos, en la felicidad de quiénes estamos pensando y cómo y de qué manera desarrollaremos políticas de gobierno para hacerlas realidad.
Se ha dicho que uno de los rasgos más característicos de la posmodernidad es la ilusión de que es posible obtener lo que se quiere sin sufrimiento (Zizek, “El acoso de las fantasías”, Editorial Akal). Esta idea se explica con ejemplos tales como la cerveza sin alcohol, la Coca-Cola sin azúcar y el café descafeinado.
En otras palabras que las acciones de gobierno, en la mayoría de los casos, benefician a unos sectores más que a otros y esto se traduce claramente en la puja por el poder inherente a la actividad política.
No está bien ni mal, es la consecuencia natural de la existencia de diferentes situaciones socioeconómicas, privilegios sectoriales, situaciones geográficas, etc.
Es decir que decisiones relacionadas a cuestiones como el tipo de cambio, las retenciones, paritarias, movilidad en las jubilaciones, asignaciones universales, etc. (en definitiva el rol del Estado) no son ni pueden ser presentadas honestamente como neutras.
La postura de Macri con respecto a estas cuestiones, además de volátil y contradictoria, puede inscribirse en la de quienes sostienen que la ideología de la posmodernidad es la no-ideología
Lo dicho resulta de aplicación al actual debate, o a la ausencia de tal, porque el candidato de la oposición afirma que piensa mantener los logros de este gobierno pero no enuncia cómo, y paralelamente, sus principales voceros dejan trascender iniciativas que están en las antípodas del actual modelo. Es decir que prometen mantener la Asignación Universal sin aumentar los impuestos, establecer el 82 por ciento móvil bajando las retenciones y el impuesto a las Ganancias, atacar la inflación sin efectuar ajustes como los que ya conocemos y así de seguido.
Por su lado Scioli sostiene claramente cuáles serán los ejes de su gestión y, al manifestarse como continuador de las actuales políticas públicas, fija posición en esos temas centrales.
En función de este panorama entiendo que resulta de utilidad recordar, aunque sea someramente, la gestión de gobierno y los logros de los últimos años, que pueden resumirse en la recuperación social, económica, cultural, democrática, de igualdad de gran parte de quienes habitan en nuestra patria.
La recuperación de un Estado gestionando a favor de los intereses populares, la reivindicación de la política como instrumento de cambio otorgándole autonomía frente a las presiones y los intereses corporativos, la construcción de un modelo de acumulación y distribución de la riqueza diferente al que se había impuesto por décadas en el país, la reconstrucción de la autoridad presidencial, la consolidación de la integración regional (el rechazo al ALCA en Mar del Plata, UNASUR, fortalecer el MERCOSUR, y la CELAC y los futuros proyectos como el BANCO SUR) la derogación de leyes de impunidad, la reactivación de causas por violaciones a las derechos humanos y las condenas efectivas.
Además, se logró la salida del default y el canje de la deuda externa con la mayor quita en la historia mundial y la construcción de una economía orientada a la producción, el empleo y el mercado interno.
También es importante recordar que una década atrás sólo el 66% de las personas en edad de jubilarse accedían a los beneficios previsionales y hoy esa cifra es del 93, 7%, como consecuencia de la reestatización de las AFJP. Es decir que hoy hay más de 2,5 millones de nuevos jubilados. Esto pone a la Argentina como el país con la cobertura a la tercera edad más importante de América Latina.
Por su parte se implementó la Asignación Universal por Hijo que beneficia a 1,9 millones de familias o 3,7 millones de chicos, lo que representa un plan de protección a la niñez sin antecedentes en la historia argentina.
La política de inversión histórica en áreas como salud y educación y la presencia en todo el país de la obra pública, como no se había hecho en muchos años.
La sanción de la Ley de Medios.
La ley de matrimonio igualitario.
El Estado volvió a gestionar YPF, Aerolíneas Argentinas, AYSA y Correo Argentino.
En definitiva la gestión de un gobierno que ha hecho de la consolidación y ampliación de derechos una verdadera política de estado.
Para traducirlo en el lenguaje de los números el cuadro siguiente grafica claramente lo manifestado.
El análisis efectuado procura aportar datos para un debate que contemple la realidad de las dos posiciones políticas que confrontarán el próximo 22 de noviembre, porque es importante dar la discusión y no caer en la trampa a la que nos lleva un planteo que, además de lo ya dicho, opone instituciones de la República contra autoritarismo, imparcialidad de la judicatura contra sometimiento de las Instituciones y cuestiones por el estilo.
No sólo porque quienes lo formulan carecen de las credenciales que los legitimen para asumir dichas posiciones sino, fundamentalmente, por que no se corresponden con la realidad y significan un intento de presentar el todo por la parte.
Por las razones expuestas es que aquellos que, al votar en la primera vuelta, entendieron que a las políticas oficiales les faltó profundizar en algunas de las respuestas intentadas a los problemas económicos, sociales, culturales, etc. deberían reflexionar a partir de cuál de los dos proyectos de país que se perfilan es, no sólo posible sino también viable, dicha profundización.
Nuestra historia reciente debería enseñárnoslo.
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