INTERNACIONALES
Afirman que Brasil amenaza la integración regional
volanta
La devaluación del real y el recorte de gastos del gobierno brasilero configuran un cuadro recesivo que afecta a toda la región. Uruguay aprovechó para insistir en la «apertura» del Mercosur. Tabaré Vázquez reclamó derogar el artículo que exige que todos los países del bloque avalen cada acuerdo de libre comercio.
Parece inverosímil que hayan pasado apenas unos pocos meses desde la asunción de Dilma Rousseff de su segundo mandato como presidenta del Brasil habiendo sido electa con casi el 55% de los votos en el balotaje de octubre de 2014. Es que, desde ese momento a esta parte, Brasil ha ingresado en un espiral de ajuste y descontento social que ha llevado desde un 27% a un 64% la imagen negativa del gobierno en apenas tres meses.
Una vez reasumida en su cargo, Dilma Rousseff designó un Gabinete que dejó un sabor amargo entre los sectores de izquierda del propio PT y entre aquellos vinculados a las organizaciones del movimiento obrero.
Las designaciones de Joaquim Levy como Ministro de Hacienda y Nelson Barbosa en Planificación fueron interpretadas como un guiño al establishment brasileño y una señal de que los nubarrones de la crisis internacional serían enfrentados con un recetario económico de características ortodoxas.
Así, con el propósito de cumplir con las metas de superávit fiscal del 1,2% del PBI, el gabinete brasileño tomo la decisión de llevar al congreso un plan de recorte de gastos por 70 mil millones de reales que equivalen a poco más de 23 mil millones de dólares a los que se le agregará un fuerte incremento de impuestos.
Estas medidas de ajuste son el corolario, además, de la fuerte devaluación del real que, ubicado en alrededor de 2,65 por dólar en el mes de enero (hace un año se ubicaba en 2,21), llegó a mediados de marzo hasta los 3,28 reales por dólar para luego descender a los actuales 3,089 reales. Una fuerte devaluación que, como todas, no sólo implica una sensible desvalorización de los salarios y por lo tanto de la capacidad de consumo del mercado interno, sino también un desequilibrio de precios relativos entre los países de la región que afecta sensiblemente los flujos comerciales que, a su turno, se transforman en tensiones políticas entre gobiernos. La vía de la devaluación y el ajuste por la que ha optado el gobierno de Dilma Roussef, entonces, no sólo plantea un choque interno entre sectores de clase con consecuencias sobre otras variables de la economía interna como el empleo y la inflación sino que también podría agravar las relaciones entre los miembros del Mercosur y representa una piedra en el zapato para la profundización de los procesos de integración a través de los cuales se aspiraba atravesar la crisis internacional, caracterizada por una desaceleración de la economía China y un estancamiento de la UE, recostándose en el consumo interno regional.
La devaluación del real es la expresión de la fuerte exposición al flujo y fuga de capitales que sufre Brasil a partir del esquema de tasas de interés altas que ha sostenido su Banco Central como vía para, a través del proceso conocido como carry trade, obtener un masivo ingreso de divisas. La certeza que existe en el mercado financiero internacional acerca de que, luego de haber puesto fin al plan de estímulos, la Reserva Federal norteamericana, más temprano que tarde, incrementará las tasas, ya ha empezado a promover un proceso de fly to quality que ha revertido el flujo de capitales en Brasil desvalorizando fuertemente el real. El Banco Central brasileño, con el propósito de revertir ese proceso, ha insistido en una suba de la tasa Selic que hoy se ubica en 13,25% y que, según estiman las entidades privadas, se elevará nuevamente en 25 puntos básicos hasta llegar a los 13,5 por ciento. Una política de esta naturaleza agudizará el cuadro recesivo ya existente en el país que, combinado con un creciente espiral inflacionario, significará un duro golpe al mercado interno.
Según datos del Banco Central, durante el primer trimestre de 2015 se registró una caída de la economía de un 0,81% con relación al trimestre anterior que, a su vez, ya había retrocedido un 0,2 por ciento. Con estos datos, las proyecciones oficiales indican que, durante 2015, se registrará un caída de la economía de un 1,2% que sería la peor performance económica del gigante regional en los últimos 25 años (en 1990 cayó un 4,35%). El IBGE brasileño anunció hace pocas semanas que, durante el primer trimestre, el desempleo del país había llegado hasta un 7,9% consagrando que 7,93 millones de personas se encuentran sin trabajo, un incremento del 23% en términos absolutos con relación al trimestre anterior y el pico máximo en los últimos 4 años. Un sector tan sensible como el automotriz ya está aplicando suspensiones masivas y se estima que en apenas un año redujo su plantilla en 14.600 puestos que representan algo más del 10% de los existentes en 2014. El impacto de este cóctel no demoró en manifestarse en los indicadores de consumo interno. Las ventas minoristas cayeron un 0,9% en marzo respecto de febrero y acumularon dos meses seguidos de fuertes descensos que ya habían bajado el 3,1% en febrero.
Pero, además, la inflación promete erosionar aún más los salarios en la medida en que ya se han elevado los pronósticos para este año hasta un 8,31 por ciento. De confirmarse será la mayor en los últimos 12 años y se aproximará al 9,3 % registrado en 2003. Esta previsión supera por casi cuatro puntos porcentuales el techo máximo admitido por el gobierno, que fijó una meta de inflación en el país del 4,5% anual.
La política del gobierno brasileño, entonces, no se orienta a superar la crisis de la mano de su propio mercado interno ni de reforzar las políticas tendientes a profundizar el proceso de integración.
Durante la reciente reunión que mantuvo en Brasilia con su par uruguayo Tabaré Vázquez, según ha trascendido, el gobierno brasilero habría manifestado, luego de años de mantener una postura común con la Argentina, su disposición a evaluar el reclamo de Uruguay de revisar la denominada «Decisión 32/2000» que obliga a todos los miembros del Mercosur a necogociar en conjunto cualquier Tratado de Libre Comercio. El giro de Brasil se daría en momentos en que está en debate el TLC entre el Mercosur y la UE para el cual ya se ha descartado la vía de establecer acuerdos bilaterales o de negociar a «distintas velocidades» pero también mientras se desarrolla una intensa gira comercial y de inversiones del gobierno Chino. Brasil acaba de firmar en forma bilateral acuerdos de inversión, convenios de negocios y cooperación por una suma total de 53 mil millones de dólares.
El propio ministro brasileño de Desarrollo, Industria y Comercio Exterior de Brasil, Armando Monteiro declaró que «el Mercosur es un casamiento indisoluble, pero eso no significa que no se pueda discutir la relación». Tabaré Vázquez ya había sido criticado duramente cuando, en 2006, días antes de los actos de defunción del ALCA en Mar del Plata, había intentado firmar tratados bilaterales con los Estados Unidos por fuera del Mercosur. Una política tendiente al «sálvese quién pueda» en el marco de la crisis internacional podría agravarse si se desarrollan, a nivel continental, recambios de gobiernos o giros de características neoliberales en los países del cono sur.
Ya en la Argentina, el referente económico de Mauricio Macri, Rogelio Frigerio, había planteado la necesidad «repensar el papel del Mercosur y empezar a mirar más hacia el Pacífico», en alusión a la denominada Alianza del Pacífico que se orienta a un nuevo alineamiento de América del Sur con los Estados Unidos.
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