OPINIÓN
Pasado y futuros posibles, por Rodolfo Mariani
volanta
1993 fue un año emblemático en la Argentina. La hegemonía del capital financiero, desde los inicios de la década, empezaba a mostrar sus brutales efectos directos: cierre de fábricas, desocupación creciente, flexibilización laboral. Eso redundó en el autoempleo en actividades de subsistencia, el crecimiento de las periferias urbanas, la pauperización de la población trabajadora y el aumento de todo tipo de inequidades.
Al proceso de larga data de descapitalización y caída de productividad de la economía agropecuaria se le agrega un proceso de desindustrialización generalizado, concentración y extranjerización de la economía y un Estado que se alinea con los intereses económicos dominantes e interviene a su favor desregulando, privatizando, desmontando todos los sistemas de protección social y estableciendo nuevas regulaciones a favor de los intereses concentrados. Es bueno tener en cuenta esto último: no es que el Estado en aquellos años no fuera activo y no interviniera; el punto es que lo hacia y mucho, pero no a favor de los trabajadores y la clase media, sino a favor de los sectores dominantes.
El conflicto social se expandió por todo el país con modalidades que daban cuenta de relaciones de fuerza y un clima de época absolutamente adverso para los trabajadores. La intensidad de algunas luchas eran un síntoma de esa situación: mas que indicar la potencia colectiva de los trabajadores, evidenciaba lo contrario, su debilidad.
Tomas de fábricas, huelgas, movilizaciones no lograban efectos positivos y además aislaban paulatinamente a los trabajadores de los demás sectores sociales y abrían grietas a su interior entre ocupados y desocupados. Desde Jujuy, a la Patagonia, pasando por Santiago del Estero, Tucumán, Corrientes y los conurbanos de las ciudades industriales del país (Córdoba, Rosario, AMBA, el conurbano Norte y Sur, Ensenada, Berisso, Bahía Blanca, Mar del Plata, Trelew, Puerto Madryn, Comodoro, Cutral Có, etc. etc.) experimentaron en carne propia las feroces consecuencias sociales y humanas de la desocupación, la vulnerabilidad y la pauperización. Y quienes lograron insertarse o conservar su empleo debieron nacer de nuevo, reinventarse a si mismos, a partir de unas lógicas estructuradas sobre otras vigas de valores y racionalidad que las que habían regido hasta entonces. “Ganadores” y “perdedores” en un mundo bestializado por la utilidad material.
En ese contexto, a fines de 1993, la empresa ALUAR impuso a sus trabajadores una reducción de un 25% del salario, bajo amenaza de despido de 182 de sus 650 empleados. En esos días el diario La Nación decía: “…el mismo recorte hubiese sido impensable en el pasado reciente con la mística de los bombos y los recurrentes llamados a protestas generalizadas en señal de solidaridad” y se preguntaba “¿es Aluar un caso testigo?”.
Sí, claro, por supuesto que lo fue. Después de aquel episodio vinieron las sucesivas leyes de flexibilización laboral de los noventa que se continuaron con la Alianza y la tristemente célebre ley Banelco. Habían ganado la batalla y para que no quedaran dudas, unos meses después ALUAR, como frutilla del postre, despidió igual a los trabajadores a los que les había bajado el sueldo.
En estos últimos doce años se ha producido una recomposición significativa de la capacidad de negociación sindical, asistimos al ciclo mas amplio y prolongado de negociación paritaria de la historia democrática, se ha revertido radicalmente el proceso de flexibilización laboral de los noventas, y existe una preocupación y ocupación obsesiva del Gobierno por el nivel de empleo.
Existe un contraste tan evidente entre aquellos años y estos que nadie con honestidad (intelectual o cualquier otra) puede negar. Ese contraste es el Aleph, “esa pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor” que fascinó a Borges y que permitía “ver de una vez, el inconcebible universo”.
En las cimas de la desesperación está el desempleo. Mirar a los ojos a los hijos y saberse sin trabajo; imaginar tormentos, sentirse un inútil, un prescindible, una excrecencia de la modernidad. La desesperación del desempleo es un infierno vital. Es peor que el infierno, que al fin y al cabo es una promesa que presupone la muerte. Al desempleo no lo asiste la benevolencia de ninguna muerte más que la muerte en vida. En el mundo actual, la desocupación es el aniquilamiento simbólico del sujeto
No es una exageración, claro que no. Prescindibilidad, inempleabilidad, eran palabras de aquellos tiempos que se usaban en auxilio de otras que eran las llaves maestras del progreso: “eficiencia”, “racionalización”… Quién haya visto de una vez el inconcebible universo de los noventa, sabe que no es una exageración. Y en la mayor parte del mundo moderno es así, actualmente.
Hoy, y desde hace mucho tiempo, la inseguridad es la principal preocupación de los argentinos. Y es cierto, hay muchísimo por hacer y mejorar en esa materia, como en tantas otras; pero en algún punto es un inmenso triunfo. Durante más de diez años desde aquel 1993, la principal preocupación de los argentinos fue el desempleo y hoy no lo es.
Escribo estas líneas empujado desde muy atrás por lo que veo estos días. Escribo con la espalda.
A la mañana temprano, mientras preparaba café, repasaba noticias, buscaba palabras, intentaba invertir el tiempo, desenojándome antes de enojarme, y de pronto me detuve en la evolución de las cotizaciones de algunas empresas: ALUAR no ha parado de crecer después de las elecciones. Me quedé perplejo, como atravesado por la historia. Me acordé de 1993 y de aquella pregunta de La Nación: “¿es Aluar un caso testigo?”…
Me acordé de Ciorán, de Borges, del Aleph, de los muchos ojos que vi de los que perdieron su laburo en los noventa. Me acordé también de los muchos ojos que vi de los “ganadores” de los noventa. Me acordé de lo que vi en cada uno de esos ojos. Me acordé de lo que quiero recordar siempre y me acordé de lo que quisiera olvidar alguna vez. Vi el universo inconcebible en el recuerdo de esos ojos y pensé que al fin al cabo, haber sobrevivido a los noventa nos dio la posibilidad de vivir estos años, de volver a apasionarnos por una idea, de volver a pronunciar palabras colectivas (pueblo, derechos, igualdad, diverisdad), que las personas son personas no recursos humanos, de volver a sentir que la política puede ser un proyecto emancipador.
Hay un lugar de pertenencia plural que hemos aprendido y no debemos extraviar jamás, que se basa en la certeza de que el neoliberalismo es esencialmente inmoral. Hay que decirlo a los cuatro vientos y en defensa de lo que de humano todavía conserva la Humanidad y conservamos cada uno de nosotros: el neoliberalismo es esencialmente inmoral aunque existiera la rareza de un gobierno neoliberal no corrupto en la administración del Estado. Aunque la gestión estuviera en manos de individuos intachables en el ejercicio de sus funciones. Aun en ese caso (del que empíricamente no debe existir registro alguno) es inherentemente inmoral porque supone la concentración de la riqueza, la desigualdad y la explotación de seres humanos como proyecto. En las encrucijadas de la historia, el ejercicio de ser personas nos impone la obligación de no olvidarlo.
Escribo con la espalda, claro; como dice Juan Forn “más precisamente con ese lugar entre los omóplatos donde alguna vez tuvimos alas”.
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