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METROPOLIS DE 1927 y la actualidad: un paralelo en tres ejes

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Síntesis de la película
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Metrópolis, dirigida por Fritz Lang en 1927, es una de las obras fundacionales de la ciencia ficción y del expresionismo alemán. La historia transcurre en 2026 en una megalópolis dividida en dos mundos: la superficie, donde viven los ricos entre rascacielos y jardines, y el subsuelo, donde los obreros trabajan en condiciones brutales frente a máquinas que los tratan como engranajes. Joh Fredersen, el gobernante de la ciudad, controla todo desde su torre. Su hijo Freder descubre el subsuelo al enamorarse de María, una profeta que predica la reconciliación entre las clases.
Para evitar la rebelión, Fredersen recurre al científico Rotwang, quien crea un robot con la apariencia de María para sembrar el caos. El robot manipula a los obreros, estos destruyen las máquinas, y la ciudad casi se inunda. Al final, Freder actúa como mediador entre su padre y los trabajadores, y la película cierra con la frase: «El mediador entre el cerebro y las manos debe ser el corazón».
Esa advertencia —sobre la desigualdad, la tecnología y la manipulación— es la que hoy resuena con una fuerza incómoda. Los tres ejes que siguen la desarrollan.
IA y trabajo
En la película, los obreros son una extensión de las máquinas. Repiten turnos frente a un reloj gigante, casi sin rostro, sin nombre, sin voz. El robot María ocupa su lugar y desata el caos. La tecnología no los libera: los reemplaza.
Hoy el reemplazo no viene de un robot físico, sino de software que ejecuta tareas cognitivas: atención al cliente, traducción, redacción, resúmenes, programación básica, diagnóstico médico, conducción. La diferencia clave es que antes la automatización golpeaba al músculo, a las manos; ahora golpea al cerebro. Justo lo que la película separaba en dos mundos.
Lang imaginó una ciudad donde unos piensan y otros ejecutan. Trasladado a 2026, el cerebro serían los dueños de los modelos de IA, las grandes tecnológicas, los fondos de inversión. Las manos serían los trabajadores de datos, los etiquetadores, los repartidores, los usuarios que generan datos gratis. Y el corazón, ese mediador que en la película salva la ciudad, sigue siendo el eslabón más débil: sindicatos, regulación, ética, políticas públicas. La tecnología avanza más rápido que las instituciones que deberían mediar.
Hay una clase trabajadora invisible que sostiene la IA. Etiquetadores de datos en Kenia, Filipinas o Venezuela que clasifican imágenes y textos por centavos, a veces con contenido traumático. Moderadores de contenido que filtran violencia para que el resto no la vea. Minería de litio y cobalto en África y Sudamérica para chips y baterías. Centros de datos que consumen agua y energía en zonas pobres para servir a usuarios ricos. Es casi literal: el subsuelo de la IA existe, solo que repartido por el mundo.
El robot no es peligroso por ser máquina, sino porque imita lo humano para manipular. Hoy eso se llama deepfake, voz clonada, avatar que atiende pero no resuelve, contenido generado para viralizar sin autor real. La IA toma nuestra forma —voz, rostro, escritura— y a veces la usa contra nosotros. Es el robot María en versión digital.
Los escenarios posibles hacia 2030-2040 no son neutrales. El primero es concentración extrema: pocos dueños de IA capturan casi todo el valor, desempleo estructural, renta básica insuficiente, conflicto social. Es la Metrópolis sin corazón. El segundo es transición mediada: regulación, impuestos a la automatización, formación, sindicatos digitales, reparto de ganancias. El corazón funciona. El tercero es un nuevo contrato social: semana laboral más corta, ingreso universal financiado por productividad, trabajo centrado en cuidado, arte y comunidad. La utopía posible.
Quedan preguntas abiertas. ¿Quién decide qué se automatiza y qué no? ¿Los beneficios de la IA se reparten o se concentran? ¿El trabajo es solo empleo, o también dignidad y pertenencia? ¿Puede la IA tener corazón o solo simularlo?
Vigilancia y ciudades inteligentes
En Metrópolis, la ciudad no es solo un escenario: es un organismo que vigila y regula. Joh Fredersen observa todo desde su torre, con pantallas y mecanismos que monitorean a los obreros. Los turnos, las máquinas, los cuerpos: todo está sincronizado y medido. La ciudad funciona como un reloj, y quien tiene el reloj tiene el poder.
Hoy eso tiene nombre: ciudad inteligente. Cámaras con reconocimiento facial, sensores de tránsito, datos de celulares, scoring social, algoritmos que deciden quién accede a un crédito, a un barrio, a un trabajo. La diferencia es que en la película el control era visible, centralizado, con un dueño claro. Hoy es distribuido, opaco, y a menudo lo aceptamos a cambio de comodidad.
Fredersen miraba a sus obreros desde arriba. Hoy ese ojo se multiplicó y se dispersó: cámaras en la calle que reconocen rostros y patentes, aplicaciones de transporte que saben dónde estás, redes sociales que predicen tu estado de ánimo, asistentes de voz que escuchan en espera, relojes que miden tu sueño. El patrón ya no es una persona: es una infraestructura.
Y lo más parecido al robot María es el perfil digital: una versión de nosotros construida con datos, que actúa en nuestro nombre, que negocia, que predice, que a veces nos reemplaza. No es un robot con nuestra cara, pero es una simulación de nosotros que circula sin que la controlemos del todo.
La promesa de las ciudades inteligentes es eficiencia: menos tráfico, menos crimen, menos desperdicio. La realidad suele ser más incómoda. Concentran inversión en zonas ya privilegiadas y dejan afuera a los barrios pobres. La vigilancia cae más fuerte sobre los cuerpos que ya eran vigilados: migrantes, jóvenes, disidentes, pobres. En la película, la superficie brilla y el subsuelo sostiene. Hoy la ciudad iluminada del centro convive con periferias donde el Estado llega como policía pero no como servicio. La tecnología no crea esa desigualdad: la hace más eficiente.
Nadie firmó un contrato para ser vigilado. Aceptamos términos y condiciones que nadie lee. Aceptamos cámaras porque «si no tenés nada que esconder, no tenés nada que temer». Aceptamos que el celular nos escuche porque el asistente es útil. Es el mismo pacto de los obreros de Metrópolis: cumplir la función, no preguntar. La diferencia es que en la película había un momento de revelación, cuando Freder baja al subsuelo y ve lo que sostiene su mundo. Hoy la revelación es más difícil: el subsuelo está distribuido, tercerizado, escondido en servidores y contratos.
Los caminos posibles son tres. El primero es la ciudad-panóptico: vigilancia total, datos concentrados en pocas manos, control social suave pero constante. Es Metrópolis sin el final esperanzador. El segundo es la ciudad regulada: leyes de protección de datos, transparencia algorítmica, auditorías, derecho a la explicación, límites a la vigilancia estatal y privada. El corazón como mediador. El tercero es la ciudad común: datos como bien público, infraestructura abierta, tecnologías diseñadas con y para las comunidades, no para extraer valor de ellas. Menos eficiencia, más dignidad.
Las preguntas quedan abiertas. ¿Quién es dueño de los datos de una ciudad? ¿La vigilancia protege o disciplina? ¿Puede haber ciudad inteligente sin ciudad justa? ¿Qué pasa cuando el algoritmo se equivoca y no hay a quién reclamar?
Desinformación y algoritmos
En Metrópolis, el científico Rotwang crea un robot con la apariencia de María, la mujer en quien los obreros confían. El robot no inventa un mensaje nuevo: usa la cara y la voz de alguien querido para decir lo contrario de lo que esa persona diría. Siembra el caos, provoca la destrucción, y hace que los obreros se vuelvan contra sí mismos.
Ese es el mecanismo central de la desinformación contemporánea. No se trata de convencer con argumentos, sino de suplantar la confianza. Un deepfake de un político, una voz clonada de un familiar pidiendo dinero, un video manipulado de un periodista, una cuenta falsa que se hace pasar por un movimiento social. La mentira funciona porque viene envuelta en algo que ya creemos.
Rotwang no obligaba a los obreros: los seducía. Diseñaba el robot para que hablara el lenguaje de ellos, para que pareciera una de ellos. Hoy el algoritmo hace algo parecido: aprende qué te emociona, qué te indigna, qué te confirma, y te lo sirve sin que lo pidas. No es un plan maléfico de un científico loco. Es un sistema de optimización que premia la atención. Y la atención se captura más fácil con enojo, miedo y certeza que con matices. El resultado es el mismo que en la película: masas movilizadas por una emoción que no entienden del todo, y un poder que se beneficia del ruido.
En Metrópolis, hay dos ciudades: la de arriba y la de abajo. Cada una cree saber cómo funciona el mundo. Hoy hay algo parecido: no una sola esfera pública, sino muchas, cada una con sus hechos, sus expertos, sus enemigos. Un mismo evento puede tener cinco versiones incompatibles y millones de personas convencidas de cada una. No es que la gente sea crédula: es que los sistemas que distribuyen información están diseñados para retener, no para informar. La verdad existe, pero compite en desventaja con lo que entretiene.
La desinformación no solo confunde: desgasta. Genera desconfianza en todo, incluso en lo verdadero. Cuando todo puede ser falso, nada exige ser creído. Eso es agua para el molino de quien quiere desmovilizar, de quien quiere que la gente deje de creer en la posibilidad de cambiar algo. Es el caos que el robot María desata en la película, pero sostenido en el tiempo. No un estallido, sino una erosión lenta de la capacidad colectiva de ponerse de acuerdo en algo.
Los caminos posibles son tres. El primero es la guerra permanente de relatos: cada grupo con su verdad, sin terreno común, sin posibilidad de diálogo. La sociedad como suma de burbujas incomunicadas. El segundo es la alfabetización y la regulación: educación mediática, verificación independiente, transparencia algorítmica, responsabilidad de las plataformas. El corazón como mediador, otra vez. El tercero es la reconstrucción de lo común: medios públicos fuertes, comunidades locales que se conocen cara a cara, instituciones que rinden cuentas, tecnologías diseñadas para el debate y no para el engagement.
Más lento, menos rentable, más humano.
Las preguntas siguen abiertas. ¿Se puede regular la desinformación sin censurar? ¿Quién decide qué es verdad? ¿Puede una sociedad funcionar sin un mínimo de hechos compartidos? ¿El problema son los algoritmos o nosotros, que los alimentamos?
**Metrópolis no decía «cuidado con las máquinas».
Decía: cuidado con quien controla las máquinas y con la desigualdad que las hace posibles.**
En 2026, con IA generativa en cada teléfono, con ciudades que vigilan y algoritmos que deciden qué creemos, esa advertencia es más urgente que nunca.
_La frase final —»el mediador entre el cerebro y las manos debe ser el corazón»— hoy se traduce en una pregunta concreta:_
_¿quién media entre los dueños de la tecnología y las personas que la hacen posible?_
El robot María no ganó en la película. Pero necesitó que alguien quemara la torre y que un mediador apareciera para que la ciudad no se destruyera.
Hoy no hay un solo robot ni una sola torre: hay millones de cuentas, de videos, de mensajes, de algoritmos compitiendo por tu atención.
La pregunta que deja Metrópolis sigue siendo la misma: ¿quién media entre lo que creemos y lo que pasa?
(*) Fernando Silvestre
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