OPINIÓN

Por qué los Milei sostienen a Adorni: el valijero que firma sin mira

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En la Argentina de Javier Milei, donde la retórica anticasta se vende como dogma moral, hay un funcionario que resiste ola tras ola de escándalos judiciales: Manuel Adorni. De vocero presidencial a Jefe de Gabinete, su permanencia en la cima del poder —a pesar de las investigaciones por presunto enriquecimiento ilícito, vuelos pagados por contratistas y propiedades de origen dudoso— encierra un mensaje claro. Milei lo blinda en público definiéndolo como «la persona más honesta que conozco», pero la respuesta real a su supervivencia no reside en la pureza ideológica, sino en una arquitectura práctica de negocios, opacidad y control que domina hoy la Casa Rosada.

El terror al Código Penal y el adiós de Francos

Adorni no es un tecnico ni un libertario de la primera hora; es un operador comunicacional elevado a la máxima jerarquía administrativa por pura necesidad del clan familiar. Para entender su valor, hay que mirar la precipitada salida de su antecesor, Guillermo Francos, a fines de 2025. La narrativa oficial habló de «internas de poder», pero la verdad es más cruda: Francos era un político profesional. Un hombre de Estado sabe perfectamente que la firma del Jefe de Gabinete es el motor que ejecuta el presupuesto de la Nación y, por ende, es la primera rúbrica que revisa un juez federal. Francos se fue porque revisaba, preguntaba y medía los riesgos judiciales; se negó a firmar cualquier cosa y terminar con los «dedos pegados».

Adorni, en cambio, asumió precisamente para eso. Cumple el rol del facilitador ciego: un funcionario dispuesto a avanzar con decretos, contratos y partidas sin el excesivo escrutinio interno que exige la ley. En una sede de gobierno que funciona como base operativa para negocios espurios, la docilidad administrativa vale oro.

Lógicas de poder y el engranaje $LIBRA

La matriz de decisiones del oficialismo opera bajo una asimetría de ambiciones.
Por un lado, la secretaria general, Karina Milei. Quienes transitan los pasillos la describen obsesionada con el dinero y el control, utilizando los resortes del Estado como una herramienta de acumulación acelerada para su círculo.
Por el otro, el Presidente, que dentro de su delirio místico persigue la construcción de una «sociedad soñada» anarcocapitalista, donde el presupuesto público es apenas un vector para beneficiar a aliados corporativos globales y «locos» de la tecnoplutocracia, como los dueños de Palantir.

En el medio de ambas lógicas operó el escándalo de la estafa $LIBRA. La Justicia ya demostró que no fue un «error de buena fe», sino una maniobra que involucró a la cúpula del poder, con el Presidente tuiteando para inflar el token, un presunto acuerdo de recompensas millonarias, y Karina Milei presionando para silenciar el colapso posterior que arruinó a miles de inversores. Adorni encaja a la perfección en este esquema: sus recientes confesiones sobre ahorros de medio millón de dólares en negro y ganancias no declaradas en Bitcoin son la prueba de que el Jefe de Gabinete utiliza el mismo sistema de fondos paralelos que el núcleo presidencial.

El valijero moderno de la Casa Rosada

Los escándalos de Adorni —refacciones millonarias en efectivo, inconsistencias patrimoniales y dádivas— tumbarían a cualquier ministro en un país normal. Sin embargo, el Presidente lo sostiene. ¿Lealtad? Sí. ¿Utilidad? Mucha más.

Esta es la contradicción central del mileísmo en el poder: se prometió destruir a la casta y se terminó replicando sus peores vicios con mayor velocidad y descaro. Mientras Adorni siga firmando sin mirar, garantizando que el Estado financie las utopías de Silicon Valley y la fortuna familiar en construcción, su sillón estará asegurado. La historia juzgará si fue ingenuidad ideológica o algo mucho más turbio. Lo único seguro en este junio de 2026, es que lo peor está por venir.

Columnista: Nacho Rossi

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