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OPINIÓN

Árbitros argentinos: víctimas del show de la violencia

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En la calma de la mañana otoñal reinaba el silencio. De pronto, éste fue interrumpido por un alboroto infantil. El grito colectivo se escuchaba claramente:

– ¡Referí, referí de la cancha no salís!

Los niños del jardín Inmaculada Madre de Dios de Gonnet estaban en recreo y, supuse, disfrutándolo con alguna actividad deportiva.

Continuando mi caminata y reflexionando sobre la frase amenazante al referí, advertí que la violencia hacia su figura es una actitud cultural arraigada profundamente que se expresa en la actualidad hasta en la niñez. Además, comprendí que es parte de un entramado de violencia más amplio y abarcativo que opaca al fútbol y lo corrompe. Cuando las pasiones son administradas y manipuladas por un negocio, las consecuencias suelen ser nocivas.

Fútbol: escenario de disputas sociales

Sorprendentemente joven para los variados trabajos y voluntariados con que cuenta su currículum, la socióloga y profesora de tan sólo 28 años, Daniela Bálsamo, se explayó sobre los mismos y su cambiante rutina. Trabajó en un call center, en un gimnasio, en la república de los niños y, después de hacer una breve pasantía en Brasil, comenzó a ejercer la docencia, para lo que había estudiado el profesorado en sociología y en la cual residía su verdadera vocación.

Expresiva y desenvuelta, parecía experta en entrevistas. Aunque aclaró, insegura, que era su primera vez en ese rol.

Como docente, su vida mantuvo el ritmo frenético. Su actualidad laboral consta del trabajo como profesora de sociología en el plan FinEs, en el curso de ingreso al servicio penitenciario de Florencio Varela y en la escuela secundaria Monseñor Rasore de La Plata. Además de desempeñarse como profesora en un curso de capacitación docente.

Después de la inoportuna interrupción del olvidadizo mozo, la socióloga se refirió a la violencia que rodea al fútbol: “es un juego que está inserto en la sociedad y de alguna manera todo lo que vemos en la vida cotidiana se expresa a través suyo”. Además agregó que “la violencia es una forma de descarga que emplea la sociedad, las normas que hay afuera de la cancha no se cumplen y lógicamente tampoco las existentes dentro de ésta”.

“La cancha termina siendo el reflejo de la sociedad, de las disputas entre los que juegan, los que hinchan, los que manejan el dinero y los que manejan las reglas” concluyó, tristemente realista.

Dentro de este marco de agresión progresiva es donde debe impartir justicia el desprotegido y expuesto árbitro, que termina sufriendo las consecuencias de ser uno de los impedimentos para que un equipo logre la victoria. A través del éxito deportivo, los barras bravas, dirigentes, técnicos, empresarios y jugadores de un club, recaudan la basta suma de dinero que genera el fútbol y que decrece si los resultados no son los esperados, allí el negocio entra en déficit.

Palabra de un bicho raro

Teniendo en cuenta la riesgosa posición del árbitro dentro de un deporte que genera semejantes pasiones y dinero, el árbitro amateur Iván Slatar expresó sinceramente:

– Lo que me atrajo para ser árbitro es la locura, pensá que en una cancha sólo hay dos arqueros y eso ya es raro, bueno, árbitro hay uno sólo, o sea que es más raro, somos bichos raros. También me interesaba impartir justicia desde mi lugar, aportar en la eliminación de las injusticias de la vida.

– Se alimentan de las puteadas- comenté de forma risueña.

– No sé si alimentarnos porque cuando arranqué no me gustaba que me puteen -explicó sin entender el sarcasmo-. Después te acostumbrás y hasta te causa risa, en los partidos de torneos privados que dirijo casi no hay público, al contrario que los de la liga. Así que cuando no me putean siento que me falta algo.

El simpático árbitro, dejaba a la petisa silla del café del Cinema Paradiso en ridículo, la devenía en insignificante bajo su fornido cuerpo, que destellaba autoridad y presencia. A la inversa que su informal e inocente rostro, complementado por unos abultados cachetes.

Saltar se graduó de la ESPA (Escuela Superior Platense de Árbitros) en el 2003 después de realizar un curso de dos años que lo habilitaba para ingresar en AFA. Objetivo que no pudo cumplir al modificarse el reglamento e impedirle el ingreso con sus maduros 26 años.

A partir de allí, se desempeña como referí en torneos privados de la zona asignado por la ESPA y en algunos partidos relevantes de la liga regional platense, ambos de orden amateur.

Además el corpulento personaje, al conocer a Jorge Vigliano, árbitro y director de la escuela, y ser un gran amigo de su hijo Mauro que se destaca en primera división, sigue ligado a la institución que lo formó y coopera en lo que está a su alcance.

Su fallido intento de ingresar como árbitro de AFA y la ilusión que lo embriagaba ya son un insignificante recuerdo, forman parte de una anecdótica etapa de su vida que fue pisoteada y superada.

En la actualidad, Slatar valoriza el tiempo dedicado a su familia y el progreso en su negocio familiar. Éste consiste en una empresa de ropa que distribuye sus artículos por todo el país y que, según dejó entrever, pasa por un buen momento financiero. Incluso, antes de la venta de indumentaria, tuvo la posibilidad de abrir su propio restaurante.

Podríamos decir entonces, que con sus emprendimientos personales consiguió el éxito que se le negó en su carrera arbitral.

Injusticia para los profesionales de la justicia

Retomando la violencia que sufre el referí por parte de los distintos actores que integran el fútbol y su organización en pos del lucro, Daniela Bálsamo intentó esgrimir las razones afirmando que “todos tenemos nuestras dudas acerca del arreglo de partidos por parte de los árbitros y es posible que éstos sean un punto de descarga de las hinchadas y los jugadores, la realidad es que sin árbitro el juego no funciona”.

Esa necesidad de intervención de los árbitros en determinadas situaciones del juego genera impotencia en el fervoroso ambiente del fútbol, que es consciente de su dependencia hacia el juez de los partidos, determinante a la hora de definir ciertas cuestiones y de tomar decisiones cuando es pertinente.

En este sentido, la participación de terceras personas a fin de resolver con justicia un choque de intereses que impiden la coincidencia, es inevitable en el deporte. Por eso cuando uno de los sectores en disputa no resulta favorecido, tiende a buscar explicaciones de su derrota en otro y a no realizar una criteriosa autocrítica al respecto.

Comprendiendo y percibiendo tal dificultad para ejercer la actividad arbitral, la socióloga remarcó la necesidad de incluir en su formación profesional los conocimientos humanísticos que les permitan sobrellevar las complicadas situaciones con las que se enfrentan.

Además Bálsamo agregó que los acotados cursos “no los capacitan para lidiar con el contexto al que están expuestos desde muy jóvenes, podrían incluir materias que tengan que ver con la ética o el vínculo humano, por ejemplo”.

Por otra parte, el corpulento árbitro y empresario altar, estaba convencido de que “en primera división el árbitro está mucho más protegido, hay muchas cámaras y policías, es peor dirigir ligas menores. Nunca vi que le peguen a un árbitro de primera, en cambio en el torneo regional veo a diario que le peguen a los árbitros”.

Tarjeta naranja

La anécdota personal surgió naturalmente, nadie logra evitar la violencia en carne propia durante el ejercicio de la tarea arbitral. Y altar no fue la excepción, sufrió naranjazos a quemarropa el olvidable día de su debut en liga:

– Estábamos en una final de la liga regional en Las Flores, un pueblito re chico, en la cancha había 1500 personas, debía estar todo el pueblo, el evento más importante era el partido.

 Yo estaba haciendo mis primeros pasos como asistente de árbitro, era juez de línea. Me acuerdo que empecé a ver naranjas en el campo de juego y comprendí que me las arrojaban a mí, estaba terriblemente expuesto al no poder moverme de la línea del lateral.

 En cierto momento una me pegó en la espalda y me dejó un moretón por una semana, también me pegaron el banderín y me lo tiraron de la mano.

– Claro, como línea estás más desprotegido que el árbitro que se mueve por toda la cancha y es difícil de asestar- comenté tratando de demostrar sensibilidad.

– Exacto, estás muy expuesto. En ese momento me daba indignación e impotencia, ahora lo cuento como anécdota, nos acordamos con Mauro Vigliano y nos reímos.

 Él era el árbitro. Después en el segundo tiempo me puso un policía atrás pero era amigo de toda la gente, se mataba de risa. Me propuso suspenderlo pero me negué, imaginate, si lo hacíamos no salíamos del pueblo.

 Años después me enteré que los violentos habían sido contratados por la gente del pueblo para que metan fiesta con sus instrumentos.

– Si no tienen barras los contratan- exclamé indignado a modo de conclusión.

La personalidad del árbitro como rasgo fundamental

El verde césped es su hábitat natural. Gran parte de su día transcurre en ese rectángulo de pasto, espectador privilegiado cuando despliega su magia. Mariano Tiverón admira a Messi y en cierta forma se le parece. La desfachatez con que se mueve, la cabeza gacha y el cuerpo encorvado. La eterna decisión de esquivar toda pierna que intente quitarle la esfera que lo obsesiona. La impotencia que genera en los rivales el hecho de deducir cuál es su próximo movimiento pero aun así no poder detenerlo. Todos puntos en común con el mejor del mundo. A menor escala, de más está aclararlo.

El talentoso jugador ya estaba advertido de que la charla trataría sobre los árbitros. Las tácticas y estrategias futbolísticas serían forzadamente ignoradas.

“Mi relación con los árbitros es normal, desde que soy capitán tengo que dialogar más con ellos. Algunos son soberbios y me piden que no les hable pero con la mayoría logro mantener un buen trato y mientras les vaya de frente y en buenos términos no hay problema”, explicó Tiverón.

El joven de 20 años actualmente se desempeña en Centro de Fomento Ringuelet. Club que milita en la divisional B de la liga regional platense.

Después de una frustrada carrera como futbolista profesional y de haberse probado en varios clubes de primera división sin éxito, el enganche vive un dulce presente. Su equipo comparte la punta de la tabla junto a otro con el que definirá el torneo el próximo fin de semana, luchando por la posibilidad de ascender a la divisional A.

Además, estudia economía y trabaja. Pero el tiempo dentro de su rutina dedicado a entrenar, es un aspecto innegociable.

Su nariz puntiaguda y el flaco y alargado cuerpo le otorgan una apariencia de debilidad que engaña a los rivales. Ya que cuando tiene la pelota en sus pies se torna imbatible, pocos son los iluminados que lo detienen en su camino hacia el gol.

Consultado sobre el trato de los jugadores para con el árbitro y si existía una autocrítica en este sentido, Tiverón se excusó argumentando que “los jugadores dentro del partido no están pensando en cómo hablarle al árbitro, tienen las pulsaciones a mil, es inevitable que se quejen de todo y le reclamen sin pasarse al extremo del insulto, la autocrítica se realiza una vez finalizado el encuentro”.

“Además los referís están o deberían estar capacitados para controlar y soportar el reclamo constante de los jugadores, los técnicos y el público”, agregó sin dudarlo.

Conocedor de gran cantidad de canchas de toda índole, el empleado del bufete del Conservatorio de La Plata, indicó que “muchas veces el marco de los partidos es intimidatorio para los árbitros, que son condicionados por el marco de violencia que los rodea, por los insultos y proyectiles que suelen arrojarles. También puede cambiar el partido, por ahí un equipo se motiva y el otro se achica, se lucha más de lo que se juega y es posible que haya agresiones”.

Por eso “es importante que los árbitros tengan personalidad para aguantar estas situaciones”, culminó, focalizando su discurso en el rol del árbitro dentro de la locura generalizada que provoca el fútbol.

Sistema corrupto, violencia creciente

Lo cierto es que el alborotado mundo del fútbol le exige al castigado árbitro que mantenga bajo control sus emociones en un marco donde éstas son deliberadamente desatadas y descontroladas. Se pretende, de parte del público, los periodistas, los jugadores, los dirigentes y los técnicos, que sean seres semirobóticos capaces de mantener en vilo sus pulsaciones en medio de un ambiente donde sus actores hacen exactamente lo contrario y, en vez de recomponer sus actitudes, las justifican.

Además, la figura del árbitro, al igual que los jugadores y técnicos, son de alguna forma las víctimas de la confluencia de negocios que rodea y trasciende éste apasionante deporte.

No es dentro de la cancha donde se tejen las relaciones de poder y se pactan las asociaciones ilícitas, no es durante los 90 minutos el momento en el cual se erigen y planifican los negociados y las redes de corrupción. Pero sí es en el show armado dentro del estadio donde los intérpretes son utilizados como marionetas para entretener y distraer al público mientras las trampas son pensadas, desarrolladas y aplicadas en oficinas de exclusivos edificios.

Como fundamenta la socióloga Daniela Bálsamo, “Chicha” para sus amigos, “el fútbol es un juego que se ha tergiversado y ahora es un medio para la venta de droga, el lavado de plata y la reventa de entradas, entre otras cosas. La violencia se produce porque deja de ser un juego y se convierte en ésta confluencia de factores que lo corrompen”.

El delicado sistema no puede perdurar sin la complicidad u omisión de dirigentes, políticos, fuerzas policiales, empresarios y hasta periodistas, técnicos y jugadores, quienes muchas veces sacan tajada por su cooperación.

¿Llegará a su fin algún día el negocio mafioso que somete al fútbol y le quita su belleza? ¿Tendrá un freno, al menos, la creciente violencia a la que da origen y construye este sistema nefasto y enfermo? Preguntas que utópicamente deseo, tengan respuestas afirmativas.

Por lo pronto, es preocupantemente certera la afirmación de Daniela Bálsamo que habla del instinto profundo del ser humano: “donde hay plata, es probable que haya violencia”.

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