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VIENEN POR NUESTRA CASAS La extranjerización de la tierra encarece su acceso a los argentinos

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*El 18 Brumario de Javier Milei y la Extranjerización de la Tierra: El Despojo como Política de Estado*
El retorno del espectro que Perón conjuró
«La verdadera democracia es aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo», sentenciaba Juan Domingo Perón en 1944, cuando el peronismo emergía como la tercera posición entre el capitalismo salvaje y el comunismo colectivista. Ochenta años después, la Argentina asiste a un experimento político que, desde la óptica peronista, representa la antítesis más completa de esa doctrina. El gobierno de Javier Milei no es un liberalismo convencional, ni una mera alternancia partidaria: es la encarnación de aquello contra lo que Perón advirtió durante décadas, el retorno triunfante del individualismo extremo, del entreguismo económico y del desprecio por lo nacional-popular que el general derrotó en 1945.
Como Marx analizó el golpe de Luis Bonaparte en El 18 Brumario, aquí también la historia parece repetirse, pero no como tragedia sino como farsa: la farsa de un outsider que se presenta como «antisistema» para restaurar el sistema más salvaje, la farsa de un gobierno que predica la «libertad» mientras somete a la Nación al imperio financiero, la farsa de un líder que atomiza al pueblo mientras se arrodilla ante los poderes fácticos. Este ensayo analiza el gobierno de Milei desde los cinco pilares del pensamiento peronista —la Comunidad Organizada, el nacionalismo económico, la justicia social, la tercera posición internacional y la crítica a la casta oligárquica— para demostrar que su gestión no es una novedad, sino la restauración del neoliberalismo más crudo que Perón desterró de la historia argentina. Y en el centro de esa restauración se encuentra una política de extranjerización de tierras que, desde la perspectiva peronista, constituye la liquidación del patrimonio nacional más grave desde la entrega de las tierras públicas en el siglo XIX.
La Comunidad Organizada contra el Individuo Aislado
Para el peronismo, la doctrina nacional es la «Comunidad Organizada»: una sociedad donde el Estado armoniza los intereses de los distintos sectores —trabajadores, empresarios, gremios— en función del interés nacional. Perón rechazaba tanto el capitalismo salvaje como el comunismo colectivista, postulando una tercera posición basada en la solidaridad orgánica y la justicia social. Este concepto no era una abstracción teórica, sino una concepción integral del ser humano como ser social, cuyos derechos y deberes se realizan en comunidad.
Milei representa la antítesis absoluta de esta concepción. Su modelo es el individualismo metodológico extremo: concibe a la sociedad como una suma de átomos en competencia, donde cada uno busca su propio beneficio y el «bien común» no es más que una falacia. Niega toda noción de interés nacional o de solidaridad colectiva, reduciendo la ética a la libertad negativa —el derecho a que no te molesten— y la política a la mera administración de conflictos entre egoísmos. Su famosa frase «el mercado es el único asignador de recursos» choca de frente con el precepto peronista de que el Estado debe estar al servicio del pueblo, no del capital.
Esta concepción individualista se manifiesta con brutal claridad en su política de tierras. Para el pensamiento liberal de Milei, la tierra es una mercancía más, un activo financiero sujeto a las leyes del mercado, un bien transable sin más límite que el precio que otro esté dispuesto a pagar. La tierra no tiene patria, no tiene historia, no tiene memoria: es un factor de producción, nada más. Por eso, el gobierno impulsa la apertura total a la compra de tierras por capitales extranjeros, eliminando las restricciones que existían desde la ley de tierras de 2011, desregulando el mercado de tierras rurales y facilitando que fondos de inversión internacionales adquieran extensiones estratégicas sin control del Estado.
Perón lo anticipó con claridad: «El gobierno no es el dueño del pueblo, sino su servidor. Cuando el gobierno sirve a intereses distintos a los del pueblo, es una oligarquía». Milei, al gobernar casi exclusivamente por Decretos de Necesidad y Urgencia sin debate parlamentario, declarando que «la política es una enfermedad» y que el Congreso es un estorbo, encarna precisamente esa oligarquía que Perón denunciaba. El contraste con el Perón histórico es brutal: aunque con tensiones y contradicciones, el general siempre buscó la legitimidad orgánica a través de los sindicatos, las organizaciones intermedias y el Congreso. Su Plan Quinquenal fue una construcción colectiva; el plan de Milei es un manual del FMI aplicado por decreto, y su política de tierras es un manual de los fondos de inversión aplicado sin consulta al pueblo argentino.
Desde el peronismo, el gobierno de Milei no es «modernización» ni «actualización», sino una regresión a la sociología del siglo XIX, al liberalismo clásico que Perón superó con su conceptualización de la doctrina social cristiana adaptada a la realidad argentina. Es el retorno del homo economicus como único sujeto político, de la guerra de todos contra todos como principio ordenador, de la ley del más fuerte como única norma. Es, en definitiva, la negación de todo aquello que el peronismo construyó durante ocho décadas.
Nacionalismo Económico contra Entreguismo: La Tierra como Botín
El peronismo histórico tuvo tres pilares económicos: soberanía energética, industrialización sustitutiva y control de los factores clave de la producción —YPF, ferrocarriles, siderurgia, comunicaciones— y, por supuesto, la tierra como base del patrimonio nacional. Incluso el peronismo más liberal, el de Carlos Menem en los años 90, mantuvo ciertas banderas de defensa de lo nacional (aunque las traicionara en los hechos con la privatización de YPF y las jubilaciones). Pero el gobierno de Milei representa, para el peronismo, un entreguismo sin precedentes en la historia argentina, particularmente en lo que respecta al territorio.
Para el peronismo, la tierra no es una mercancía más.
Es el soporte físico de la Nación, el lugar donde se asienta la comunidad organizada, el territorio que da identidad, el recurso que alimenta al pueblo y el patrimonio que se hereda de generación en generación. Perón lo entendió con claridad cuando, en 1946, impulsó el Plan Quinquenal y la reforma agraria que buscaba poner la tierra al servicio de la producción nacional, no de la especulación extranjera. La analogía familiar es aquí más potente que nunca: la tierra es el solar donde está construida la casa. No es un activo financiero que se pueda vender cuando el precio suba; es el lugar donde los hijos crecen, donde los abuelos están enterrados, donde se han construido las memorias y los afectos. Una familia que vende el solar para pagar deudas puede resolver un problema inmediato, pero condena a las futuras generaciones a no tener dónde plantar sus raíces.
Las políticas económicas de Milei son explícitas en su objetivo: apertura de importaciones que destruye la industria nacional, desregulación total de precios que beneficia a los monopolios mientras el consumidor pierde poder adquisitivo, levantamiento del cepo cambiario y promesa de dolarización que implicaría entregar la soberanía monetaria al FMI y a la Reserva Federal de EE.UU., cancelación de obra pública que para el peronismo no es «gasto» sino inversión en infraestructura y generación de empleo. Pero es en la política de tierras donde el entreguismo alcanza su expresión más cruda.
Las medidas concretas son elocuentes: apertura de la compra de tierras a capitales extranjeros sin límites, eliminando las restricciones que existían desde la ley de tierras de 2011; desregulación del mercado de tierras rurales, permitiendo que empresas foráneas adquieran extensiones estratégicas sin control del Estado; facilitación para que fondos de inversión internacionales compren campos, bosques, áreas con recursos hídricos y hasta regiones de frontera; eliminación de los registros y catastros que permitían al Estado saber quién tiene qué tierra y con qué fin. Este conjunto de medidas no es un «ajuste», es una transferencia de ingresos de los trabajadores a los sectores financieros, y una transferencia de territorio de la Nación a los capitales extranjeros.
Perón lo había anticipado con claridad: «No hay economía sana sin independencia económica». Y añadió: «Para un país subdesarrollado, la única libertad posible es la libertad económica». Milei, en cambio, ofrece libertad para que el capital extranjero compre tierras, empresas y recursos estratégicos. Néstor Kirchner, en 2005, pagó la deuda con el FMI de una sola vez precisamente para recuperar esa independencia. Milei hace lo opuesto: firma un nuevo acuerdo con el Fondo que condiciona la política económica hasta 2030, y abre las puertas del territorio argentino a la especulación internacional, exactamente lo que el peronismo combatió durante décadas. Es la vuelta al modelo agroexportador de la oligarquía terrateniente que Perón combatió en 1945.
El proyecto de extranjerización de tierras tiene una doble dimensión que lo hace particularmente peligroso. Primero, la dimensión económica: cuando las tierras fértiles, los bosques nativos, los acuíferos y las áreas mineras pasan a manos extranjeras, el país pierde el control de sus recursos estratégicos. El trigo que se produce en la pampa, el litio de la Puna, el agua de los Andes, la soja de Entre Ríos dejan de ser «argentinos» para ser «activos globales». La producción se orienta al mercado externo, los precios los fija el comprador extranjero, y el pueblo argentino termina pagando precios internacionales por alimentos que se producen en su propio territorio. Segundo, la dimensión geopolítica: cuando el capital extranjero controla extensiones enormes del territorio, el Estado nacional pierde capacidad de proyectar su soberanía. No es una metáfora: hay fondos de inversión que ya poseen más tierras que muchos países. En la práctica, esas zonas se convierten en «islas» de soberanía extranjera dentro del territorio argentino, donde las leyes nacionales se aplican con laxitud, donde el control ambiental es mínimo, donde la mano de obra es precaria y donde el valor agregado se genera afuera.
Perón lo resumió en una frase lapidaria: «El capitalismo financiero es el enemigo de la humanidad; su único dios es el lucro, y su única ley es la explotación».
El gobierno de Milei es la puesta en práctica de ese capitalismo financiero que Perón veía como una amenaza civilizatoria.
No hay soberanía alimentaria, energética o monetaria: hay dependencia, especulación y desposesión. Y la extranjerización de la tierra es la coronación de ese despojo.
Justicia Social como Política de Clase Invertida
El peronismo se define por su «justicia social» como principio irrenunciable. No es un concepto abstracto: implica salarios dignos, jubilaciones suficientes, vivienda, salud y educación para todos. Las políticas de Milei son, desde esta perspectiva, un ajuste regresivo diseñado para disciplinar a los sectores populares, una política de clase en el sentido más crudo. La extranjerización de tierras, en este contexto, adquiere una dimensión de clase particularmente siniestra.
La licuación de jubilaciones es particularmente significativa. El peronismo considera a los adultos mayores como los «abanderados de la dignidad», y su desprotección es una afrenta moral. La suspensión de la Ayuda Alimentaria y del Fondo de Integración Socio-Urbana afecta directamente a los barrios populares. Los despidos masivos en el Estado condenan a la clase media al desempleo y la precarización. Perón lo expresó con claridad: «El trabajo es el único capital del trabajador, y nosotros lo defendemos». Pero el trabajo requiere tierra donde ejercerse, territorio donde producir, espacio donde vivir. Cuando la tierra pasa a manos extranjeras, el trabajador argentino queda despojado no solo de su empleo, sino de la base material de su existencia.
La dimensión de clase de la extranjerización de tierras es evidente: los grandes capitales extranjeros compran extensiones enormes de territorio, mientras los pequeños productores, los campesinos, las comunidades originarias y los trabajadores rurales son expulsados de sus tierras o condenados a la precariedad. No es un fenómeno nuevo en la historia argentina: la oligarquía terrateniente del siglo XIX también acumuló tierras y expulsó a los pueblos originarios y a los gauchos. Pero Milei le da a ese despojo un carácter sistemático, planificado, legalizado y celebrado como «modernización». Perón lo había previsto: «Cuando el capitalismo se siente amenazado, recurre al ajuste; pero el ajuste siempre lo pagan los que menos tienen. Esa es la injusticia que nosotros venimos a terminar».
Milei, en cambio, despidió a más de 50 mil empleados públicos, congeló paritarias y negoció salarios por decreto. Pero también está despojando a miles de pequeños productores, campesinos y comunidades de su acceso a la tierra, el recurso más básico para la reproducción de la vida. Perón construyó el Estado de bienestar sobre la base de sindicatos libres y paritarias obligatorias. Como él mismo dijo: «No puede haber trabajadores libres si no hay sindicatos libres». Y no puede haber trabajadores libres si no tienen tierra donde vivir y producir. El ajuste de Milei no es un saneamiento, es una transferencia de ingresos de los trabajadores a los sectores financieros, licuando el salario real vía inflación para que los empresarios ganen sin invertir, y una transferencia de tierras de los pequeños productores a los grandes fondos internacionales.
Perón había previsto esta estrategia: «Cuando el capitalismo se siente amenazado, recurre al ajuste; pero el ajuste siempre lo pagan los que menos tienen. Esa es la injusticia que nosotros venimos a terminar». Milei, lejos de terminarla, la profundiza con una crueldad inédita, utilizando la inflación como herramienta de licuamiento salarial y la desregulación como herramienta de desposesión territorial. No está «ordenando la economía»: está ejecutando una venganza de clase contra los sectores populares que el peronismo organizó.
Tercera Posición contra Alineamiento Incondicional
La política exterior peronista siempre se caracterizó por el equilibrio entre potencias —EE.UU. y entonces URSS— y la búsqueda de un bloque latinoamericano propio. Perón impulsó el ABC del regionalismo —Argentina, Brasil, Chile— y el pacto con países no alineados. Entendía que la inserción internacional de la Argentina debía ser autónoma, diversificada y orientada al desarrollo nacional.
Milei rompe con esa tradición de manera estruendosa. Su gobierno muestra un alineamiento absoluto con EE.UU. y con Israel, con declaraciones hostiles hacia China, Brasil y países árabes. Rechaza la incorporación a los BRICS, despreciando una oportunidad de comercio con las economías más dinámicas del siglo XXI. Muestra desdén por el Mercosur, que para el peronismo es el espacio de integración productiva mínima. Pero la dimensión territorial de este alineamiento es particularmente alarmante. La extranjerización de tierras no es un fenómeno abstracto: tiene nombres y apellidos. Los fondos de inversión estadounidenses, las empresas agrícolas brasileñas, los consorcios chinos interesados en el litio y el agua, las mineras canadienses que ya operan en la cordillera: todos ellos son los beneficiarios de la apertura que Milei promueve. El alineamiento incondicional con EE.UU. no es solo diplomático: es la apertura de la puerta de entrada al capital estadounidense para que compre el territorio argentino.
Perón lo había advertido: «O nos unimos los latinoamericanos o nos seguirán explotando uno por uno. La Patria Grande no es un sueño, es una necesidad histórica». La extranjerización de tierras, facilitada por la política de Milei, es exactamente lo contrario: la desintegración del territorio latinoamericano, la fragmentación de la soberanía nacional, la entrega de los recursos estratégicos al capital global. Cada campo que pasa a manos extranjeras es un pedazo de la Patria Grande que se desprende. Cada bosque nativo que es talado por una empresa extranjera es un pulmón del continente que se pierde. Cada acuífero que es explotado por una transnacional es un bien común que se privatiza.
Perón lo había previsto con claridad: «La independencia económica es la base de la independencia política. Un pueblo que no tiene control sobre su moneda y su producción es un pueblo colonizado». Y un pueblo que no tiene control sobre su territorio es un pueblo colonizado en el sentido más literal. La política de Milei es, desde esta óptica, la coronación de esa colonización.
La «Casta» como Inversión del Sentido Histórico
El peronismo siempre tuvo una relación ambivalente con el término «casta». Para el peronismo clásico, la casta era la oligarquía terrateniente y el capital financiero —los dueños del país que gobernaron la Argentina hasta 1945 y que nunca aceptaron la irrupción popular. Pero Milei redefine «casta» como los políticos y el Estado mismo, invirtiendo el sentido histórico del término para estigmatizar a la política y deslegitimar toda forma de organización colectiva.
Desde el peronismo, Milei es el verdadero representante de la casta.
Su ajuste beneficia a los grandes grupos económicos —Techint, Arcor, el agro exportador— que son la nueva oligarquía. Su discurso anti-político oculta que su gabinete está lleno de empresarios y tecnócratas formados en escuelas de negocios de EE.UU., que son la casta tecnocrática global. Y su política de extranjerización de tierras beneficia a los grandes fondos de inversión internacionales, que son la casta financiera global, mientras perjudica a los pequeños productores, a los campesinos y a las comunidades originarias.
La «grieta» que él dice superar es en realidad una cortina de humo para desmovilizar a los trabajadores y enfrentarlos entre sí —jóvenes versus jubilados, formales versus informales, trabajadores versus «planeros»— mientras la verdadera grieta es la que separa a los dueños del capital financiero del resto de la sociedad. Los que se benefician de la extranjerización de tierras son los mismos que se benefician de la licuación de salarios, de la desregulación financiera y de la apertura de importaciones: la casta global del capital. Los que pierden son los argentinos de a pie, los que trabajan la tierra, los que producen alimentos, los que viven en el territorio. Perón lo había anticipado: «El único privilegio que debe tener el trabajador es no tener privilegios, sino derechos». Milei ofrece recortar derechos; la extranjerización de tierras es el recorte más brutal de todos: el derecho a tener un lugar en el mundo, a pertenecer a un territorio, a ser parte de una Nación.
El peronismo diría que Milei es el «anti-Perón»: mientras Perón levantó al pueblo organizado en sindicatos y movimientos sociales, y defendió la soberanía territorial como pilar de la independencia nacional, Milei atomiza, desmoviliza y estigmatiza toda forma de organización colectiva, y entrega el territorio al capital extranjero. Su «libertad» es la libertad de los de arriba para oprimir a los de abajo, la libertad de los fondos de inversión para comprar el solar familiar, la libertad de los capitales extranjeros para despojar a los pequeños productores. Perón lo había anticipado: «El único privilegio que debe tener el trabajador es no tener privilegios, sino derechos». Milei ofrece recortar derechos; el peronismo debe reconstruirlos sobre bases nuevas, empezando por el derecho a la tierra.
La Farsa y la Esperanza
Desde el peronismo, la llegada de Milei es el fracaso de la propia dirigencia peronista por no haber renovado su proyecto después de los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. El retorno al neoliberalismo más crudo y a la extranjerización de la tierra es, paradójicamente, un castigo histórico por el alejamiento de las bases populares y el exceso de verticalismo. Perón lo había dicho en el exilio: «El peronismo es una doctrina que se hace con el pueblo y para el pueblo; si no está en el pueblo, no es peronismo».
Pero también es una oportunidad: porque el ajuste de Milei y su política de extranjerización generan las condiciones objetivas para una reacción popular amplia. Como decía Perón: «La mejor arma del peronismo es el sentido común de los trabajadores». Cuando el pueblo vea que la «libertad» prometida es solo miseria, desposesión y pérdida del territorio, y que la tierra que sus abuelos trabajaron ahora pertenece a un fondo de inversión extranjero, el peronismo deberá estar preparado con un proyecto nacional, popular, democrático y latinoamericanista que ponga la tierra al servicio del pueblo y no del capital.
La historia no ha terminado. Como enseñó Marx en el 18 Brumario, las revoluciones no se hacen con ropajes del pasado, sino con la fuerza viva del presente. La extranjerización de tierras no es un destino inexorable: es una decisión política que puede ser revertida por otra decisión política.
Los pueblos que han sido despojados de sus tierras —desde los indígenas americanos hasta los campesinos europeos, desde los africanos hasta los asiáticos— han demostrado que la tierra no se entrega sin lucha.
Y como sentenció Perón en sus últimas palabras políticas: «Yo llevo en mis oídos la más maravillosa música: la voz del pueblo argentino». Esa voz, tarde o temprano, se alzará contra la farsa liberal de Milei y contra la extranjerización de la tierra, como se alzó contra Bonaparte en su momento. La historia, como enseñó Marx, no se repite como tragedia ni como farsa: se repite como pueblo en movimiento. Y el peronismo, si es fiel a su esencia, estará allí para encarnarlo, para defender el solar familiar que es la Argentina, para asegurar que la tierra siga siendo de quienes la trabajan, para garantizar que las futuras generaciones tengan un lugar donde plantar sus raíces.
Porque, como dijo el General en su mensaje final a la Nación: «La lucha continúa; la historia no se detiene. El pueblo argentino es más fuerte que todos los ajustes y que todas las dictaduras».
Y esa lucha, desde la perspectiva peronista, es la misma que Perón inició en 1945: la lucha por la independencia económica, la justicia social y la soberanía política. Contra Milei y contra todo lo que él representa —incluyendo la extranjerización de la tierra como política de Estado—, el peronismo tiene la tarea de actualizar su doctrina y volver a ser la voz de los que no tienen voz, la fuerza de los que no tienen fuerza, la esperanza de los que han perdido la esperanza. La tierra es de quien la trabaja, decía el viejo principio peronista. Milei quiere que sea de quien la compra.
El peronismo debe recordar que la tierra no se compra ni se vende: se hereda, se defiende y se transmite a las futuras generaciones.
«El único privilegio que debe tener el trabajador es no tener privilegios, sino derechos». Esa frase de Perón condensa todo lo que está en juego: derechos versus privilegios, pueblo versus casta, Nación versus Imperio, territorio versus mercancía.
Milei ha elegido su bando: el del capital financiero, el de la extranjerización, el del despojo.
El peronismo debe elegir el suyo, y hacerlo con la claridad y la valentía que la historia exige.
La tierra es el solar de la casa argentina. Defenderla es defender la patria.
(*) Fernando Silvestre

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