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Perpetua para el expresidente de Corea: El precio de querer gobernar con tanques
La Corte del Distrito Central de Seúl no tuvo piedad: cadena perpetua. El expresidente fue hallado culpable de insurrección, traición y abuso de autoridad por haber enviado tanques y tropas al Parlamento con el fin de disolverlo y prohibir la actividad política.
¿Se salvó de la pena de muerte?
Sí, pero por un margen estrecho. En Corea del Sur, la pena de muerte sigue siendo legal, aunque no se ejecuta a nadie desde 1997.
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La fiscalía había pedido la pena máxima argumentando que el intento de golpe puso al país al borde de una guerra civil.
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El tribunal optó por la perpetua entendiendo que la muerte del exmandatario lo convertiría en un «mártir» para los sectores ultraconservadores, mientras que la prisión de por vida es el recordatorio constante de que ningún presidente está por encima de la Constitución.
¿Persecución política o salvataje democrático?
Aquí es donde la sociedad coreana (y el mundo) se divide:
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La visión de la Justicia: Para el tribunal, no hubo persecución. Yoon intentó silenciar a la oposición legislativa usando a las Fuerzas Armadas sin una amenaza real a la seguridad nacional. El fallo se lee como una vacuna democrática: un mensaje claro para futuros líderes tentados por el autoritarismo.
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La defensa de Yoon: El expresidente insiste en que su acción fue un acto de «patriotismo» para salvar al país de lo que él llamaba «elementos antiestatales» vinculados a Corea del Norte. Para sus seguidores, este fallo es una venganza de la izquierda que hoy controla el Parlamento.
Una democracia que no perdona
Corea del Sur tiene una tradición implacable: casi todos sus presidentes vivos han terminado en prisión por corrupción o abuso de poder. Sin embargo, este caso es distinto porque no se trata de dinero, sino del corazón del sistema democrático. Yoon Suk-yeol pasará el resto de sus días en una celda de 6 metros cuadrados, la misma medida que él quiso aplicar a sus oponentes políticos.