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Otro cumpleaños sin su hijo ni justicia

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Jonathan “Kiki” Lezcano fue asesinado el 8 de julio de 2009 por un policía en Parque Chacabuco. Las pruebas del delito fueron borradas, el cuerpo apereció en el cementerio de Chacarita como NN y dos jueces sobreseyeron al efectivo.

El 6 de noviembre Jonathan “Kiki” Lezcano hubiera cumplido 24 años. Uno año menos que los que tenía su amigo Ezequiel Blanco el 8 de julio de 2009 cuando fueron asesinados por un policía en Parque Chacabuco. Ambos vivían en la Villa 20 de Lugano y eran hostigados día a día por los efectivos que trabajan en el barrio. El ex oficial de la policía federal que los mató, Daniel Santiago Veyga, alegó defensa propia. Todavía no fue indagado por la Justicia.

Las irregularidades plagaron la investigación y la causa. Pero a seis años del hecho, en Lugano, no se respira bronca ni tristeza. A “Kiki” lo recuerdan entre risas, con un bingo y pizza con gaseosa. “El dolor se hace más liviano si la pasamos entre todos”, dice a Infonews su madre, Angélica Urquiza.

El encuentro es en la “Casita de Kiki”, un espacio armado por un grupo de jóvenes que se acercaron a Angélica luego de conocer el caso. La construcción se montó detrás de su casa, donde funcionan ahora grupos de apoyo escolar, talleres y hasta una cooperativa en la que trabajan 6 vecinos del barrio. Se ubica en el hoy llamado “Pasaje Kiki Lezcano”, manzana 2 de Villa Lugano.

A las actividades, se suman en enero y febrero una colonia de verano para los chicos del barrio.

“Su cumpleaños era un día muy especial, desde chico le encantaba que le lleve la torta y los regalos”, recuerda Angélica, “de alguna manera terminaba siempre detrás de una pelota porque al atorrante le gustaba mucho jugar al fútbol”. Y evoca una foto en la que “Kiki” tiene 5 años, está vestido con un enterito jean blanco y un buzo, los rulos hasta la cintura: “Ese día fui al jardín a verlo, la maestra iba a ser su madrina porque todavía no lo habíamos bautizado, terminamos los dos bailando cumbia en el medio de todos y él no tenía nada de vergüenza”.

Otra foto lo muestra sonriente, usando un sobrero y con una nariz de payaso. Su rostro se repite en el barrio en murales, cuadros, banderas. Es símbolo de lucha contra el gatillo fácil. “Sólo me queda su imagen, que es poderosa y la llevamos a todos lados, pero no envejece, no está conmigo”, dice la madre. Angélica, consiguió este año, gracias a apelaciones, reabrir la causa luego de que sobreseyeran a Veyga en dos oportunidades. Fue en junio, cuando la Sala IV de la Cámara Federal de Casación Penal ordenó la investigación por el doble crimen de los jóvenes.

– Ya ni espero una condena sólo verlo en el banquillo

El 8 de julio de 2009 Jonathan “Kiki” Lezcano salió de su casa rumbo a la zona del hospital Piñeyro, donde vivía su novia Barbi. En la calle, se encontró con su amigo Ezequiel Blanco y juntos tomaron un remise. Fue esa la última vez que los vieron con vida. Según la versión que brindó de forma escrita a la justicia el ex oficial Daniel Santiago Veyga, los dos jóvenes lo encañonaron para robarle la camioneta. Lo hicieron subir al asiento del acompañante y al darse cuenta que era policía intentaron matarlo. La causa recayó en el juzgado de Instrucción 49° a cargo del juez Facundo Cubas, quien caratuló el hecho como “NN intento de robo” y sobreseyó al acusado sin siquiera haberlo citado.

Durante dos meses los familiares de las víctimas los buscaron sin descanso. Angélica sabía que su hijo había sido amenazado por efectivos de la Brigada de Investigaciones de la Comisaría 52°. Ya había visto en dos oportunidades como recibía una paliza bajo el único delito de portación de cara. Decidió entonces denunciar su desaparición. Se acercó a Missing Children, publicó pedidos de ayuda en internet, hizo cortes de calle y recorrió los pasillos del barrio. Por esos senderos corrían rumores de que su hijo estaba vivo, drogado y no quería volver. “Los vecinos se me acercaban para contarme lo escuchaban pero eran mentiras que circulaban los mismos oficiales”, cuenta Angélica.

El 14 de septiembre de ese mismo año, la madre de Kiki se enteró que su hijo estaba enterrado como NN en Chacarita. En tanto, Ezequiel, su amigo, había sido identificado a pocos días de su asesinato pero no fue notificado a la familia. Angélica todavía conserva el papelito amarillo escrito a mano que le dio el juez Cubas cuando fue a reconocer a su hijo: “Cadáver 1563/09 (Jonathan Ezequiel Lezcano) Cadáver 1562/09 (Ezequiel Blanco)”.

Pero quedaba algo que haría más grande el dolor y la impotencia: la agonía de su hijo fue filmada por sus asesinos. En las imágenes: los dos jóvenes arriba de una camioneta. En el asiento de atrás, Ezequiel ya sin vida, con dos tiros en el entrecejo. En el asiento del conductor, “Kiki” Lezcano con un balazo en el cuello boqueando como un pez que se ahoga en su propia sangre. De fondo una voz: “A ver putito, hace arrancar la camioneta, la concha de tu madre” y alguien que sugiere llamar una ambulancia, “por si las dudas”.

Amenaza días antes de su asesinato
Los problemas con la policía comenzaron luego de que corriera el rumor de que “Kiki” había asesinado a un narcotraficante que operaba en el barrio. Fue la propia familia la que lo entregó ante la justicia. Estuvo 10 meses detenido en un instituto de menores hasta que fue encontrado inocente. Al salir comenzó su adicción al paco, de la cual pudo escapar gracias al apoyo de su familia, pero sobre todo su propio esfuerzo. Angélica lleva una libreta negra donde tiene detallado cada clínica por la que pasó, cada psicólogo que lo atendió y cada recomendación para ayudarlo.

Para principios de 2008, el joven ya recibía amenazas directas por parte de Mario “El Indio” Chavez, uno de los policías más temidos en Lugano por su fama de mano dura y negocios oscuros. Este hombre de pelo largo y campera de cuero se acercó el día anterior a su desaparición: “Una vez sí, dos veces no te salvo, voy a ser tu sombra”.

Dos años de investigación borraron las pruebas
A fines de 2012, la Cámara Nacional de Casación Penal resolvió revocar el sobreseimiento del imputado, mientras que el Ministerio de Seguridad dispuso su pase a disponibilidad. El caso pasó a estar en manos del juez Juan María Ramos Padilla, quien ordenó el allanamiento del Hospital Piñeiro y la morgue judicial donde habían estado los jóvenes. Hasta entonces no existía en la causa registro del ingreso de los chicos al hospital y menos aún alguna prueba.

En la morgue encontraron la ropa de los jóvenes, la cual fue trasladada a la comisaría. Según dieron parte, la misma se perdió durante una inundación. A esa altura el nuevo juez a cargo contaba con pocos elementos como para procesar a Veyga y ordenó un nuevo sobreseimiento. Sin embargo, no dudó en comunicarse con Angélica para pedirle perdón: “me dijo que le daba vergüenza la actuación de sus colegas que en dos años lograron borrar todas las pruebas”.

Pero este año los jueces Gustavo Hornos, Mariano Borinsky y Juan Carlos Gemignani entendieron que resolución había sido apresurada ya que en el fallo no estaba determinado ni las mínimas circunstancias del hecho para poder afirmar que existía legítima defensa. No había pruebas de que ellos tuvieran armas y si las hubiera que fueran disparadas. Veyga fue procesado por “doble homicidio simple” y se espera la fecha para el juicio el año que viene.

– Estamos flojos con las pruebas. Gracias a la actuación de la policía, no tenemos nada de lo que pasó el día del asesinato pero sí de los maltratos previos. Intento no pensar en la condena, me concentro más en la lucha. Lo cierto es que pasamos de no saber nada a encontrar que lo mató un policía, de saber que a este hombre lo habían ascendido dentro de la propia fuerza a quedarse sin trabajo, y hoy de ser sobreseído a estar ante la justicia. Sólo quiero verlo en el banquillo y poder decirle a los ojos que la condenada soy yo. Me condenó a perpetúa a vivir sin mi hijo.

Fuente: Infonews

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