OPINIÓN

El Peronismo. Paradoja y Unidad. Por Juan Carlos Herrera

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Aproximaciones a un debate necesario La idea de paradoja suele resultar útil para representar una característica principal del “peronismo”, en tanto fenómeno sociopolítico que implica múltiples significados, a menudo contradictorios y que pugnan entre sí con la pretensión de encarnar lo esencial de esta formación política. El Diccionario de la Lengua Española define a la “paradoja” como una “figura de pensamiento que consiste en emplear expresiones o frases que envuelven contradicción”. Quizás, para esta reflexión, la palabra clave sea la de “contradicción” que se evidencia en la conformación sociológica, en las opciones ideológicas y en las trayectorias históricas que ha experimentado el peronismo.

En efecto, cuando hablamos del peronismo estamos refiriendo a una multiplicidad de evocaciones e interpelaciones, muchas de las cuales se repelen como inapropiadas para representar una verdad que se pretenda indiscutible. Las referencias frecuentes a quien tiene el “peronómetro” para discriminar entre propios y extraños ilustra esta inquietud. No obstante, haciendo un recorrido histórico podemos encontrarnos con diferentes “peronismos” según las perspectivas ideológicas que refieran; un peronismo nacionalista, un peronismo revolucionario de izquierda, un peronismo socialdemócrata y hasta uno republicano-liberal de derecha, sin pretensiones de agotar las especies con estas identidades. En este marco, preguntarse por la verdadera identidad del peronismo puede resultar una tarea tan inútil como fatigosa, sin embargo, hacerlo con la mirada puesta en la recomposición de esta fuerza política para ejercer la oposición al gobierno electo el 22 de noviembre, puede aportar elementos nuevos en orden a un planeamiento estratégico necesario de las futuras acciones políticas. En este sentido, pareciera entonces que el problema no consiste en ponerse de acuerdo sobre la “esencia” sino en reconocer una dinámica de movilización de fuerzas que reconstituya a un actor político con capacidad de disputar el poder para fundar una nueva hegemonía.

La totalidad se construye con las partes

En el peronismo visible en la coyuntura actual podemos distinguir varios nucleamientos que se reconocen bajo el paraguas de una especie de “pan-peronismo”: el Kirchnerismo, estructurado en torno al liderazgo de la ex presidenta; el Peronismo Federal que reclama la “institucionalidad justicialista”; los peronistas “desgajados” que integran el Frente Renovador; los emigrados de ayer y de hoy sumados al Macrismo, con la ilusión de hacer baza en el ensayo neoliberal, y finalmente, el Peronismo Sindical que debería atender a la unidad del movimiento obrero si quiere disputar el rol de la “columna vertebral” en la reconfiguración del campo peronista. Ante este panorama, la opinión generalizada advierte que ninguna de estas corrientes tendrá futuro si se persiste en la dinámica fragmentaria, aunque en un aspecto, todos tienen algo que ganar y mucho que perder en el corto plazo – dos años- si exhiben vocación por la unidad; por lo contrario, el faccionalismo puede mejorar las recompensas en el corto plazo y debilitarlas en el largo plazo -2019-.

El kirchnerismo, por su parte, ha logrado consolidar una base de adhesión ideológica-política y electoral con predominancia en las generaciones de jóvenes que vislumbra a la próxima confrontación como la oportunidad para recuperar el proyecto de construir una nueva hegemonía. A diferencia del “Menemismo” que en su momento fue añorado por propios y aliados, como una oportunidad malgastada y sin retorno, el Kirchnerismo mantiene su vigencia en los contingentes más populares con alto nivel de aceptación del liderazgo de Cristina (el presidente con mejor imagen al abandonar el cargo desde 1983) y las estructuras de movilización social ( la Cámpora, Movimiento Evita, etc.) que resguardan el imaginario colectivo por la afirmación de los derechos sociales y desafían al nuevo gobierno que amenaza consolidarse sobre la reproducción de las desigualdades.

El Peronismo Federal, representando las realidades de los estados provinciales y determinado por el estado crítico de las finanzas públicas que ha incrementado el déficit fiscal, limitando la acción de gobierno, la realización de obras e imponiendo restricciones a las políticas de inclusión social, de integración de empleos productivos y desarrollo de las economías regionales; todos estos factores presionan a los gobiernos provinciales hacia la búsqueda de acuerdos con el gobierno de turno para mejorar los posicionamientos respectivos en la competencia por la redistribución de los recursos fiscales, distinguiendo entre las provincias con mayor peso específico en el PBI nacional y aquellas dispuestas a resignar cuotas de autonomía para obtener mayor protección del Estado-Nación. A diferencia del Kirchnerismo, más sensible a la dinámica de la movilización social, en el Peronismo Federal cobra mayor incidencia la dinámica de los poderes institucionales a través de las prácticas de negociación parlamentaria y a nivel de las cúpulas partidarias que puedan habilitar las transacciones con los poderes corporativos (de naturaleza pública y privada).

Por otra parte el peronismo integrado o en vías de integración al “macrismo”, pretende jugar como articulador, tanto del gobierno como de un eventual proyecto “pejotista”; en el primer caso, tratando de promover una alianza estratégica con los bloques parlamentarios (Cámara de Diputados y Senadores) para vehiculizar las decisiones del gobierno nacional y por otra parte, garantizar los pagos necesarios para la estabilidad de aquellos liderazgos municipales y provinciales que estén dispuestos a una “competencia leal” con las estructuras del poder “macrista”, convirtiendo a estos asociados en fieles embajadores del nuevo gobierno ante el peronismo.

En tercer lugar, sin que ello implique un orden de prelaciones, se ubica el “Peronismo Sindical”, un espacio de poder cuya influencia será crecientemente decisiva por su posicionamiento en la estructura socioeconómica y por su capacidad de maniobra para afirmar sus intereses, utilizando a menudo la clásica estrategia bifronte: división ante gobiernos propios y unidad ante los extraños. Estos atributos se pondrán a prueba en los próximos meses cuando la agenda sindical entre en ebullición alrededor de las tensiones que se provocarán en torno a la preservación de los niveles de empleo y del salario real. Desocupación e inflación constituyen las amenazas más evidentes que condicionarán las acciones de los sindicatos, planteando el viejo dilema de: hasta dónde cooperar con la lógica macroeconómica para asegurar el crecimiento y hasta dónde representar la conflictividad social por mejores condiciones de vida que se activará de modo acelerado en las bases de la sociedad.

La unidad es de naturaleza dinámica

Ante este panorama, cabe preguntarse por las bases de sustentación de las respectivas pretensiones que las diferentes corrientes peronistas buscan representar. Ciertamente, el Kirchnerismo tiene una base firme de apoyo en los sectores más vulnerables que sentirán el rigor de las nuevas medidas económicas y las necesarias consecuencias en términos de creciente marginalidad social. El Peronismo Federal, por su parte, tiene la limitante de un vacío de liderazgo propio y las dificultades para construirlo a mediano plazo, debido a su trayectoria de seguidismo necesario y a veces oportunista del liderazgo kirchnerista que hoy le dificulta la construcción de la confianza política necesaria para fundar una legitimidad renovada que acepte la totalidad del Peronismo. No obstante, este espacio político, representa la misión histórica del peronismo en las expectativas siempre renovadas por la construcción de un país federal que impida la restauración del centralismo unitario.

En este escenario de fragmentaciones, la convocatoria a la “unidad”, pasando únicamente por la recomposición de la estructura partidaria mediante elecciones internas, se parece más a un expediente burocrático de la clase política que a la misión de recuperar la legitimidad social y política perdida que solo podría reconstruirse con un compromiso explícito de todo los alineamientos, para continuar las transformaciones estructurales necesarias en orden a profundizar la democracia con más igualdad y justicia social. Después de la experiencia de doce años que hizo de la centralidad del gobierno, asociada a una “práctica decisionista”, la condición principal de eficacia en el ejercicio del poder para la construcción de una hegemonía política, parece difícil pensar que el peronismo pueda recuperar esa hegemonía de la mano de quienes fueron beneficiarios pasivos o de aquellos que plantearon la oposición al “proyecto” corriéndose en los últimos tiempos a las antípodas ideológicas.

En consecuencia, cabe preguntarse “qué cabe y qué no cabe”, en un peronismo reconfigurado. Hasta qué punto podemos hablar de una recomposición del peronismo y de su capacidad para construir más y mejor democracia, preservando la integralidad doctrinaria y la inteligencia política para identificar los cambios del contexto internacional ante los embates del poder económico y la lógica capitalista de expansión transnacional. Este es el problema central, porque justo es reconocer que la experiencia de los últimos años había llegado a un punto de saturación, en la medida que la tarea de profundizar las transformaciones pendientes requería de un “quantum” de poder político, de consenso y de legitimidad institucional que el gobierno no disponía. Los cambios en el contexto internacional debidos en gran medida, a la agudización de la crisis originada en el 2008, a las retracciones de las economías emergentes (China, Rusia, Brasil) y de Europa, a la reactivación económica de EEUU y a su mejor posicionamiento geopolítico y a los embates contra los proyectos nacionalistas democráticos en América Latina –Venezuela, Ecuador y Bolivia-; están determinando un escenario de revitalización neoliberal con efectos de retroceso en las conquistas socioeconómicas, laborales y de autonomía en las decisiones nacionales.

Frente a ello, el peronismo, si quiere recuperar el protagonismo perdido, debe pensarse de nuevo, en términos de potencialidad transformadora, de alianza estratégica entre los actores políticos y sociales, encarnando representaciones territoriales y la diversidad de intereses sectoriales que se reconozcan en los lineamientos de un proyecto de desarrollo nacional integrado. No existe la posibilidad para un proceso de transformación en tal sentido, que no reconozca la indiscutible centralidad del peronismo en la identidad política argentina; aun cuando represente una “parte” de la sociedad, no se puede confundir la representación electoral del peronismo con la representación cultural, simbólica y el imaginario de emancipación colectiva que siempre ha dinamizado la acción de esta fuerza política, para alcanzar una nación sin excluidos y con plena soberanía sobre sus recursos.

La democracia es lo sustantivo

Es cierto que el peronismo ha sido y es aun desafiado, de modo persistente, a respetar las “reglas de juego” republicanas que garanticen el ejercicio sin cortapisas de las libertades individuales; esto implica el respeto a las minorías puesto de manifiesto en la voluntad de acatar los controles institucionales y de construir los acuerdos necesarios para estabilizar los procesos democráticos. En respuesta a tales prevenciones cabe señalar que el peronismo nunca ha vulnerado los derechos constitucionales ni ha constituido regímenes autocráticos, aunque muchas veces las formas de la acción política hayan tensionado algunas formas republicanas para generar cambios necesarios en las relaciones de poder político y económico. Cierto es también, que la vigencia y la razón de ser del peronismo, no se limita a una práctica institucionalista del poder político ni al ejercicio de una representación partidaria; se trata, por el contrario, de un movimiento socio-político que encarna un proceso histórico de construcción de ciudadanía sobre las expectativas de una igualdad social creciente.

Los movimientos sociales y políticos no se definen solamente por las ideas de valor universal que propugnan sino por los impulsos concretos que determinan su propio accionar en cada coyuntura histórica. El Movimiento Peronista, en sus diferentes manifestaciones a lo largo del tiempo, no se ha definido por el control del Estado, sino por la aspiración a representar la dinámica de los colectivos sociales; a veces, antagonizando con el Estado, implantando una tensión dialéctica, donde la fuerza política actúa como un magma de representaciones plurales, de grupos y sectores con intereses diversos que convergen en la necesidad de reconstruir la lógica y el alcance del poder público en una sociedad democrática. El peronismo se desnaturaliza como tal si pierde o renuncia a conducir esa dinámica de acción que expande la capacidad de contener y representar a las mayorías aun cuando expresen demandas e intereses ambiguos y contradictorios. Esta característica hizo del peronismo, un actor con amplia capacidad para manejar su relación con los escenarios de crisis donde supo conducir los procesos sociales y políticos en contexto de baja institucionalidad, operando con amplios márgenes de flexibilidad en la acción estratégica y respondiendo a las demandas sociales con decisiones oportunas y eficaces que impidieron la regresión a situaciones dominadas por el caos.

Esta práctica explica, en parte, porqué el peronismo tiende a no reconocer límites fuera de la legitimidad popular para tomar decisiones, habilitando acciones e interfiriendo en las acciones de otros que desafían al poder público desde lógicas institucionalistas restrictivas y elitistas. Su fortaleza reside en esa capacidad de acción siempre tensionada por el fondo y las formas, por lo principal y lo accesorio, que se explica en la dinámica necesaria que constituye al Movimiento Peronista como el impulsor de procesos de movilización que profundizan la práctica democrática con las expectativas de mayor igualdad social que a su vez, requieren de las políticas expansivas del Estado. El peronismo pierde su esencia si debilita esta capacidad de representatividad social extensa y reniega de la diversidad social, cultural y hasta ideológica que ha conformado su base de sustentación a lo largo del tiempo. Así también, si pierde la voluntad de interpelar el orden económico y político dominante, de poner al descubierto la estructura del poder transnacional y sus redes de inserción y alianzas con intereses locales; si resigna la función reguladora del Estado y la vocación por impulsar alianzas estratégicas entre los representantes orgánicos de la sociedad y las estructuras estatales.

En tal sentido, el peronismo necesita de una estrategia que permita superar la fragmentación y buscar la unidad sobre los aspectos sustantivos que hacen a su identidad. Ninguno de los fragmentos que configuran hoy la realidad, más sociológica que política, del peronismo, puede pretender una monopolización de la acción unificada porque los recursos sectoriales aunque necesarios resultan insuficientes. Los recursos que posibilitan la movilización de base ideológica, el afianzamiento de las prácticas de control político-territorial y las capacidades de presión e interferencia ante los poderes económicos concentrados, requieren de un pensamiento amplio y comprensivo de la pluralidad democrática para orientar acciones de conjunto.

El kirchnerismo representa el testimonio ideológico de una experiencia histórica que debe alimentar la integración social de un proyecto democrático futuro; el Peronismo Federal resulta insustituible para asegurar el arraigo territorial con vocación nacional ante los embates centralistas que siempre responden al alineamiento externo; el Peronismo Sindical, a su vez, es la garantía para reconstituir el interés de la clase trabajadora, disputando con el capital -local y transnacional-, nuevos modos de organización del trabajo y mayores cuotas de participación de los asalariados en la distribución de la renta.

En este marco, la reorganización de la estructura partidaria es un instrumento fundamental para revitalizar la competencia político-partidaria en un nuevo escenario de construcción democrática; sin embargo, en esta coyuntura deberíamos cuidar que el árbol no nos impida ver el bosque. El futuro del peronismo no debería reducirse a la acción de una estructura burocrática de lucha política, sin plantearse cambios en el equilibrio de poderes que mantiene el “status quo” de un orden sociopolítico excluyente; tampoco agotar su objetivo en la práctica de una movilización de resistencia sin un programa de construcción democrática para una alternativa de mejor desarrollo y mayor integración nacional; por último, es preciso superar la estrechez de los intereses corporativos para integrar la lucha del movimiento obrero a un proceso de transformación de las condiciones y relaciones laborales para hacer del trabajo el centro de la integración social argentina.

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