OPINIÓN
«Revisión sobre las reflexiones de género en el marco del 30º Encuentro Nacional de Mujeres: su dimensión política» por Erica Farcic
volanta
El fin de semana pasado, en la ciudad de Mar del Plata se realizó el 30º Encuentro Nacional de Mujeres. Más de 60 mil mujeres de todo el país y de distintas organizaciones políticas y sociales asistieron a las actividades que se organizaron en el marco del mismo para debatir sobre temas que son atravesados por la dimensión de género.
De allí que me parece interesante indagar sobre el concepto para arribar algunas conclusiones como resultados que arroja el Encuentro.
Tras décadas de reflexión teórica en el ámbito de la antropología y la filosofía, fundamentalmente, el concepto de género emerge como categoría analítica bisagra para comprender la dimensión compleja en la que se inserta la definición de lo femenino y masculino en nuestras sociedades.
A partir del aporte de pensadoras como Gayle Rubin, pionera en la investigación en materia de género, la pregunta acerca de porqué la diferencia sexual es generadora de desigualdad social, disparó una nueva serie de enfoques que transformaron la reflexión sobre el tema.
La conclusión relevante en la que derivaron estos debates es que el sistema sexo/ género es “un conjunto de arreglos por los cuales una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana y en los que estas necesidades sexuales transformadas son satisfechas”. De este modo, la subordinación femenina es consecuencia del sistema cultural que organiza y produce el género como una forma embrionaria de ejercicio del poder.
En este marco, el género adquiere una dimensión profundamente política. Así, el mismo funciona como un mecanismo de predeterminación de las ideas, representaciones, prácticas discursivas y sociales e instituciones que se construyen a partir de la diferencia biológica entre los sexos; a pesar de que en el ámbito científico se haya comprobado que genéticamente la misma no derive en diferencias significativas que se traduzcan en una disparidad propiamente.
Pero resulta interesante hacer hincapié en la idea de “el género” como un mecanismo profundo y basal de generación de autoridad y distribución de poder en nuestras sociedades. Por que es a partir del mismo que se crea la rígida división de roles que culturalmente han asignado nuestras sociedades a lo femenino y masculino, en una relación de subordinación.
Esta matriz primaria de asignación de roles, estereotipa las actividades, ideas y costumbres para aquello que se considera femenino o masculino, a su vez que le asigna un vacío discursivo, y por ende invisibiliza, a aquello que no encuadra en esta división binaria, como por ejemplo, las expresiones transgénero. Autoras como Judith Butler han aportado de manera revolucionaria a esta discusión, descubriendo dimensiones no exploradas sobre el alcance de esta matriz primaria de ejercicio del poder.
En este marco, podemos decir entonces que “el género” es el más contundente principio de diferenciación social. Su construcción cultural genera segregación y desigualdad, ya que funciona como un sistema rector iniciático y a la vez profundo de jerarquización social, política y jurídica en nuestras sociedades. Creando derechos y obligaciones distintas, pero incluso también, excluyendo de su acceso a los seres humanos a partir de sus diferencias sexuales.
De este modo, llegamos a un punto del desarrollo del debate sobre el género en donde parecería ser que la clave para romper con las desigualdades y las disparidades que crea y reproduce, viene de la mano de su deconstrucción cultural.
Repensar y revolucionar las matrices de género que producen desigualdades, estereotipos sexistas y segregación, exige principalmente entonces una intervención política profunda que no vendrá naturalmente de la mano de los gobiernos, porque lo que exige es un cambio que atraviesa las instituciones, sus practicas, costumbres y ordenamiento jurídicos.
Pero es ahí justamente donde la conciencia política adquiere una dimensión crucial y “lo popular” se torna protagónico. Los cambios son la expresión de demandas colectivas “no institucionalizadas” que surgen del campo popular.
De allí la importancia del Encuentro Nacional de Mujeres, esta vez realizado en Mar del Plata. Un espacio autoconvocado, popular y de expresión masiva, bien diversa, pero que “une” bajo la identidad que repudia la desigualdad y como tal, constituye un puntal de lucha política para comenzar a mover los debates, poner en agenda y movilizar decisiones para remover los intrincados, latentes, públicos y privados esquemas que reproducen una matriz de desigualdad en nuestras sociedades.