OPINIÓN

Una crisis que está lejos de terminar

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La llegada de miles de africanos y asiáticos a Europa en los últimos tiempos desató una crisis que está muy lejos de terminar y que, para comprender en su totalidad, requiere de una serie de precisiones.

El aluvión de trabajadores africanos no es un fenómeno nuevo sino que -en forma regular- se remonta a la inmediata posguerra, cuando las entonces metrópolis coloniales (Gran Bretaña, Francia y Bélgica) estimularon la inmigración para reconstruir sus respectivos países, en una iniciativa a la que se sumó Alemania en la década de 1960. Como resultado, para la década de 1970 había un número significativo de afroeuropeos que comenzaron a modificar la demografía europea en un proceso que continúa hasta hoy y se expresa en las selecciones nacionales de fútbol, en que Londres sea una de las ciudades más cosmopolitas del mundo o que haya cerca de 3 millones de musulmanes franceses y otro tanto de musulmanes alemanes. Por esto, el argumento que sostiene que la presente oleada migratoria amenaza la identidad europea es falaz y sólo se basa en el racismo.

El fenómeno actual es distinto. No se trata de «invitados» por los estados sino de personas que huyen de conflictos armados o que simplemente buscan un futuro mejor. Las peripecias por las que pasan recuerdan el tráfico esclavista: se trata de redes formadas por numerosos eslabones, cada uno de los cuales requiere un pago. Para llegar a las costas africanas, para atravesar el Mediterráneo y, una vez alcanzados los centros de asilo europeos, para salir clandestinamente de ellos e «invisibilizarse» en búsqueda de trabajo. Las redes europeas de trata salieron recientemente a luz a partir del descubrimiento de un camión cargado de inmigrantes en Austria, los incidentes en el Eurotúnel o las denuncias sobre tráfico de personas que pesan sobre la guardia costera griega, en un negocio que supera los 2 mil millones de euros.

Más allá de los negocios ilegales que genera el flujo migratorio en Europa, hay una responsabilidad innegable de los estados miembros de la UE y la OTAN: Libia es el principal punto de partida de emigrantes africanos como consecuencia directa de la intervención militar conjunta de la OTAN y las monarquías del Golfo en el 2011 pese a los intentos de mediación de la Unión Africana. En la actualidad, el territorio libio está bajo el control de grupos armados y señores de la guerra que se financian con actividades legales e ilegales.

Por último, resulta paradójico que mientras se discute el problema de la jurisdicción universal en materia de Derechos Humanos en ámbitos internacionales, la UE cuestione en los hechos el derecho al asilo y el status de refugiado de las víctimas de la trata de personas. No es exagerado afirmar que el resultado de este debate define la calidad de la democracia.

Fuente: Infonews

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