OPINIÓN

«Laura Alonso y la desmalvinización» por Jerónimo Guerrero Iraola

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Afirmar que «la causa es justa», como quien busca una expiación, o sostiene que apunta a lograr la «paz mundial» no tiene valor. Es decir, sí, es mejor a que breguemos por guerra, muerte y desnutrición, pero las ciencias de la comunicación me han enseñado a ver más allá del texto.

Existen contextos. En este caso, quien enuncia desde Twitter que el Papa ha caído en una trampa, ejerce el cargo (por mandato popular) de Diputada Nacional. Lo que quiero referir, entonces, es que no puede, ni debería, echar frases al viento despojada de su investidura, de su rol institucional.

Así como se criticó a Julio Cobos por ir, ejerciendo un mandato Constitucional, en calidad de «turista» a nuestras Islas Malvinas, debemos repudiar manifestaciones como las de Laura Alonso, máxime atendiendo a los diversos proyectos (y consecuentes modelos) que se pondrán en juego en octubre próximo.

Fue Marcelo Kohen quien, en una entrevista realizada por Martín Piqué el 12 de abril de 2015 para Tiempo Argentino, afirmó que los candidatos debían decir [en campaña] qué piensan sobre Malvinas.

De esta forma, y atendiendo a que la Legisladora forma parte del PRO, liderado por Mauricio Macri, no es sobreabundante señalar que en 1997, el actual Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires llegó a decir que recuperar las islas implicaría un «déficit adicional» para un país «tan grande como el nuestro».

En efecto, parecería existir una coherencia extraordinaria al interior del PRO en torno a un tema sensible como Malvinas. Lo extraño, es que la liviandad de sus dichos se contrapone con una histórica demanda de los pueblos latinoamericanos. En la República Argentina, por ejemplo, Alfredo Palacios afirmó en el año 1934 que «El derecho de nuestra Argentina a la soberanía de las Malvinas es innegable. A pesar de ello, una de las naciones más poderosas del mundo, abusando de la fuerza, las mantiene en su poder. Es imperioso que el pueblo conozca su derecho. Los argentinos no hemos reverenciado nunca a la fuerza y a la riqueza, sino a la justicia”[1].

Asimismo, y para demostrar que la cuestión Malvinas ha estado en las agendas de la resistencia nacional, podemos citar también el Alegato Ruda de 1964 en el que, entre otras cuestiones, se sostiene: “Sólo en base a un acto de fuerza arbitrario y unilateral, Inglaterra se encuentra hoy en las Islas Malvinas”. Vale recordarle a la Legisladora Alonso, que el 16 de diciembre del año en curso cumplirá 50 años la Resolución 2065 de la Asamblea General de las Naciones Unidas que, entre otras, es la base sobre la que se asienta la [para ella] trampa en que ha caído Francisco.

Por su parte, las denuncias por crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad perpetrados por el Estado imperial británico y el Estado genocida argentino (1976/1983) respectivamente, como también las denuncias actuales relativas a devastación de nuestros recursos naturales, configuran un escenario que ningún dirigente argentino debería dejar de tener en cuenta. Estamos hablando, claro, del derecho humano a la Paz, el derecho humano al desarrollo y el derecho humano al medio ambiente sano. Sucede que para el PRO, los derechos humanos son parte de un “curro”.

Podría seguir nombrando hitos en torno a la reivindicación de nuestra soberanía sobre las Malvinas e Islas del Atlántico Sur. Se puede, también, remarcar la necesidad imperiosa de que los candidatos den cuenta de qué piensan y cómo piensan la cuestión Malvinas. Ha sido el kirchnerismo, en los últimos 12 años, quien hizo de aquellas banderas una cuestión de Estado y quien se lanzó a la osada tarea de (re)escribir la historia, de dar la batalla cultural.

El giro dado a la Comisión Nacional de Ex Combatientes, el Museo Malvinas junto con la desclasificación de los archivos relativos al conflicto armado del Atlántico Sur o el mapa bicontinental son sólo botones de muestra de cómo se ha concebido (y se concibe) la política pública malvinizadora.

Está claro que para otros partidos (el PRO, por ejemplo) se trata de “trampas”, de “déficits”, de la misma manera que tildaron a los derechos humanos de “curro”. No se puede pensar que en octubre elegimos sólo a un candidato. Elegiremos, pues, un proyecto. Los proyectos son perfectibles siempre y cuando se conozca su punto de partida y el de llegada (anhelado, esa utopía que según Galeano sirve para caminar), que sean públicas sus banderas, sus concepciones y cosmovisiones del país, la región y el mundo.

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