OPINIÓN
Macri volvió a ser Macri
volanta
Tras su fugaz defensa de la AUH, AA e YPF, endulzó a empresarios y banqueros prometiendo devaluación y el retorno a las leyes del mercado. Los que creen que la desigualdad produce crecimiento, ¿están en condiciones de ganar las elecciones de la mano del líder de Cambiemos?
Y un día, después de haber sorprendido reconociendo la AUH, la Aerolíneas Argentinas estatal y la nacionalización de YPF, todos logros del kirchnerismo gobernante, Mauricio Macri volvió a ser él mismo, el de siempre. Fue ante una tribuna de 450 empresarios convocados en el Hotel Alvear por el Consejo Interamericano de Comercio y Producción, que preside Eduardo Eurnekian, bajo la mirada atenta del embajador de los Estados Unidos, Noah Mamet.
Ante los verdaderos dueños del poder y del dinero del país (eso que se oculta tras el eufemismo llamado «mercado» en los discursos de sus habituales voceros), el judicialmente procesado candidato a presidente de Cambiemos prometió una devaluación («el mercado va a fijar el tipo de cambio, no vamos a intervenir. Veremos qué dice el flujo del mercado sobre un dólar de equilibrio»), la vuelta de la fuga de divisas («quiero terminar con el cepo. Si no existen cepos en Brasil, Uruguay y Paraguay, por qué lo tenemos que tener nosotros»), la eliminación de las retenciones («eso va a generar una explosión en el campo»), la apertura indiscriminada de las importaciones (eso es levantar las restricciones al comercio y la sepultura de las Declaraciones Anticipadas de las Importaciones) y las renuncias de Alejandro Vanoli, titular del Banco Central; y de Alejandra Gils Carbó, la Procuradora General de la Nación.
El retorno del fundamentalismo de mercado al discurso político nacional contó con la aquiescencia aplaudidora del banquero Jorge Brito, y de varios presidentes: el de la Sociedad Rural, Luis Miguel Etchevehere; el de la Cámara de Comercio, Carlos de la Vega; el de la Unión Industrial Argentina, Héctor Mendez; el de la Bolsa de Comercio, Adelmo Gabbi, y el de la Cámara Argentina de la Construcción, Juan Chediak.
¿Es Macri, además del candidato de las corporaciones, el líder de un sector social grande en condiciones de votarlo que volvió a creer en la desigualdad como factor de crecimiento?
El momento cumbre de la reunión llegó cuando los empresarios y banqueros le preguntaron a Macri por los organismos del Estado que, gane quien gane en diciembre, van a seguir bajo dominio de funcionarios validados por el Congreso de la Nación, como el Banco Central y la Procuración General: «Espero que muchos tengan dignidad y renuncien. El presidente del Central debería renunciar porque es un militante y no es independiente». Fue allí que los presentes estallaron en ovación.
La escena tiene un costado positivo. Macri volvió a ser Macri. No el que parecía querer tatuarse a Néstor Kirchner en el brazo, sino el empresario que es y promete un país atendido por sus propios dueños, que retorne lo antes posible al credo neoliberal de los ’90 y corrija las «distorsiones populistas» (entiéndase por eso, la materialización de derechos en base a políticas de inclusión social inéditas) que introdujo el kirchnerismo.
Tal vez lo obnubiló su alborozada platea, quizá al sentirse uno más de los que estaban allí se fue de lengua, pero lo cierto es que su homilía fue más atrevida de lo aconsejable para un candidato en campaña. Porque desnudó su verdadero programa de gobierno, uno que cualquier analista sensato atribuiría a un exponente de la derecha pura en materia económica: son ustedes, empresarios y banqueros, «el mercado», los que entrarán a la Casa Rosada a tomar las decisiones si yo llego a ganar.
A su modo, el procesado Macri es el cuadro empresario más audaz del poder económico concentrado. Se metió en política, cuando la mayoría de sus colegas entiende que la exposición pública no se lleva bien con el poder. Abandonó el lobby para copar directamente el Estado. Gobernó durante dos gestiones el distrito Capital y obtuvo los votos necesarios para extender su influencia, durante cuatro años más. Y está lanzado a la presidencia del país.
Lo que propone, en resumidas cuentas, entregarle las llaves del Estado a los oligopolios y monopolios, ya fue aplicado hace 26 años. En aquel entonces, el plan neoliberal necesitó de la máscara peronista de Carlos Menem para ser ejecutado con aval popular. Ahora, los dueños de Menem en el ’89 suponen que no hace falta mimetizarse con nadie para regresar al gobierno. Macri es eso. La expresión cristalina de un proyecto anacrónico que acabó en genocidio industrial y exclusión social a mansalva.
Después de doce años, la derecha que intentó todo para desbancar al kirchnerismo (corridas cambiarias, guerra mediática, demonización de dirigentes, recurrentes montajes escénicos desestabilizadores, manipulación judicial, lobby negativo en el extranjero y todos los etcéteras imaginables), comenzó a convencerse de que debía probar en el terreno donde el kirchnerismo se hizo fuerte: el electoral.
Atacar el corazón del proceso de transformaciones de estos años rompiendo el vínculo de las políticas que rechazan y que todavía cuentan con el apoyo de mayorías sociales en las urnas. Macri responde a esa estrategia. La de construir una derecha con votos, o con capacidad de obtenerlos, sin recurrir al peronismo.
En el Alvear quedó claro. Por lo bajo, lo único que le reprocharon algunos fue la soberbia que le impidió arreglar con Massa cuando era el momento. Ahora parece tarde. Sólo Beatriz Sarlo y Clarín siguen pensando en alguna alternativa que los una, quizá que Massa se baje de la presidencial para favorecer a Macri y María Eugenia Vidal deserte de la provincia para concentrar todo el voto opositor detrás de la candidatura de Felipe Solá.
Macri no les quiere dar el gusto. La opción de acordar algo con Massa lo desvía de su plan: no incorporar peronistas, aunque sean de derecha, en el dispositivo. Macri quiere ser puro y duro noventismo, sin maquillajes, ni subterfugios. La utopía de un país atendido por sus propios dueños, donde Techint maneje la secretaría de Industria, Arcor la de comercio Arcor, la Sociedad Rural la de Agricultura, Clarín la AFSCA, Telecom y Telefónica la ATFIC, Adeba el Banco Central, Boldt la Casa de la Moneda y la Cancillería pase a ser una sucursal de la Embajada de USA.
Por eso, entre otras cosas, la amenaza a Vanoli, que en realidad preanuncia una intrusión al BCRA para modificar la Carta Orgánica actual que puso a la entidad en órbita con el proceso de desarrollo e inclusión de los últimos años, desalojando de la mesa de decisiones a los banqueros y el horizonte de timba permanente. O la amenaza a Gils Carbó, creadora de la Procelac, que investiga el lavado, la fuga de divisas y los ataques especulativos contra el peso, rara avis del Poder Judicial que no trabaja como abogada de las corporaciones.
Son dos lugares clave para el bloque de poder que encabeza Macri. El Central y la Procuración, que ahora también se ocupa de los delitos de guante blanco. No es casual que entre los que aplaudían al líder de Cambiemos se destacara Gabriel Martino, presidente del HBSC, banco investigado por el escándalo de las 4040 cuentas en Suiza no declaradas a la AFIP.
Macri viene a ser como un restaurador de una única ley: la de la selva. Su plan, además, incluye una devaluación, proceso que increíblemente apoyan por igual exportadores e importadores. Su afán por bajar salarios los une, aunque después discutan sobre la letra chica. Lo que no dijo el procesado jefe PRO es que de la única manera de que cierre su plan económico es con endeudamiento.
Aquí el kirchnerismo es víctima de su propia eficacia. La relación deuda/PBI que deja a sus sucesores, pone a un eventual gobierno de derecha en una situación inigualable para volver a pedir préstamos externos con alta capacidad de repago. Pero no para obras de infraestructura, sino para gastos corrientes y alimentar así una falsa sensación de consumo.
Algunos economistas calculan que la Argentina podría volver a endeudarse en 30 mil millones de dólares, casi el mismo caudal de reservas que tiene hoy. La bonanza circunstancial que podría derramar sobre una sociedad inundada de productos importados gracias a la apertura indiscriminada generaría un efecto placebo, que no haría visible en el corto plazo la destrucción del empleo y el salario, por ende, del mercado interno, ni la desindustrialización que traería aparejado.
Eso ya lo vivimos. Los ’90 comenzaron así. El estallido del 2001 fue producto de esas políticas. Cuando se terminó el crédito, no quedó nada en pie. Ni siquiera el gobierno.
La pregunta es si existe alguna posibilidad de que ese proyecto retorne con aval de las urnas, cuando sus consecuencias dramáticas todavía están frescas en la memoria social. Una respuesta rápida es que no.
Pero es una respuesta rápida. La memoria puede fragilizarse por el paso del tiempo y también por la fatiga de las expectativas. Una sociedad constantemente bombardeada por una cadena monopólica de sentido que el único futuro que propone es el pasado dramático presentado como destino insalvable, es una sociedad maniatada de deseo que, por abatimiento, puede elegir lo que peor le hace. En vez de inclusión, exclusión. En vez de igualdad y derechos ampliados, desigualdad y resignación de conquistas.
El sociólogo Francois Dubet acaba de escribir un libro titulado Solidaridad: ¿Por qué preferimos la desigualdad?. Y se contesta: «Algunos son de la idea de que la desigualdad sería fundamentalmente buena para el crecimiento. Para otros, la igualdad es un principio abstracto y no un valor por el cual valga la pena combatir. En los ’80, los Estados Unidos de Ronald Reagan y la Inglaterra de Margaret Tatcher llevaron a cabo revoluciones desigualitarias, proclamadas como tales, y no sin apoyo popular en ambos países».
Y continúa: «En nuestros días, los militantes del Tea Party que rechazan el seguro de salud universal no son la emanación de Wall Street. Al querer despojar de las protecciones y ayudas sociales a los franceses que les parecen menos franceses que los demás, los electores del Frente Nacional tampoco son los portavoces de las finanzas internacionales».
Dubet plantea una crisis de las solidaridades, entendida como el desapego a los lazos sociales que nos llevan a desear la igualdad de todos, incluida, muy en particular, la de aquellos que no conocemos. El kirchnerismo logró reinstalar el concepto de igualdad de oportunidades para todos como horizonte democrático. Y al Estado, como garante de esos derechos.
Pero si uno hace un recorrido por la prensa hegemónica, su bajada de línea constante asigna a esa noción de igualdad (ejemplo, la cobertura previsional para todos en edad de jubilarse, o programas como el Pro.Cre.Ar, el Progresar o Qunita) un alto costo en materia fiscal. Es decir, vincula esos programas no a una solución democrática, sino a un problema de caja. El Estado benefactor, en su óptica, es un Estado saqueador. Y los beneficiados por esas políticas inclusivas, saqueadores.
Es común escuchar en el tren, en el colectivo, en la sobremesa de los ejecutivos, en el supermercado, en cualquier ámbito, incluso en la franja social de los propios beneficiarios, la charla que atribuye a mujeres de clases humildes el interés de embarazarse para cobrar un plan, o criticar que se use «la plata de los jubilados» (en realidad, de la ANSES) para, por ejemplo, fomentar la construcción de viviendas que generan mayores aportes a la seguridad social.
Así como hay discursos socialmente integradores, los hay en sentido inverso. La mitología negativa precede a la exclusión o a la separación del presunto saqueador. Dice Dubet, atravesado por el pesimismo que envuelve a Francia en particular, y a la vieja y culta Europa en general: «Al mismo tiempo observamos un reflujo de los Estados de bienestar, un retroceso de la creencia en la capacidad de las instituciones de garantizar una igualdad social relativa. En todas partes se manifiestan tendencias al repliegue y la ‘separación’, y el ‘hartazgo fiscal’ no es otra cosa que la negativa a pagar por quienes presuntamente no lo merecen».
La ilusión de una igualdad abstracta, despegada de mecanismos de distribución e intervenciones estatales necesarias, es de carácter religiosa. Habitualmente se la puede leer en los comunicados del Episcopado, son apelaciones morales que se desentienden de los procesos indispensables que hacen posible la igualdad real.
Una ilusión de calibre idéntico, como si fuera una contrarrevolución espiritual, tuvo la mayoría social de argentinos que apoyaron las recetas neoliberales en los ’90. Creer que un peso podía valer un dólar y asumir como cierta la teoría del derrame fue una manera de maquillar la regresión distributiva y la exclusión de otros compatriotas con aval electoral, hasta que todo se fue al demonio.
¿Es Macri, además del candidato de las corporaciones, el líder de un sector social grande en condiciones de votarlo que volvió a creer en la desigualdad como factor de crecimiento?
Si así fuera, sería un enorme retroceso político y una debacle económica cantada. Pero, sobre todo, una derrota cultural que van a pagar varias generaciones futuras.
Fuente: Infonews