ENTREVISTAS
Sbaraglia: «No somos dueños de nuestros cuerpos»
volanta
Entrevista de Tiempo Argentino a Leonardo Sbaraglia, en la piel del boxeador de su próxima película Sangre en la boca, dirigida por Hernán Belón, habla del paso del tiempo, de la experimentación y de la necesidad de luchar para que el país no vuelva a ser una empresa.
Cerrar la tapa del termo. Desenroscar cuatro vueltas, despacito, con la mano derecha, hasta que el hilo de agua borre el espacio vacío entre la yerba uruguaya y el mate. Afuera del camarín rodante, el frío apura a los que caminan por la calle Castro Barros. Dentro, Leonardo sólo se preocupa por la temperatura del agua mientras la encargada de prensa se empecina en hacer bien las cosas. Maquilladoras y asistentes son satélites que merodean el planeta Sbaraglia, esta vez en el rol de un boxeador que acaba su carrera y descubre la pasión en la juventud de una bella dama. Vejez y juventud, como en un cuento de Jack London, matices de la vida de un hombre que sabe que el fin esta cerca. Y para siempre.
«Está medio lavado», avisa al estirar el brazo derecho. El mate no sólo está lavado, también está frío. Pero no importa. El actor no insiste. Los tres tatuajes ficticios están listos: dos nombres sobre el pecho y el logo de Los Héroes del Silencio pintado al revés en la espalda. En pocos minutos, una chica de veintipico lo llevará adentro de la Federación Argentina de Boxeo, donde se filma la película Sangre en la boca, del director Hernán Belón.
El tono muscular de Sbaraglia luce entrenado. Hace meses que entrena dos horas todos los días. «No se trata –previene– de ser un boxeador sino de parecerlo. Pude ver festivales de box, y el personaje de a poco se te va metiendo en la imaginación, algo se va cocinando. De alguna manera, fertilizando en tu propio cuerpo.»
–¿Qué foco elegiste para encarar este trabajo?
–Es la historia de un tipo que no logra asumir muchas cosas de su edad. Me da la sensación de que empieza a no poder integrar eso a su vida. Entonces, entra en una crisis vital, que todos podemos tener. El tema es cómo uno lo afronta, lo recicla y reflexiona.
–¿Y cómo lo afrontás?
–Es un cuerpo en caída. Un tipo que se golpea contra la pared a través de un mundo que es muy bestial, duro, bastante elemental. Es una reflexión sobre el mundo del boxeo, sobre el nivel de brutalidad y lo que provoca en un cuerpo. Las heridas y las huellas que quedan. Un tipo cuyo cuerpo ya no sirve para boxear, entonces, ¿para qué le sirve? Es un cuerpo que quizás nunca haya sido de él, que fue instrumento del negocio y que fuera de él, ya no le sirve.
–Definiste a los actores como animales frágiles. ¿Se puede comparar tu oficio con el de los boxeadores?
–La tragedia de la vida útil del deportista es que se termina. Al actor no le sucede lo mismo, puede trabajar toda la vida porque va contándose a través de otros cuerpos. Y en esa batahola de expresiones, me pregunto dónde queda la propia expresión: ¿dónde estoy yo?
–En los últimos tiempos te descubriste en otras poses. Teatro, música. ¿Cuesta romper el estereotipo que el sistema comercial te pide?
–Son necesidades personales. Nunca me interesó que me pongan en un lugar. Hice el tipo de carrera que quería hacer. Me pude haber equivocado pero en líneas generales estoy conforme con lo que hice. Me interesa escribir, dirigir en algún momento, pero este sistema te obliga a estar haciendo cosas para tener guita.
–El Flaco Spinetta decía que nacimos para garpar…
–(Risas) Siempre hay que estar haciendo algo. Hace dos años que estoy desarrollando un espectáculo teatral con tres músicos que se llama El territorio del poder. Refiere al cuerpo, porque no somos dueños de nuestros propios cuerpos. La trama está basada en cómo el cuerpo ha sido explotado a lo largo de los siglos, como usufructo de las necesidades del poder.
–¿De qué hablan los textos?
–De la Inquisición, del Mundial de Fútbol de 1978, del Holocausto nazi. Está presente el texto de Elías Canetti Masa y poder, sobre el cual nosotros hacemos una interpretación. Es un diálogo arbitrario, por ahí va mi desarrollo. Son nuevas posibilidades sonoras de investigación, un rico universo.
–Volviste al país en 2009, con hija y esposa, ¿cómo encontraste todo?
–Encontré un país maravilloso, inestable, de una enorme fragilidad, donde se produjeron hechos que a nivel mundial son muy originales. Es un fenómeno único que un gobierno de centro-izquierda se mantenga tantos años en el poder, con tanta popularidad, que siga tomando medidas tan importantes para mantener la independencia económica. Es un efecto que ocurrió casi de casualidad, porque nadie lo esperaba. Entró por un lugar que, si sabían lo que iba a pasar, no lo hubiesen permitido. Sobre todo cuando en Argentina hay un 30% de derecha atroz, genocida. Hay que seguir con la esperanza de que los cambios se sigan produciendo, buscando integrar cada vez más al país. Y eso se consigue con lucha, confrontación. Muchas cosas mejoraron, entre ellas, la conciencia de país como país, ya no como empresa.
–¿Sentís que se recuperó la autoestima?
–Exacto. Cuando en 2001 me fui a España, no estaba orgulloso sobre lo que estaba pasando. Ahora se produjo una cosa de mucha más dignidad. Eso es muy importante. La pelea de la restructuración de la deuda, tantas medidas que provocan resistencia a nivel internacional y en el capitalismo argentino. Hay un sector que le hace el juego a las empresas y no a las políticas sociales. Hay gente que sólo defiende sus negocios.