CULTURA
Cabré deja el alma y se banca el protagonismo
volanta
Arturo Puig, el director, pudo exprimir a Nicolás Cabré, que sale airoso en esta delirante comedia que cumple su objetivo: disfrutar y reírse un rato.
Arturo Puig nos dice que lo más difícil de los ensayos de “El Quilombero” fue lograr la sincronización, porque “todo está milimétricamente calculado en dos escenas simultáneas”. Y después nos desasna al explicar que hasta que no se estrene, el resultado de una comedia es incierto. “Después del quinto ensayo, yo ya no me reía más, por eso es tan importante cerrar el círculo y ver cómo está funcionando con el público”.
Despúes de las gratificantes experiencias como director en “Le Prenom” y “Piel de Judas”, Puig aplica su rigor y refinamiento en “El Quilombero”, que acaba de anclar en la cartelera porteña, donde lo hizo con ímpetu y espíritu ganador, avizorando una temporada promisoria.
La trama gira en torno a un fotógrafo (Nicolás Cabré) que llega a un hotel para cubrir la declaración de un testigo de un caso policial, y a un francotirador (Luis Ziembrowski) que tiene la intención de que ese testigo no hable. Sin advertirlo, están hospedados en habitaciones contiguas. Mientras el sicario busca el mejor ángulo para realizar su trabajito; el fotógrafo, vía telefónica, sufre un desengaño amoroso que deriva en infructuosos intentos de suicidio, que dicho sea de paso, provocan una catarata de carcajadas.
En los dos cuartos se sucede esta comedia de enredos, plagada de gags que dan en la tecla. Y en esos dos cuadros es donde se lleva a cabo esa “milimétrica sincronicidad” de la que hacía referencia su director.
“El Quilombero” cumple sobradamente con sus expectativas con una historia simple, dinámica y efectista, con una acción que no se detiene un segundo y que cuenta con un elenco que hace un tremendo esfuerzo físico.
En este aspecto sobresale el protagonista, Nicolás Cabré, que sorprende por su entrega, estado atlético y, también, su capacidad de comediante para ponerse la obra al hombro. Cabré es un actor más televisivo que teatral, con un par de obras en las que pudo demostrar su amistad con las tablas: “El cartero” y “El gran regreso”, ésta dirigida nada menos que por Alfredo Alcón. Sin embargo, las dudas que podría concitar su protagonismo rápidamente se disipan cuando exterioriza a ese fotógrafo entre bipolar e histérico, al que le aporta un crisol de giros y gestos -algunos televisivos- que le sirven para redondear una labor elogiosa.
Pero no está sólo Cabré: su partenaire, Luis Ziembrowski es el ladero ideal para devolverle todas las paredes, al igual que el peculiar conserje que encarna Alejandro “Huevo” Müller, dueño de unas miradas irresistibles. Los tres se llevan la mayoría de las carcajadas y los aplausos, junto a Marcelo DeBellis, que personifica a un médico estrambótico, en pareja con Luisa (Mercedes Oviedo, quien se suma a la acción bien entrada la obra y lo hace con corrección), quien acaba de abandonar al atormentado fotógrafo.
Otro de los puntos altos es el aspecto visual. Desde el vamos la escenografía cautiva por los ojos y allí el responsable es Alberto Negrín, un maestro del diseño .
La mano de Puig en la adaptación de la obra (de Francis Veber, el autor de “El Placard”) se ve en la blancura del texto, donde prioriza el buen gusto a las malas palabras, que casi brillan por su ausencia.
Se especula con que “El Quilombero” será una de las vedettes de la calle Corrientes porque resulta una propuesta ágil, intensa y amable, que apunta a distraer y a redescrubir a Nicolás Cabré, que se mató para no defraudar.