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La casa: historias entre lo familiar y lo siniestro

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Una casa en el Tigre es la excusa y el dominio que da pie a los trece relatos unitarios que reúne La casa, última ficción estrenada por la TV Pública y una de las dieciséis que en 2013 fueron seleccionadas por el programa de fomento impulsado por el Ministerio de Planificación y el Consejo Interuniversitario Nacional, para producciones destinadas al prime-time.

La saga se inicia en 1929, y cada nuevo episodio va a saltar a la década siguiente, renovando el entorno histórico. Según esta dinámica, el devenir de la residencia y el de sus propietarios se constituye en el hilo (frágil e inestable) que va a ensartar las peripecias a los caprichos del destino. Sin embargo, gracias a esa estrategia argumental que es de por sí un enigma (¿quiénes son los habitantes de la casa? ¿Qué piensan? ¿Por qué están ahí?), todo lo que sucede oscila entre lo familiar y lo extraordinario, con tenues dosis de suspenso y oscuro costumbrismo, rara vez de humor. Sobre todo, según Tiempo Argentino La casa va a poner en tensión el registro realista con la resolución fantástica de los sucesos, abriendo un abanico de lecturas y referencias que conducen al cine, a la literatura y a la política nacional.

Dirigida por el cineasta Diego Lerman (responsable de la idea original, además de productor junto a Nicolás Avruj) y Fernando Zuber (también el productor artístico), La casa demandó un esfuerzo singular en la instancia de puesta en escena y diseño fotográfico, por el imperativo de ajustar la ambientación, el vestuario y la iluminación a cada una de las épocas y las estéticas que la serie atraviesa.

En este sentido, fueron invaluables (y están a la vista) las providencias del director de fotografía (Iván Gierasinchuk) y de la directora de arte (María Eva Duarte). Asimismo, la dimensión del proyecto y el carácter cinematográfico que los realizadores decidieron imprimirle –se trata de relatos que nutren su dramatismo en la belleza de la imagen y en la escrupulosidad de las interpretaciones– puede medirse en la estirpe teatral o audiovisual de los guionistas. Entre ellos, predominan Mara Pescio, Marcelo Pitrola, Alberto Rojas Apel, Sebastián Rotstein, Ezequiel Schmoller, Mariano Vera, Diego Fleischer y Gustavo Cabaña.

La estructura de La casa incluye una introducción variable en cada entrega que, mediante imágenes de archivo y el relato en off (en la voz de la actriz Marta Lubos), brinda información contextual de los moradores precedentes y de los por venir, además de anunciar los acontecimientos que, de inmediato, se van a desencadenar.

«La violencia, doctor, es la verdadera naturaleza de la Naturaleza», conjetura un personaje en el primer capítulo («Criatura»). En esa reflexión, susurrada casi con desgano, los autores deslizaron una clave que sirve para descifrar el conjunto: esa mansión menoscabada por el paso del tiempo, por la humedad del entorno y un sinfín de trajines familiares y delictivos, configura el ámbito (cierto y simbólico) en el que van a suceder hechos violentos, de distinto grado y extravagancia, pero de la misma genealogía humana.

Ahora bien, si se consideran los muchos prodigios que La casa procura al espectador, resultan inexplicables ciertos descuidos vinculados con la reconstrucción histórica y la continuidad narrativa. Por ejemplo, en el episodio dos («Despedida») se menciona que Roberto y Victoria Albarellos adquieren la casona del Tigre. En cambio, en el capítulo siguiente («Japonés») se dice que la esposa del mismo Roberto Albarellos se llama Sarita Pereyra Lucena.

En el capítulo siguiente («Secuestro») uno de los rufianes (que, como buen rufián argentino, sufre de melancolía aguda) le pide a su víctima que apague la luz, cuando es notorio que la luz está apagada.

En el capítulo cinco («Trío») Natalia (Vera Spinetta) y Alfredo (Pedro Merlo) amenizan el contenido sexual de su noviazgo, fumando porros, alentando fantasías eróticas con la empleada doméstica y leyendo fragmentos del Manifiesto Comunista, de los Manifiestos del Surrealismo de André Breton, y de Estrategia obrera y neocapitalismo del pensador austríaco André Gorz. Aquí los problemas se diversifican.

Por un lado, hay que señalar que, dado que esta historia está situada en 1967, los protagonistas no podrían estar leyendo el libro de Gorz, cuya primera edición en español está fechada en 1969. En segundo lugar, durante las conversaciones que mantienen los amantes (por momentos, impostadas y grandilocuentes), no faltan las alusiones a Jean-Paul Sartre uno de los intelectuales que planeó sobre el Mayo Francés, evangelizando en la responsabilidad ética y moral que le cabe a cualquier individuo, en relación a sus actos voluntarios. Esa «idea» que gravitó en el movimiento estudiantil llegando a influenciar a más de una generación de militantes, será devaluada por la pareja de «izquierdistas» afrancesados que, antes que por la revolución social, parecen animados por la praxis clasista del intercambio carnal.

En cuanto a las actuaciones, salvo excepciones honrosas (Luis Ziembrowski, Alberto Ajaka, Rafael Spregelburd, Claudio Tolcachir), las actrices sobresalen en el desafío físico y gestual que les fue encomendado. Erica Rivas, María Onetto, Julieta Vallina, María Merlino, Belén Blanco, Cristina Banegas, Martina Juncadella (¡hay que seguir muy de cerca a esta joven!), Mirta Busnelli y Mercedes Morán componen criaturas suculentas todas ellas. Desde la normalidad aparente hasta la distorsión emocional explícita, sus personificaciones y transformaciones derraman hondura expresiva y verdad.

Entonces, cada vez que una de ellas entra en escena, repara y potencia un dispositivo narrativo que, en ocasiones, parece precipitarse a la deriva. No obstante, el surtido de rarezas y desvaríos humanos que exhibe La casa alcanza para el disfrute y para recordar que, no importa cuáles sean las apariencias, la casa nunca está en orden.

¿CUÁNDO?

De martes a jueves a las 22:30 por la TV Pública. También en la plataforma de CDA (cda.gob.ar) y la web de la TVP (los ya emitidos).

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