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La Plata, Buenos Aires, Jueves 26 de Noviembre de 2020 -  05:18 pm 
OPINIÓN

16-11-2020

"Militancia de ayer y de hoy", por Alberto Lettieri


Escribir sobre la militancia de ayer y de hoy implica un desafío múltiple. Por un lado, porque las comparaciones suelen resultar odiosas. Por otro, porque los tiempos y las condiciones de su práctica son significativamente distintos.

¿Es posible comparar la militancia de la Resistencia Peronista, de la Noche de los Lápices o de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, por casos, desarrollada en tiempos de dictaduras y Terrorismo de Estado, en los que a cada momento se ponía en juego la vida, con las condiciones actuales de una república democrática?

La Dictadura Cívico-Militar desplazó la solidaridad, instalando el individualismo, la sospecha, la competencia constante. Las condiciones de la práctica de la militancia son tan diferentes, que hasta resulta problemático utilizar un mismo significante para ambas. Entre la convivencia constante con la muerte, la tortura o la cárcel y la militancia rentada, entendida como canal para el desarrollo de carreras individuales, hay un océano de distancia.

Por no hablar de los sueños y de las utopías, aquellas convicciones que llevaban a jugarse la vida en cada esquina, en cada encuentro, en cada lucha.

Cierto es que todavía quedan muchos jóvenes compañeros y compañeras que creen en sueños compartidos, en la construcción de una sociedad distinta. Pero, lamentablemente, a menudo no tienen un reconocimiento acorde a sus esfuerzos.

En nuestra sociedad contemporánea, plagada de intereses y egoísmos, tal vez debamos explorar la militancia no por el lado de la política sino de la acción social. En aquellos que continúan participando en el territorio, organizando comedores, colaborando en tareas de alfabetización, ayudando a los más necesitados a conseguir algún tipo de subsidio, medicación o tratamiento.

El problema de la militancia política contemporánea es la profesionalización. Entre lo que era una actividad voluntaria, no rentada, una acción de lealtad y de compromiso, de vocación, y la militancia remunerada, como actividad rentada, las distancias son enormes.

Hay un elemento central que –además de la renta- diferencia a ambas, que es la motivación. La falta de utopías, de sueños compartidos. Desde el retorno de la república en 1983, hubo algunos momentos en el que se generaron esos fabulosos disparadores. El primer tramo del gobierno de Raúl Alfonsín, y los gobiernos de Néstor y de Cristina Fernández. Pero, tras la derrota electoral de 2015, las ilusiones colectivas lentamente se fueron esfumando. No existe, hoy en día, una gesta convocante. No hay molinos de viento a los que apuntar. No hay un proyecto colectivo ni un conductor asociado a esa aventura colectiva. Racionalidad pura y simple.

Relaciones de fuerza, planillas de cálculo, ambiciones personales…

¿Recuperaremos alguna vez la capacidad colectiva de transgresión? ¿Seremos capaces de construir y abrazar un sueño por el que la vida de cada uno de nosotros merezca ser puesta en juego? ¿Recuperaremos la militancia? Aquella desgarradora pasión de Evita y de nuestros mártires. ¿O estaremos condenados a vivir en un mundo sin utopías, en el que hasta la militancia tiene precio?

La política, desprovista de sueños, se convierte en simple administración de recursos sujeta a las relaciones de fuerza imperantes. “El arte de lo posible” de Maquiavelo. Pero esa no es la filosofía del peronismo, que requiere de un conductor que proponga un sueño en sintonía con las demandas y expectativas latentes en un pueblo. Así se construye un sueño, un proyecto colectivo, una ideología convocante, capaz de convertir a los ciudadanos en militantes de una causa colectiva.

El desafío está planteado. De nosotros depende recuperar el vínculo entre la militancia de ayer y la de hoy en una línea coherente de continuidad.

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