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La Plata, Buenos Aires, Sábado 25 de Mayo de 2019 -  12:07 pm 
OPINIÓN

05-03-2019

"El intercambio", por Nicolás Deleville


Es una noche fresca, o lo que se puede decir fresca para estos climas y de cielo despejado en Cuba. Me encuentro en un pequeño puente que cuelga sobre la pileta en el hotel Las Américas; el cual conecta el patio principal y entrada al lobby con la zona oeste, donde se encuentran las canchas de tenis y la entrada a la playa. El lugar es tranquilo; lo suficientemente apartado como para que no haya tránsito de personas, pero no tanto como para levantar sospechas. Además desde allí se puede apreciar buena parte de la playa del hotel y el mar, dando así una vista hermosa que contribuye a mi tapadera de turista. Lo que con una más que conveniente ausencia de cámaras lo convierte en una posición ideal.

Sobre el barandal tengo un gin tonic con unas rodajas de lima y en mi mano izquierda un puro, del cual, de tanto en tanto doy una calada, seguido de un sorbo del coktail; la briza marina y el romper de las olas contra la costa crean un sonido arrollador y sereno. El viento juega con mi camisa y choca con mi rostro brindando una sensación fresca y agradable, mientras me distraigo levemente observando las olas, las palmeras y a veces las sombras que bailan sobre el agua de la piscina bajo mis pies.

Miro la hora 00:30; mi contacto debería de haber llegado hace rato, miro levemente hacia mis costados, ocultando mi nerviosismo... No hay nadie. ¿Lo habrán atrapado? ¿Habrá cantado nuestro punto de reunión? Esto se salía demasiado del plan.

Mi cabeza a este punto es una cascada constante de ideas, habíamos acordado hacerlo puntual, y ya habían pasado más de 20 minutos de la hora fijada.

No paraba de imaginarme la escena: un almacén de mala muerte, oscuro e iluminado levemente por una lámpara de escritorio. El sentado en una silla mientras el interrogador repetía una y otra vez la misma pregunta ¿Para quién trabajas?, De tanto en tanto un golpe o un electroshock era efectuado ante la ausencia de respuestas. Intento calmarme, probablemente solo se halla atrasado en un control de carretera. Doy una pitada a mi cigarro, observo las estrellas... Además él no me delataría, tampoco se dejaría atrapar; después de todo siempre contábamos con una pastilla de cianuro para esas situaciones. Francamente era mejor que ser atrapado, aunque fuera una muerte espantosa.

Doy unas palmadas a mi bolsillo derecho, el paquete sigue en su lugar. Es imposible no estar nervioso; a pesar de tener experiencia en Langley, habían insistido más de la cuenta en lo importante de mantenerme fuera del radar durante el trabajo y lo grave que sería si la información caía en manos enemigas.

Doy otro sorbo al gin tonic, el regusto a hierbas de la ginebra colma mi garganta. Unos pasos se escuchan, miro de reojo, un hombre levemente más alto que yo de tez morena y vestido en uniforme de personal de limpieza se acerca, de uno de sus brazos cuelga un abrigo de cuero, mi mano izquierda sigilosamente posada sobre la pistola de servicio, mientras unas gotas de sudor bajaban por el mango de la misma, mi dedo índice en el gatillo tiembla con duda. El tipo se apoya a mi lado sobre el barandal del puente

-un día senté a la belleza a mis piernas y la encontré amarga y la injurié!

La frase era la correcta. Mis dedos índice y mayor se agitaban suavemente mientras los introducía en el bolsillo de mi camisa y sujetaba el periódico, para dejarlo con extremo cuidado a un lado del barandal; dentro traspapelada entre sus páginas se hallaba una tarjeta de memoria con los datos de la investigación.

Recoge el periódico y se lo guarda, dejándome la campera. Espero a que se aleje un poco y me la pongo; llevo la mano al bolsillo-allí estaba el manojo de billetes- los cuento aproximadamente sin sacarlos-la suma parecía ser la acordada-.

Comienzo a caminar hacia la calle y me dirijo a la dirección indicada; por seguridad siempre por calles a contra mano de la dirección del trafico, aunque aquello me tomara más tiempo de caminata y mirando de vez en cuando hacia atrás.

Al llegar veo una casona aparentemente abandonada con un buzón en la puerta, miro nuevamente a mi alrededor-Estoy solo... Deposito el dinero en el buzón, me alejo unas calles hacia una parada de taxis y subo a uno de esos coches clásicos tan típicos de cuba. Un impala de color rojo con algunas franjas color blanco rodeando las ventanillas y maletero de ese mismo color, que conserva su majestuosidad como recién salido de fábrica.

Miro al chófer..
-Al aeropuerto por favor-

El chófer enciende el motor con un chasquido del tambor al girar las llaves y salimos hacia mi destino. En 4 horas tendría que volar a Bagdad vía México, el intercambio se había realizado sin ningún contratiempo.

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