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La Plata, Buenos Aires, Miércoles 20 de Junio de 2018 -  09:58 pm 
CULTURA

05-06-2018

“Un buen chiste no debería necesitar de signos de admiración, sólo de las ideas”


Carlos López Puccio se refirió a los orígenes, logros, cambios y ausencias del reconocido grupo humorístico musical, que celebra sus 50 años de vida

Se trata de una antología renovada de grandes éxitos como “La Balada del 7º Regimiento”, “Rhapsody in Balls” o “El Sheriff Benson”, entre otros clásicos, con el que el conjunto compuesto actualmente por Carlos López Puccio, Jorge Maronna, Marcos Mundstock, Tomás Mayer Wolf, Martín O’Connor y Horacio Tato Turano continúa celebrando los 50 años de su creación.

Desde “Cantando a la Ópera”, estrenado en septiembre de 1967, han realizado 7500 funciones, y han sido vistos por más de nueve millones y medio de espectadores en diferentes partes del mundo, recibiendo preciadas distinciones nacionales e internacionales.

Antes de las funciones en La Plata, ciudad a la que regresarán el 5, 6 y 7 de julio, Carlos López Puccio dialogó con EL DÍA sobre cómo el grupo logró trascender en los años, sin desvirtuar su esencia artística.

-Han cumplido 50 años juntos. ¿Cuál es el secreto del éxito?

-No lo sabemos. Tal vez fue que sin querer descubrimos una carencia en el mundo del espectáculo, algo que hacía falta en la oferta teatral de nuestros comienzos: humor refinado, inteligente, en un envase en el cual estaban íntimamente imbricados lo teatral y lo musical. Y nos encontramos, para nuestra sorpresa, con que había mucha gente dispuesta a disfrutarlo. Luego fue cuestión de aprender bien el oficio, de mejorar el resultado y a la vez de no sacrificar el nivel de refinamiento en aras del éxito masivo. Esa parte no fue fácil y tal vez una porción del secreto haya residido en nuestra tozudez para no desatender las normas de calidad que nos impusimos.

-Parecen un grupo muy sólido, sin embargo, hasta los más sólidos, a veces hacen agua, ¿cómo han hecho para mantenerse unidos durante tanto tiempo?

-Tuvimos un largo proceso de aprendizaje. Fueron definitorios los muchos años de terapia grupal que hicimos con el Dr. Fernando Ulloa, un maestro ya desaparecido. Con él aprendimos lenta y un poco dolorosamente a valorar la calidad del aporte de nuestros compañeros, fuimos entendiendo que ninguno de nosotros podría haber inventado individualmente a Les Luthiers, que era un hijo de todos, y que el aporte de los demás era respetable, valioso y esencial. Al principio nos peleábamos mucho, sí, en aras de la individualidad pero con los años fuimos aceptando la disidencia y enorgulleciéndonos del producto que íbamos criando juntos.

-Si tuviera que levantar la copa por algo puntual de Les Luthiers en estos cincuenta años, ¿cuál sería su brindis?

-La concesión del Princesa de Asturias en 2017. Fue un gran hito en nuestra historia porque ese jurado internacional, incorruptible, nos puso incluso por arriba de nuestra propia estima al afirmar entre otras cosas que Les Luthiers era “espejo crítico y referente de libertad en la sociedad contemporánea”. Siempre hicimos lo nuestro pensando en divertir con calidad, nunca aspiramos a tanta significación. Por otra parte, ese Premio nos hizo “socios” de un club que entre sus miembros cuenta a Woody Allen, Scorsese, Francis Ford Coppola, Barenboim, Penderecki, Muti...

-¿Ha ido variando propuesta desde sus inicios? ¿Cómo respiran estos aires de cambio que muchas veces imponen que ya no se puede reír de las cosas que antes nos hacían reír?

-Es un condicionante del humorismo de todos los tiempos. No de todo se pudo reír en cualquier momento de la historia. Claro que a veces, en nuestra época, los cambios han sido vertiginosos y los hemos acompañado con mayor o menor agrado. De tanto en tanto uno se resiste, pero la rebeldía en este sentido tiene un aspecto militante, algo que casi nunca hemos practicado dado que nuestra propuesta básica siempre fue divertir, no pontificar. No obstante, algunas veces hemos practicado la militancia rebelde en casos en los que se dio la feliz circunstancia de que hubo unanimidad de opinión en el grupo sobre cierto tema en debate.

-¿Se han puesto límites a la hora de hacer humor?

-Sí: nunca nos reímos en donde alguien sufre. En la creación de nuestro humor no deberíamos hablar de límites pero tal vez sí de normas: cuidado en la forma, en el diseño del chiste, elaboración de los mecanismos, atención al refinamiento de las palabras y las ideas. Nunca una mala palabra, un exabrupto, siempre la idea por delante. Diría que un buen chiste no debería necesitar de signos de admiración, sólo de las ideas.

-¿En qué aspectos notan más la ausencia de compañeros que ya no están?

-Quien más me toca es Daniel (Rabinovich), que fue un gran amigo, solidario y comprensivo. Era mi gran interlocutor y vecino de camarín (tuvimos muchos años de camarines contiguos y alejados del resto y nos visitábamos antes y después de las funciones, esto a lo largo de unos cuarenta años; amén de las veces que nos veíamos afuera del trabajo, solos o con nuestras mujeres). Lo extraño más en esos trances que durante las funciones, porque en el escenario -con la cantidad de marcas personales que dejó- sigue estando presente.

-En tantos años de aventuras, ¿les ha pasado enfrentar a un público que no entendió el tipo de humor que hacen?

-Sí, pero de eso ya hace bastante tiempo, cuando los empresarios nos insertaban en donde fuera: ciclos de conciertos, arte de vanguardia, cena de camaradería de la Asociación de Espeleólogos, etc. Afortunadamente esas situaciones ya no se dan: quienes van a vernos hoy saben normalmente de antemano de qué se trata y qué pueden encontrar en nuestro espectáculo, aún los más serios espeleólogos.

-¿Cómo ve toda esta escena de humoristas que surgen de las redes sociales?

-Creo que los humoristas de las redes representan la forma actual en la que se despliega el viejo humorismo barrial, el de café, el familiar. Allí había gente con ideas y gente sin ellas o con pocas. Entre los humoristas de redes y el viejo cuentachistes del café hay sólo una evidente diferencia de medio y de posible repercusión, pero su amplia difusión no cambia en nada la calidad de sus propuestas o su falta de calidad. En consecuencia creo que su durabilidad y éxito a largo plazo dependen de sus condiciones para crecer en el ejercicio profesional y sostenido del humorismo.

-Con tantos años en escena, ¿están los finales más presentes en ustedes? ¿Cuáles serán las señales que les dirán cuándo bajarse de los escenarios?

-Hay una cantidad de posibles señales: los silbidos del público, la ausencia total de ese público. Hay otras más ominosas cuya enumeración prefiero dejar librada a la imaginación del lector.

-Hace años que no estrenan un espectáculo completamente nuevo, porque ya hicieron bastantes. Pero en esta entrega, ¿fue la selección de sketches un problema?

-Las piezas que componen “Gran Reserva” fueron elegidas por mayoría de votos entre nosotros, porque nos gustaban especialmente, y /o porque eran muy divertidas para el público. Tomamos en cuenta, en las rondas sucesivas de votación, el balance entre momentos teatrales y momentos musicales. También valoramos un buen equilibrio entre música popular y clásica. Y por último: intentamos equilibrar el tiempo de protagonismo de cada uno de nosotros en escena, no por vanidades personales sino para dar variedad al espectáculo.

-¿Tienen alguna relación particular con nuestra ciudad?

-Para mí La Plata tiene un significado enormemente especial: soy egresado de Bellas Artes, Licenciado en Dirección Orquestal. Estuve muy ligado a la ciudad durante mis años de estudiante. En cuanto a la sala, cada teatro posee su encanto: el Coliseo Podestá me llena de ternura, me emociona actuar allí: es una sala emblemática y cálida por su historia y significado.

-¿Cómo sigue su actividad como director del Estudio Coral de Buenos Aires? ¿Cómo se reparte los horarios entre sus dos facetas?

-El Estudio Coral es un ámbito muy querido. Es mi pasión oculta, la practico como Doctor Jekyll. Te diría que, aún amando a Les Luthiers, este siempre tiene un poco de “lugar de trabajo”. En cambio el Estudio Coral es el lugar de puro esparcimiento, muy serio sí, muy profesional, pero representa aquello que elijo sin el condicionamiento de vivir de esa actividad. Hace casi cuarenta años que llevo esta doble vida y aún no me han descubierto. Las dos actividades conviven en mí hace tanto que ya es un hábito reservarles con eficacia sus tiempos y momentos y evitar que se traben mutuamente. Tanto en Les Luthiers como en el Estudio Coral la planificación de actuaciones y actividades se hace con mucho tiempo, así que no resulta tan difícil de compatibilizar.

-¿Le queda tiempo libre? ¿qué hace?

-En el tiempo que me queda soy esposo, padre, abuelo, músico, compositor, autor y lector. A veces, asador.

Fuente: Diario El Día

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