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La Plata, Buenos Aires, Sábado 23 de Junio de 2018 -  01:39 am 
OPINIÓN

29-01-2018

"El idioma del Presidente", por Cecilia Álvarez


La semana pasada el Presidente Mauricio Macri estuvo recorriendo varios países de Europa en el marco de una gira diplomática que empezó en Moscú, Rusia; continuó en Davos, Suiza y terminó en París, Francia.

Llamó la atención de más de un espectador observar al Presidente de Argentina utilizar para su comunicación el idioma inglés, en lugar de su castellano rioplatense natal. Lo más llamativo de su selección idiomática fue que en ningún momento visitó países de habla inglesa, de modo que un traductor fue necesario a lo largo de toda su gira.

La pregunta es, si hizo falta un traductor (al ruso, al alemán y al francés en cada caso particular) ¿por qué el Presidente de los y las argentinos no utilizó la lengua del pueblo al que representa?

Ya en la Grecia Antigua, Aristóteles distinguía entre “nosotros” (los atenienses) y “ellos” (los bárbaros, es decir, los extranjeros) en función de la lengua que hablaba cada pueblo; era la lengua la que otorgaba la noción de pertenencia a tal o cual pueblo.

Y aún en nuestros días, todos sabemos muy bien que cuando se nos enseña la definición de “cultura” en los primeros años del secundario, generalmente se incluyen factores que una comunidad tiene en común como ideas, conocimientos, costumbres, tradiciones, religión e idioma.

Muchos lingüistas se han encargado de estudiar y demostrar que la lengua no es un mero instrumento de la comunicación (como se creía a principios del siglo pasado) sino que es intrínseca al ser humano y da cuenta de nuestra construcción del universo, esto es: cómo se definen los conceptos, o más específicamente qué recorte conceptual se hace a través de la lengua para transmitir el modo de entender el mundo que tiene una comunidad determinada.

Por ejemplo, si el castellano tiene una distinción entre “ser” y “estar”, y el inglés, el francés o el italiano no la tienen, se debe a que entre los hablantes de castellano es relevante distinguir entre “soy torpe” (siempre) y “estoy torpe” (hoy), mientras que para los hablantes de las otras lenguas resulta muy complejo comprender la diferencia de matiz entre una y otra expresión.

Pero no es la lingüística el propósito de este artículo, sino tratar de comprender qué puede motivar al presidente de un pueblo de hablantes de un idioma a hablar en otra lengua que no es ni la propia ni la de su interlocutor.

¿Por qué Macri les habló en inglés a personas que no eran de habla inglesa? Y, más preocupante aún: ¿por qué un gran sector de la población celebró con tanto entusiasmo la elección de lengua del Presidente Macri?

Me encantaría poder dar una respuesta catedrática y rotunda, pero no la tengo. Puedo levemente esbozar la teoría de que hay un grave problema de autoestima entre los y las argentinos que nos lleva a creer que nuestra lengua es de un estatus inferior a la inglesa, y que el tener un Presidente capaz de comunicarse en inglés le otorga prestigio a nuestra Nación. En verdad, me atrevo a afirmar que no hay nada más lejos de la realidad: hablar una lengua ajena a la propia no da prestigio al Presidente sino que lo ubica en una posición de sometimiento que, más que orgullo, debería darnos vergüenza.

En lo personal, considero que la elección del Presidente -de comunicarse en una lengua ajena a la propia- ratifica su ya declarada postura sobre la inutilidad de los asuntos de soberanía en nuestra Nación.

Por otro lado, mientras que ir a Francia y hablar francés, o ir a Rusia y hablar ruso, podrían haber sido consideradas muestras de humildad y diplomacia, ir a dichos países y hablar inglés es poco menos que una falta de respeto a las culturas que está visitando y un absoluto desprecio a la cultura y a la lengua propias, que nos representan, nos identifican (en el sentido más puro de la palabra, en términos de constituir nuestra identidad nacional) y nos distinguen del resto de los países.

En una convención donde abundan los traductores, hablar en la lengua propia (para que lo entienda su propio pueblo, al que representa y para el cual trabaja) es un símbolo de soberanía nacional y una forma de demostrar que no somos inferiores a nadie y que nuestra lengua es tan valiosa como cualquier otra. Además de permitir una mayor elocuencia (que sabemos que a este presidente en particular no le sobra) y de establecer una toma de posición frente al resto del mundo desde la perspectiva de un hispanohablante, con todo lo que eso implica en términos de dominación cultural.

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